Cultura

Literatura mexicana a ras de suelo

2019-12-02

El método de trabajo de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) es siempre el...

David Marcial Pérez | El País

Guadalajara (México).- Un road trip para enterrar a un santo poeta, otro viaje siguiendo las huellas de niños migrantes, la historia criminal de una mina, la asfixia tras un familiar desaparecido, crónicas desde el yo y personajes al límite. Los materiales de no ficción atraviesan las novedades editoriales mexicanas y despiertan preguntas antiguas que vuelven a saltar con fuerza. ¿Cómo hacer literatura ante la devastación? ¿Qué lugar ocupan los géneros? ¿Para qué sirve la ficción?

El método de trabajo de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) es siempre el mismo: una acumulación en serie de libros, canciones, pinturas y notas en una libreta que van entrando en conversación, enfocando las intuiciones de la autora. Su último libro, Desierto Sonoro (Sexto Piso) es el archivo de un viaje por el sur de EE UU, la crónica de una ruptura de pareja, un relato sobre la migración y la crianza, un canto épico y una reflexión sobre cómo integrar ética y estética en la conformación de un texto circular que se alimenta de sí mismo.

Durante el proceso de trabajo, Luiselli fue marcando la línea entre lo posible y lo deseable. “Estaba trabajando como traductora en la Corte de migración y de manera natural empecé a vaciar en la novela ficcionalizaciones de los testimonios reales de violencia. Hasta que me di cuenta que eso estaba mal. Estaba haciendo una novela ilegible y además no estaba cumpliendo mi labor con integridad ética. Agarrar la voz de un niño o una mujer que han sufrido violencia extrema y llamarlo ficción es problemático”.

Entonces se detuvo y cambio de planes. Con los mismos materiales alumbró, Los niños perdidos (2016), un ensayo en primera persona sobre la dramática odisea que vivieron los menores no acompañados en tiempos pre-Trump. “Me faltaba un porqué para la ficción, me parecía un artificio innecesario para lo que yo quería denunciar. Creo que Los niños perdidos fue la mejor respuesta posible: una forma literaria transparente, sin enormes pretensiones estéticas ni de arquitectura, con un desarrollo bastante lineal y directo”.

Cuando terminó, volvió al laboratorio de la novela. “Así como a veces la ficción es innecesaria, otra veces es indispensable. Por ejemplo, para cuestionar la propia labor de la ficción. Escribir la novela me condujo a una indagación honesta y urgente sobre cómo documentamos el mundo para producir ficción, sobre cómo moverse éticamente en un archivo que nos sirve para producir ficción, y sobre como pensar nuevos géneros que documenten el mundo”.

Julian Herbert (Acapulco, 1971) es otro maestro de lo híbrido. “Yo ubico el género donde empiezo pero luego los textos hacen lo que les da la gana. No me preocupa. Lo que más me interesa es buscar el lugar de la voz”, cuenta a propósito de Ahora imagino cosas (Random House), una recopilación de crónicas que van desde lo gonzo, a lo ensayístico, lo poético o el reportaje canónico. Esta vez, eso sí, apartado de la autoficción, una de sus armas preferidas desde la explosiva Canción de Tumba (2011). “En este libro he sido muy estricto. Las libertades tienen que ver con el estilo y con la flexibilidad de subgéneros”.

La primera persona, en todo caso, inunda todos los textos. En el titulado Ñoquis con entraña, la narración arranca como un flujo de conciencia que recorre las mesas de un festival de literatura en Chile. En paralelo, Herbert se topa con un feminicidio y comienza un segundo relato de investigación más clásico pero entreverado con los cambios vitales del autor.

“El seguimiento del caso me tomó por sorpresa, pero rápido surge la conexión con que he dejado de beber. Aún no sé muy bien cómo, pero creo que hay una relación entre vivir en una realidad tóxica y la intoxicación del alcohol. Desde una posición de feminista no militante, algo ha cambiado en mi punto de vista sobre lo femenino a través de mi nueva abstinencia”. El resultado es un texto plagado de reflexiones acerca del lugar desde el que se escribe y con cierto ritmo jazzístico. “La forma que eliges no es consciente, hay una pulsión que hace que el fondo y la forma se retroalimenten”.

Más enriquecidos aún son los textos de Verónica Gerber (Ciudad de México, 1981). Si en su primera novela, Conjunto vacío, echaba mano de diagramas y dibujos para dar cuenta de la ausencia y la precariedad, en La compañía (Almadía) vuelven a aparecer los diagramas, las fotos, los croquis y los mapas para diseccionar las secuelas ambientales, sociales y psicológicas de una antigua mina de mercurio en el estado de Zacatecas.

