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Crisis sobre crisis: el petróleo se desploma

2020-03-26

El 23 de marzo Nigeria abría un nuevo frente en esta guerra y ofrecía descuentos de...

 

ÀNGEL FERRERO  | Política Exterior

Rusia y Arabia Saudí libran un tenso pulso por el mercado petrolífero en paralelo con la crisis de la covid-19. O mejor dicho: entrecruzándose con ella. El confinamiento y la limitación de movimientos, el cierre de fronteras y las medidas adoptadas por sucesivos gobiernos para evitar, o al menos ralentizar, la propagación de la pandemia pueden describirse sin exagerar como un coma inducido a sus respectivas economías, ya afectadas por las perturbaciones en las cadenas de producción y suministro globales. En consecuencia, el precio del petróleo se ha resentido. En términos más concretos: las fábricas dejan de producir, los desplazamientos en automóvil se reducen, los aviones no despegan, los cruceros turísticos se quedan atracados. Los malos datos económicos que comienzan a reflejarse en los medios de comunicación hacen prever una reducción del consumo.

Así, el 18 de marzo, el barril de West Texas Intermediate (WTI) se desplomó a los 20 dólares, el precio más bajo desde 2002, mientras el barril de Brent caía a 26. Al día siguiente, y ante la posibilidad de que los bajos precios golpeasen la industria del fracking estadounidense y sus inversiones multimillonarias, la Texas Railroad Commission –organismo que regula el sector en ese Estado– barajaba la idea de recortar la producción, una medida que no se lleva a cabo desde los años setenta del siglo XX.

Cabe recordar que, para que la extracción de hidrocarburos por técnica de fracturación hidráulica sea rentable, el precio del barril debe permanecer entre los 40 y 60 dólares. Sin embargo, desde Bloomberg se auguran caídas de precio catastróficas: por debajo de los 20, 15 y hasta 10 dólares el barril. El precio de la gasolina en Estados Unidos, según ese mismo medio, ha caído a menos de dos dólares por galón (3,7 litros) y algunos economistas esperan que lo haga por debajo de 1,50 a mediados de abril, el nivel más bajo en 16 años. Amortigua esta caída el transporte de mercancías, cuya circulación ha aumentado tras la decisión de miles de estadounidenses de confinarse en sus hogares. En este contexto, y según Fortune, ni siquiera puede garantizarse que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) sobreviva a su 60º aniversario en 2020.

¿El fin de la OPEP?

El origen de la disputa se remonta a comienzos de marzo, cuando Arabia Saudí –el mayor productor de la organización– rompió el acuerdo que mantenía con Rusia desde 2017 para estabilizar el precio del crudo después de que esta se negase a recortar aún más su producción. Moscú, según su versión, ofreció, antes del desencuentro, extender la limitación de los recortes actuales hasta finales de mayo para revisarlos después, con vistas a prolongarlos hasta 2021, pero Riad ignoró la oferta. En opinión de algunos analistas, con esta decisión Arabia Saudí buscaba que Rusia volviese a la mesa de negociación. Pero después de romper el acuerdo decidió doblar la apuesta y redujo los precios, con el anuncio de que podría aumentar su producción hasta los 12,3 millones de barriles diarios. De este modo se iniciaron las hostilidades, haciendo que los demás miembros de la OPEP se vieran empujados a aumentar su producción, inundando los mercados de petróleo y presionando los precios a la baja.

De acuerdo con las cifras de Reuters, Arabia Saudí y Rusia disponen, a pesar de sus conocidos problemas económicos internos, de fondos de hasta 500 millones de dólares para amortiguar el golpe, a la espera de que sea el otro quien ceda antes. Sin embargo, es evidente que para Estados con problemas económicos y sanciones occidentales como Irán o Venezuela, las consecuencias económicas de este pulso no resultan halagüeñas.

El 23 de marzo Nigeria abría un nuevo frente en esta guerra y ofrecía descuentos de hasta tres dólares por barril para los compradores de petróleo en abril. Las declaraciones del presidente de EU, Donald Trump, quien en una comparecencia de prensa garantizó a los productores estadounidenses que el gobierno federal adquiriría petróleo para sus reservas estratégicas, sirvieron para tranquilizar de momento a los inversores. Que los principales actores implicados en el conflicto tengan intereses políticos, y hasta geoestratégicos, no hace sino enturbiar la situación.

Aunque esta guerra de precios dure poco tiempo el daño está hecho. La OPEP, recuerda Fortune, se fundó “para salvaguardar los intereses de los Estados miembros tanto individuales como colectivos, y eliminar las fluctuaciones dañinas e innecesarias del precio del petróleo. Las últimas acciones de Arabia Saudí son diametralmente opuestas a estos objetivos”, lamenta la revista, y añade que “han ayudado al descenso del precio del petróleo casi un 40% en menos de una semana, algo que ciertamente no está entre los intereses de los miembros de la OPEP”.

The Washington Post califica la estrategia saudí de irresponsable por sus consecuencias políticas. “Los regímenes autocráticos del Golfo permanecen en el poder distribuyendo sus rentas petrolíferas para comprar el apoyo de sus pueblos” señala, por lo que “cuando descienden los beneficios también lo hace el gasto gubernamental, incluida la asistencia social que compensa la falta de participación política”. “La escasez de opciones, continúa, podría conducir a estos gobiernos a recurrir a la represión ante un repunte del descontento. Además, si los precios del petróleo se mantienen bajos, la lucha contra el cambio climático también se resentirá (…) Poca gente está dispuesta a pagar más dinero por tecnologías limpias cuando la gasolina es barata”.

No menos pesimista se muestra The Guardian. Para este periódico la guerra por el precio del petróleo llega en el peor momento posible, con el horizonte cada vez más próximo de una nueva recesión económica, quizá de dimensiones superiores a la de 2008. Perjudican, en consecuencia, las posibilidades de una cooperación internacional en tiempos de crisis. “Recuerda de manera preocupante a los años treinta”, analiza el rotativo británico, “cuando la aprobación en EU de la Ley Smoot-Hawley [que aumentó de manera unilateral los aranceles a los productos importados en un intento por mitigar los efectos de la Gran Depresión] desencadenó la adopción de medidas proteccionistas.” Las políticas de beggar-my-neighbour consistentes en buscar el beneficio de un país en detrimento de otro u otros, lamentaba The Guardian, han regresado. Convendría añadir: sobre un panorama de incertidumbre e inestabilidad.



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