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Capitalismo de la vigilancia

2020-03-06

En este nuevo capitalismo, las experiencias de las personas son reclamadas de modo unilateral por...

SHOSHANA ZUBOFF | Política Exterior

La explotación digital de la experiencia privada está generando una lógica económica nueva. El capitalismo de la vigilancia supera el alcance de la economía tradicional y socava la democracia.

Al tiempo que nos asomamos a una nueva década, también nos adentramos en una nueva era de la economía política. A lo largo de los siglos, el capitalismo ha evolucionado a través de diversas etapas, desde el industrial al financiero, pasando por el corporativo. Ahora hemos entrado en la era del “capitalismo de la vigilancia”.

En este nuevo capitalismo, las experiencias de las personas son reclamadas de modo unilateral por empresas privadas y convertidas en flujos de datos patentados. Algunos de ellos se usan para mejorar productos y servicios. El resto son considerados una “plusvalía conductual” y resultan valiosos por sus abundantes señales predictivas. Estos datos predictivos son enviados a fábricas de nuevo cuño, donde la inteligencia artificial los procesa y convierte en productos predictivos altamente rentables que anticipan nuestras decisiones actuales y futuras. Los productos predictivos son después comercializados en lo que denomino “mercados de futuros conductuales”, donde capitalistas vigilantes venden certidumbre a sus clientes corporativos. La ratio de clics de Google fue el primer producto predictivo exitoso, y su mercado de publicidad fue el primero en operar con futuros conductuales. Los capitalistas vigilantes ya se han enriquecido inmensamente gracias a estas operaciones de intermediación y cada vez son más las empresas, en casi todos los sectores económicos, dispuestas a apostar con nuestros comportamientos a futuro.

La dinámica competitiva de estos nuevos mercados revela los imperativos económicos del capitalismo de la vigilancia. En primer lugar, la inteligencia artificial requiere muchos datos: economías de escala. En segundo lugar, las mejores predicciones también requieren variedad en los datos: economías de alcance. De este modo, se ha impulsado la ampliación de la captura de plusvalía más allá de los “me gusta” y los clics virtuales hacia el mundo físico: nuestro ritmo y modo de correr; nuestras conversaciones durante el desayuno; nuestras búsquedas de sitios donde estacionar; nuestras caras, voces, personalidades y emociones. En una tercera fase de intensidad competitiva, los capitalistas vigilantes descubrieron que los datos más predictivos provienen de la intervención en la acción humana para convencer, ajustar, pastorear y modificar comportamientos en pos de resultados garantizados. Este cambio del conocimiento al poder transforma la tecnología, que pasa de ser un medio de producción a un medio mundial de modificación del comportamiento para lograr “economías de acción”.

Apelo a este poder para dar forma al comportamiento humano de manera remota y a escala para los fines de otro “poder instrumentario”, porque funciona por completo a través de medios de instrumentación digitales. El poder instrumentario no te amenaza con el terror o el asesinato. No aparecerán soldados para arrastrarte al gulag o al campo de concentración. Esta nueva especie de poder funciona de manera remota, forjando señales subliminales, dinámicas de comparación social, castigos y recompensas, y emplea una variedad de refuerzos para moldear comportamientos que se alineen con sus intereses comerciales.

Las economías de acción han sido un punto central de la experimentación. Los “experimentos de contagio a escala masiva” de Facebook descubrieron la forma de diseñar señales subliminales y dinámicas de comparación social en sus páginas para cambiar el comportamiento y las emociones de sus usuarios en el mundo real, mientras evitaban de manera continua que estos usuarios se percatasen de ello. El juego de realidad aumentada Pokémon Go, ­desarrollado por Google, llevó la experimentación a un nuevo nivel. Quienes participaron en la moda del Pokémon Go hace unos años no solo jugaban a un videojuego para teléfonos inteligentes. De hecho, las recompensas y los castigos de la ludificación se usaron para dirigir a la gente hacia restaurantes, bares, locales de comida rápida y comercios que habían pagado por un “tráfico de personas” garantizado.

Así como el capitalismo industrial intensificó de manera ininterrumpida los medios de producción, el capitalismo de la vigilancia intensifica los medios para modificar comportamientos. Desmantela, por tanto, el sueño digital original, que imaginó internet como una fuerza liberadora y democratizadora. Ya no debemos albergar ilusiones sobre la moralidad inherente de las redes, ni sobre la calidad intrínsecamente social, inclusiva y democrática de la “conexión”. Al contrario, la conexión digital es hoy un simple medio para los fines comerciales de un tercero. El capitalismo de vigilancia es parasitario hasta la médula, replicando la descripción del capitalismo propuesta por Karl Marx en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte: un vampiro que se alimenta del trabajo. Solo que ahora el trabajo ha sido reemplazado por la experiencia humana privada.