En el debe del texto, otra batidora de géneros: un cuento de otro autor intervenido por Gerber, un relato de ciencia ficción, decenas de informes académicos y entrevistas. Todo oportunamente despiezado y presentado como un depósito de memoria colectiva. “Primero intenté una crónica en primera persona, pero me sentía muy incómoda al estar yo tan presente en un lugar del que no soy y no pertenezco. Decidí mejor actuar como una editora y que todas las voces en su polifonía cuentan la historia que ya de por sí está llena de huecos”.

Empachados de realidad

Para Luis Felipe Fabre (Ciudad de México, 1974), la saturación de realidad en los distintos formatos artísticos contemporáneos responde, en parte, a un interés comercial. “Nunca el documental ha vivido un momento de más auge y en la literatura ocurre lo mismo: lo que más vende es lo que se vende como real”. En la línea de su último libro, Declaración de las canciones oscuras (Sexto Piso), una recreación entre el deseo y el delirio del traslado del cadáver de San Juan de la Cruz, lanza una metáfora del siglo de oro: “¿no nos estará pasando el síndrome del Quijote? ¿No nos estaremos empachando con noticias, en vez de con novelas de caballería, y experimentando esa banalización de la realidad?”

A partir de los hechos históricos, buceando en biografías, en los poemas y prosas explicativas de San Juan, Fabre interviene sin perder de vista que “dentro de la propia realidad ya estamos operando con ficciones” “Además –añade– los propios textos hagiográficos ya son los suficientemente ambiguos como para que entre la ficción”. Por ejemplo, las crónicas sobre cómo los fieles se comían el pus de las llagas del santo o le arrancaron el meñique de un mordisco. “Era la época justo posterior a la Conquista y los episodios de canibalismo que tanto escandalizaban. Pero parece que la interpretación del horror depende del marco cultural. Yo he pretendido hacer un retrato desde una exEspaña de una España caníbal”, apunta sobre uno de los múltiples ángulos –ensayístico, poético, teatral, humorístico– de su texto.

El humor es otro de los ingredientes utilizados por Eduardo Rabasa (Ciudad de México, 1978) en su primer libro de cuentos, El destino es un conejo que te da ordenes (Pepitas de Calabaza). Una selección personajes al límite anclados en los arquetipos mexicanos deformados: un cacique paranoico atrincherado en una ratonera por sus desmanes corruptos, una solución rectal que proporciona un invencible carisma político. La sátira política de sus dos novelas anteriores vuelve a aparecer como una poderosa herramienta: “La sátira te permite llevar la realidad al límite del absurdo y arrojar mucha luz sobre lo que consideramos normalidad cotidiana. Y en un país como México donde lo absurdo es el pan de cada día, la sátira es más muy útil”.

En su primera novela, Brenda Navarro (Ciudad de México, 1982) entra al fondo de las angustias de su país. Parte del secuestro de un niño para desplegar una trama en doble hélice y en primera persona: una madre que pierde a su hijo y la nueva-madre que se queda con el pequeño. “Quería problematizar lo que pasea con las ausencias y también con ese dolor y paranoia que tenemos todos los mexicanos, que creemos que siempre nos va a pasar algo malo”. Con un bagaje académico en el mundo de la sociología, Navarro dejó a un lado el ensayo o la crónica y escogió la ficción: “Porque te permite dar rienda suelta a las emociones, además de hablar y decir lo que tú quieras sin una postura ideológica sobre lo que es bueno o malo”.

La segunda mujer de su Casas vacías (Sexto Piso) es una secuestradora. Pero a la vez, también ha desparecido su hermano, tiene una relación abusiva y violenta con su pareja y todo su entorno. “La ciencia y el derecho no quieren ver ciertas cosas pero en la literatura te puedes descontrolar y profundizar en la humanidad de víctimas y victimarios para entender mejor el mundo”.

Los jóvenes nuevos talentos mexicanos

La siguiente generación de las letras mexicanas, entre los 20 y los 30, ya va asomando la cabeza por la industria y la crítica internacional. La FiL ha organizado por segunda año una selección de autores jóvenes. En la edición de este año destaca Jorge Comensal con su novela Las mutaciones, de reciente publicación en España y Latinoamérica por Seix Barral; y Aniela Rodriguez con El problema de los tres cuerpos, editada en España por Minúscula. Este año ha aparecido también la Antología de nuevas poetas mexicanas, compilada por el escritor peruano y profesor de literatura en la Universidad Brown, Julio Ortega.



Jamileth