Calamidades

No usar cubrebocas es un mensaje tóxico

2021-02-11

A pesar de que México está logrando estabilizar por segunda ocasión los...

Ricardo Raphael | The Washington Post

Ricardo Raphael es periodista, académico y escritor mexicano. Su libro más reciente es 'Hijo de la guerra’.

A pesar de la recomendación de los expertos, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se niega a utilizar cubrebocas. Dice que es innecesario porque, al haber padecido COVID-19, “ya no contagia” y también porque quiere subrayar que México no es autoritario sino un país libre “donde cada uno tiene que asumir su responsabilidad”.

En una cosa tiene razón el mandatario: por obra de la pandemia, la mascarilla sanitaria se volvió, en todo el mundo, un objeto político.

Antes de que nos convirtiéramos en homo sapiens, los gestos del rostro eran ya fundamentales para la comunicación del poder entre los seres humanos. Independientemente de las palabras, con los músculos que rodean la boca damos ordenes, transmitimos deseos, coincidimos, empatizamos, enfurecemos, convocamos, ahuyentamos, odiamos y amamos.

Por tanto, enmascarar esas expresiones faciales es una mutilación, un bozal que limita lo que somos en público y en privado.

En distintas regiones del mundo subsiste el ritual de esconder el rostro de las mujeres cuando salen de sus casas. El velo en la tradición musulmana o el rostro cubierto de las religiones judeo-cristianas son evidencia de esta práctica. En nuestra cultura, mientras el varón asiste a su boda con la cabeza desnuda, la mujer se esconde hasta que su marido la libera. Se trata de un acto de control —símbolo de poder— sobre las expresiones y los gestos del otro.

No era siquiera imaginable que un día tales atavismos iban a toparse con una crisis sanitaria como la que estamos experimentando, la cual obliga a todos, hombres y mujeres, a cubrirnos el rostro.

Desde junio del año pasado, la comunidad científica mundial coincidió en afirmar que el uso del cubrebocas reduce de manera importante el contagio y la mortalidad por COVID-19.

Si bien en un principio la Organización Mundial de la Salud fue ambigua respecto al uso del cubrebocas, los datos disponibles, la experimentación y el razonamiento médico recondujeron las cosas hacia una misma dirección: de todas las medidas preventivas, el uso del cubrebocas es la más efectiva para contener la pandemia y proteger tanto la salud como la vida de las personas.

Desde hace seis meses son muy pocos los gobernantes que rechazan el uso del cubrebocas. Destacan por su rebeldía López Obrador, el expresidente estadounidense Donald Trump, y el líder brasileño Jair Bolsonaro.

Después de haber experimentado una convalecencia de 14 días, López Obrador apareció de nuevo en público, el pasado lunes, con un discurso adverso a cualquier revisión de su política previa sobre el uso de la mascarilla.

Frente al argumento de que no la necesita porque ya no contagia, cabe preguntarse por qué no la utilizó cuando todavía podía contagiar y, también, porqué supone que está a salvo del recontagio.

El rechazo al cubrebocas no solo es una equivocación médica, sino la propagación masiva de esa equivocación. Se trata de un mensaje tóxico porque refuerza la idea que muchos tienen respecto a su falsa inmunidad, muy en particular los varones.

Ciertamente la mayoría de las muertes por coronavirus son de varones, dato que coincide con que los hombres son quienes desestiman mayoritariamente el uso del cubrebocas. Este es un claro ejemplo de lo que el feminismo llama masculinidad tóxica.

Desde luego que el cubrebocas es un mensaje de poder: sirve como instrumento para controlar tanto como para controlarse uno mismo. Quien lo usa debe hacer un esfuerzo mayúsculo para hacerse entender sin los gestos del rostro, pero el acto se convierte también en un instrumento de autocontrol frente al virus. La máscara sirve para prevenir las pulsiones omnipotentes.

Dice López Obrador que su gobierno no es autoritario y por eso promueve la libertad en el uso del cubrebocas. Esta libertad incluye, cabe suponer, el derecho a contagiar.

No hay nada más digno que tratar al adulto como adulto, pero este mensaje no es dignificante. Una cosa es la libertad de expresión y otra muy distinta es defender a ultranza el derecho a contagiar. Ese poder afecta los derechos de terceros.

Si la vida importa, el cubrebocas también debería importar. Esta es la principal lección que la ciencia médica obtuvo durante estos difíciles meses de gestión pandémica. Las sociedades que volvieron obligatorio su uso abatieron los indicadores más preocupantes. La evidencia es suficiente. No es posible darle la espalda.

A pesar de que México está logrando estabilizar por segunda ocasión los números de contagio, aún faltan varios meses para controlar el coronavirus. Son muchos quienes permanecemos en el filo del riesgo. De ahí que obligar al uso intensivo del cubrebocas en el espacio público no debería ser considerada una medida autoritaria, sino una política para asegurar la libertad de decenas de miles a seguir viviendo. La negativa del presidente mexicano es ingratamente tóxica para la salud del pueblo que gobierna.



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