El capitalismo de la vigilancia es abrazado por Facebook, Microsoft, Amazon y muchos otros, pero fue perfeccionado en primer lugar por Google (hoy integrado en Alphabet), de la misma manera en que el capitalismo corporativo fue perfeccionado por General Motors un siglo atrás. En su condición de pionero, Google rápidamente colonizó los espacios no explorados de un internet sin regular, donde prosperó cual especie invasora en un ecosistema sin depredadores naturales. Desarrolló su modelo de negocio a un ritmo vertiginoso, dejando sin resuello a instituciones públicas y usuarios, incapaces de mantener el ritmo. Pero también se benefició de acontecimientos históricos. Después de los ataques del 11-S, el aparato de Seguridad Nacional estadounidense estaba predispuesto a cultivar, imitar y proteger las nacientes capacidades del capitalismo de la vigilancia y luego apropiarse de ellas en lugar de regularlas.

Los capitalistas vigilantes rápidamente comprendieron que podían hacer lo que quisieran. Mientras de puertas afuera proclamaban el poder emancipador de la tecnología, sus acciones se desarrollaban entre bastidores: la extracción secreta e implacable de la experiencia privada como materia prima gratuita para la producción y las ventas. Envalentonados por los vastos y crecientes flujos de ingresos y un teatro de operaciones salvaje y sin competidores, también se vieron favorecidos por la inherente ilegibilidad de los procesos automatizados. La gente sencillamente no se daba cuenta de qué estaba pasando y cómo funcionaba en realidad la nueva lógica económica.

Nacido en las grandes compañías de internet, los mecanismos e imperativos económicos del capitalismo de la vigilancia se han convertido, en general, en el modelo por defecto de las empresas basadas en la red. Más aún, los productos predictivos actuales se extienden más allá de los anuncios segmentados digitales, pasando a otros sectores como seguros, venta minorista, finanzas, salud, educación y un creciente abanico de bienes y servicios.

Estos no se producen en pos de reciprocidades constructivas entre productores y consumidores. En vez de ser el objeto del intercambio de valor tradicional, son el anzuelo que atrae a los usuarios hacia acuerdos extractivos, donde sus experiencias personales son cosechadas y luego envasadas para servir a los fines de terceros. Un tópico de la era digital reza que “si es gratis, tú eres el producto”. Pero no es cierto: somos la materia prima en un proceso extractivo mucho mayor.

Esto implica un pacto faustiano con el diablo. Todos hemos aceptado que internet es hoy fundamental para la participación social y económica. Sin embargo, para cosechar sus beneficios debemos exponernos a la explotación del capitalismo de la vigilancia. Debido a que somos tan dependientes del mundo digital, nos hemos habituado a ser rastreados, diseccionados, explotados y manipulados. Racionalizamos diciéndonos que “no tenemos nada que ocultar”, o simplemente nos resignamos a la pérdida de privacidad y voluntad, sin darnos cuenta de que se nos impone una elección ilegítima.

¿Cómo hemos llegado a esto? Una de las características más importantes del capitalismo de la vigilancia es que no tiene antecedentes. Por definición, los hechos sin precedentes son en principio irreconocibles. Cuando nos topamos con algo nuevo, intentamos entenderlo ubicándolo en el contexto de categorías familiares. Por ejemplo, cuando aparecieron los primeros automóviles, muchos recurrieron al término “carruaje sin caballos” para dar sentido a la nueva tecnología.

Cuando interpretamos un hecho actual sin precedentes como una mera extensión del pasado nos arriesgamos a normalizar lo anormal. Este error puede ser peligroso. Cuando los indígenas en las islas del Caribe precolombino se encontraron por primera vez a los soldados españoles, que marchaban por sus costas con armaduras, asumieron que eran dioses que los visitaban, sembrando las semillas de su propia destrucción al darles la bienvenida con exquisita hospitalidad.

Debido a la falta de precedentes, el capitalismo de la vigilancia supera el alcance de nuestros conceptos económicos actuales. Por ejemplo, recurrimos a palabras como “monopolio” y “privacidad” al oponerlos a las prácticas del capitalismo de la vigilancia. Pero aunque estos términos son aplicables, no capturan la esencia de las nuevas operaciones. El capitalismo de la vigilancia no tiene que ver solo con la gobernanza corporativa o el poder de mercado; es una lógica de acumulación nueva, con sus propios y originales mecanismos, métodos, imperativos y mercados. Las consecuencias van más allá del territorio convencional de la empresa privada y socavan la democracia desde arriba y desde abajo. Desde arriba, el capitalismo de la vigilancia opera a través de asimetrías sin precedentes de conocimiento y poder, aumentando la desigualdad social en vez de reducirla. Desde abajo, los imperativos del capitalismo de la vigilancia apuntan a la autonomía humana, la soberanía individual y la voluntad, capacidades sin las cuales la democracia es inimaginable.

Aunque el capitalismo de la vigilancia es una fuerza nueva en la historia económica, ya hemos visto suficiente para saber que depende del flagrante desprecio de las normas sociales y los derechos fundamentales que sustentan las sociedades democráticas funcionales. Así como la civilización industrial floreció a expensas de la naturaleza, el capitalismo de la vigilancia prospera a expensas de la naturaleza humana. Hoy nos enfrentamos al legado del capitalismo industrial en nuestra lucha global contra el catastrófico cambio climático. Al dar rienda suelta al capitalismo de la vigilancia, ¿qué legado estamos creando?



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