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Más allá del brillo olímpico, una guerra azota las favelas de Río

2016-08-15

Los expertos en seguridad que investigan los tiroteos en Río de Janeiro han documentado cientos de episodios similares desde que empezaron los juegos, esos sucesos generan dudas sobre el enorme operativo de seguridad de las olimpiadas.

Por SIMON ROMERO, The New York Times

Mientras los fanáticos hacían fila en la playa de Copacabana para ver el juego entre las selecciones de vóleibol de playa de Estados Unidos y México, del otro lado de la ciudad, muy lejos de la emoción olímpica, el sonido de las balas resonaba en las colosales favelas que pueblan las colinas de Río de Janeiro.

En cuanto escuchó el zumbido de las balas, Richard Conceição Dias, de 9 años, supo qué debía hacer. “Me tendí en el suelo y abracé a mi mamá”, dijo el niño, quien vive junto con su madre y sus tres hermanas en una casa de una sola habitación en el conjunto de favelas del Complexo do Alemão. “Me dijo: ‘Aléjate de la ventana, cierra los ojos y sueña algo lindo’”.

Gran parte de Río disfruta la emoción de los juegos. Mujeres en tacones altos se van de fiesta y beben caipirinhas con supermodelos yastronautas en las veladas que ofrecen patrocinadores como Omega, el fabricante suizo de relojes. Miles de soldados patrullan los exclusivos barrios de Río que se encuentran junto al mar para apaciguar el miedo a los asaltos y otros delitos.

Sin embargo, a la sombra de los juegos olímpicos, sucede una guerra atizada por las bandas de narcotraficantes y las fuerzas de seguridad. Conforme las víctimas aumentan en la favela donde vive Richard, la gente de su zona ve los juegos como si fuera una celebración que sucede en una ciudad muy lejana.

En un enfrentamiento de la semana antepasada, más de 200 oficiales de la policía irrumpieron en el laberinto de callejones de Alemão. Germânia, la región europea llena de tribus guerreras que alguna vez fue dominada por el imperio romano, es el nombre de la operación policial en la que murieron dos hombres y un oficial antinarcóticos resultó herido.

Algunas de las 70,000 personas que viven en Alemão —fuera de la mirada de las cámaras de televisión que enfocan las maravillas de Río— tenían la esperanza de que hubiera empezado un periodo de tranquilidad por las olimpiadas. Sin embargo, sucedió el tiroteo del martes, al que le siguieron más enfrentamientos en la mañana del miércoles y una explosión de desesperación e ira.

Richard Conceição Dias, de 9 años, y su madre Juciléia Silva, de 35, en su casa en el Complexo do Alemão en Río de Janeiro CreditLalo de Almeida para The New York Times

“Vivimos peor que los bonitos caballos que compiten en las olimpiadas”, dijo la madre de Richard, Juciléia Silva, de 35 años, refiriéndose a la competencia ecuestre realizada el martes, cuando ella y su familia se lanzaron al suelo para esquivar las balas.

Los expertos en seguridad que investigan los tiroteos en Río de Janeiro han documentado cientos de episodios similares desde que empezaron los juegos, esos sucesos generan dudas sobre el enorme operativo de seguridad de las olimpiadas.

El miércoles los soldados de las fuerzas de seguridad federal fueron atacados con armas de fuego en la favela Vila do João. Al menos dos efectivos resultaron heridos; uno de ellos por un disparo en la cabeza.

Antes de los juegos, Mario Andrada, el vocero del comité organizador, se había jactado de que Río sería “la ciudad más segura del mundo” en este momento. El miércoles, después de los enfrentamientos violentos, defendió esa declaración.

“Un atleta no se arrepiente de decir que ganará antes de un juego”, le comentó Andrada a los reporteros.

En 2009, cuando Río de Janeiro ganó la sede, las autoridades concibieron la estrategia de “pacificar” Alemão y otras favelas como un factor fundamental en su plan para resucitar la buena imagen de Río. En 2010, los soldados llegaron en tanques a Alemão, acompañados de oficiales de policía que empezaron a montar una red de puestos de control.

Parece que funcionó durante un tiempo.

Al ver que descendió la violencia, las autoridades construyeron una impresionante red de teleféricos que conectan las sobrepobladas colinas de Alemão. Los directores de televisión buscaron locaciones en Alemão para filmar escenas de telenovelas.

Un nuevo bar que servía cervezas artesanales atrajo a las personas que querían visitar la zona puesto que, durante mucho tiempo, fue percibida como un territorio prohibido.

Sin embargo, para 2014, las bandas empezaron a recuperar su territorio de manos de la policía. Una de esas organizaciones delictivas es el “Comando Rojo”, que tiene sus orígenes en la década de los setenta, cuando militantes de izquierda que fueron a prisión se juntaron con criminales comunes.

La banda creó lazos de larga duración con los proveedores colombianos de cocaína para ejercer su dominio de manera importante en Alemão y otras zonas de Río de Janeiro.

Expertos en seguridad opinan que se sigue desarrollando la compleja lucha por el control de muchas favelas, esas grandes zonas pobres que suelen aparecer como asentamientos ilegales en Río. El Comando Rojo no solo choca con la policía, sino también con otras bandas y grupos paramilitares que engrosan sus filas con oficiales retirados y activos de la policía.

El resultado es un estofado distópico de conflictos que se perpetúan bajo la ley del ojo por ojo.

“Río presagia la nueva ola de conflictos que veremos en todo el mundo”, dijo Robert Muggah, el director de investigaciones del Instituto Igarapé, un grupo de investigación que se enfoca en asuntos de seguridad.

Muggah hizo énfasis en la extendida propensión a las guerras de las drogas en la ciudad, los altos índices de víctimas y el despliegue constante de fuerzas de seguridad que sofocan la violencia, pero a veces la reavivan.

“La bala entró por el hombro y me salió por la espalda”, afirmó el oficial de la policía, Felipe Curi después de ser herido durante el enfrentamiento de la semana pasada. “Dios me estaba cuidando desde el cielo”.

Para las familias atrapadas en el fuego cruzado, toda la discusión sobre el legado olímpico en Río es un insulto.

Esta semana, las disputas con armas de fuego detuvieron el icónico teleférico en Alemão e impidieron que la gente llegara a su trabajo. El mes pasado, las autoridades interrumpieron el servicio, al menos nueve veces, por los disparos.

En uno de esos episodios, una madre que llevaba a su hijo a la escuela usó su teléfono celular para filmarse mientras temblaban de miedodentro de un teleférico que colgaba en el aire. Como secuela de los enfrentamientos del miércoles se reportaron dos personas heridas, un oficial de la policía y un residente.

Otro caso que provocó preocupación por la violencia durante los juegos sucedió la noche del jueves cuando varios testigos declararon que las balas rompieron las ventanas de un autobús que llevaba periodistas.

Sherryl Michaelson, una reportera y capitana retirada de la Fuerza Aérea estadounidense, dijo que había escuchado el sonido del disparo de un arma. Aun así, las autoridades determinaron que los daños fueron ocasionados cuando le lanzaron una piedra al autobús.

Las nuevas estaciones de la policía en Alemão, que alguna vez fueron una señal de que Río estaba mejorando, ahora funcionan como un archipiélago de puestos de seguridad asediados en un mar de violencia donde resurgen las bandas de narcotraficantes.

Incluso durante los juegos, cuando se suponía que reinaría la paz en Río, los residentes de Alemão tienen la sensación de vivir en guerra. José Franklin da Silveira, un compositor de baladas, escribió un poema de siete páginas titulado “Las olimpiadas en Alemão”.

El texto, que se vende por 1,5 dólares en las favelas, describe las reacciones de perplejidad de Josimar, un niño que confunde los fuegos artificiales de la ceremonia de inauguración de los juegos con los disparos que plagan Alemão.

Cuando salta de techo en techo, Josimar despliega una destreza atlética que nunca usará fuera de la favela. En cambio, las habilidades del niño llaman la atención de los líderes de las bandas que desean reclutarlo.

“En mis historias, escribo sobre nuestro peor miedo”, dijo Silveira, de 56 años. “El miedo a salir de nuestras casas”.



JMRS