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Un autoritarismo que avanza ante las narices de la Unión Europea 

2018-02-13

Zoltan Kovacs, el vocero del gobierno húngaro y el único funcionario actual que...

N.R.- //

Patrick Kingsley, The New York Times


Los principales dirigentes del partido Unión Cívica Húngara (Fidesz) se reunieron a la orilla del Danubio en un edificio conocido como la Casa Blanca Húngara, asombrados por su buena suerte. Su partido (de derecha) había ganado de manera inesperada una cantidad impresionante de poder en las elecciones nacionales; ahora la pregunta era cómo usarlo.

Varios hombres pidieron cautela. Sin embargo, Viktor Orbán, el primer ministro electo, discrepaba. El resultado de la votación, según Orbán, le había dado el derecho de llevar a cabo una reforma radical de la Constitución del país.

Orbán ganó la discusión.

Las reuniones privadas, relatadas por dos personas que estuvieron en la sala y un tercero a quien se informó de las discusiones en ese entonces, tuvieron lugar a principios de mayo de 2010. Casi ocho años después, Orbán ha rehecho el sistema político húngaro. Hungría, que alguna vez fue alabada por grupos de análisis internacional como una democracia líder en la Europa del Este postsoviética, ahora se considera una democracia en declive.

Mediante decretos legislativos y fuerza de voluntad, Orbán ha transformado al país en un invernadero político en el que crece una extraña forma de autocracia suave que combina el capitalismo clientelista con la retórica de extrema derecha, en una cultura de un partido único.

Y el primer ministro lo ha hecho mientras Hungría sigue siendo miembro de la Unión Europea (UE) y recibe miles de millones de dólares del bloque.

Los funcionarios de la UE no hicieron mucho cuando Orbán convirtió a Hungría en lo que él llama una “democracia no liberal”. Ahora el líder húngaro está desafiando directamente a los países que han dominado desde hace mucho el bloque europeo con la predicción de que 2018 será “un año de grandes batallas”. En casa, está presionando a favor de una nueva legislación para imponer sanciones financieras a grupos de la sociedad civil que ayudan a migrantes. Su postura política interna prácticamente no se cuestiona, en parte por los cambios que ha hecho al sistema electoral; es casi seguro que gane un nuevo periodo en las elecciones de abril.

Orbán argumenta que el consenso liberal posguerra en Europa “ya ha llegado a su fin”, una visión que está siendo emulada en Polonia y cuya influencia se siente en el resto de Europa Central y del Este.

“Orbán ha sido pionero de un nuevo modelo de gobierno de un solo partido que se ha propagado por toda Europa del Este, aunque no es probable que se extienda al oeste porque la sociedad civil, las instituciones independientes y el Estado de derecho son demasiado fuertes en Europa Occidental”, dijo Michael Ignatieff, presidente y rector de la Universidad de Europa Central, una institución estadounidense de educación superior en Budapest que Orbán ha intentado clausurar. Ignatieff añadió, no obstante, que el primer ministro húngaro “podría romper la UE si este conflicto entre la democracia liberal en Occidente y los Estados de un solo partido en el Este no puede resolverse”.

Zoltan Kovacs, el vocero del gobierno húngaro y el único funcionario actual que aceptó hablar oficialmente para este artículo, defendió las acciones de Orbán, a las que calificó de un esfuerzo decidido “para terminar con los remanentes del comunismo” que aún quedan entre ellos,“no solo en términos de instituciones, sino también de mentalidad”.

Orbán es innegablemente popular entre muchos húngaros y las encuestas recientes muestran que aproximadamente el 50 por ciento de los votantes no indecisos apoyan a Fidesz para las elecciones de abril. La oposición débil y dividida también lo ayuda, al igual que los medios locales, que se han vuelto maleables a lo que dicta el gobierno.

Para comprender cómo Orbán ha dado una nueva forma a Hungría, hay que empezar por las reuniones privadas de 2010.

Fidesz acababa de ganar las elecciones nacionales por un margen que le dio al partido más de dos tercios de los escaños en el parlamento, aunque solo había ganado una pequeña mayoría de los votos. Los líderes del partido tenían un mandato, pero ¿hasta qué grado podían ejercerlo legítimamente?

Semanas después, Orbán y sus lugartenientes comenzaron un ataque legislativo en contra de la Constitución húngara, frenaron a la sociedad civil y, sin hacer escándalo, desviaron miles de millones de euros de la UE y dinero federal hacia los aliados de Fidesz.

El primer ministro se movilizó para simultáneamente poner un freno al poder judicial y a los medios húngaros. Luego vino la erosión del sistema de pesos y contrapesos, que ha ayudado a Orbán a compartir los botines del poder con sus amigos cercanos e importantes hombres de negocios.

Después promovió la reestructuración del sistema electoral húngaro, incluyendo una nueva delimitación del mapa electoral, que le ha ayudado a mantenerse en el poder, aun cuando su partido ha ganado menos votos.

“La ley electoral no tiene características democráticas”, dijo Imre Voros, miembro fundador de la corte constitucional húngara, “y por lo tanto Hungría no es un país democrático”.

Instituciones bajo asalto

Orbán, quien rindió protesta el 29 de mayo de 2010, modificó el marco institucional de Hungría con tanta rapidez que incluso los legisladores del Fidesz quedaron asombrados. En los cinco años siguientes, Fidesz usó su mayoría de dos tercios en el parlamento para aprobar más de mil leyes, muchas de ellas puestas en vigor a pocas horas de haber sido debatidas.

Gergely Barandy, legislador socialista, recuerda que una contraparte de Fidesz le preguntó en octubre de 2011 sobre una propuesta para prohibir que los sospechosos de un delito pudieran hablar con un abogado durante las 48 horas posteriores a su detención.

Barandy dice que el impactado legislador de Fidesz le preguntó: “¿Ya viste este proyecto de ley?”. “Sí, ya lo vi”, cuenta Barandy que le contestó. “¿Sabías que fuiste tú quien lo presentó?”.

Freedom House, un grupo de vigilancia, ha calificado el ataque a la democracia húngara vía esas leyes como uno de los peores en la Europa del Este postsoviética.

Dos leyes sobre medios han logrado orillar a los periodistas independientes, pues le permiten a Orbán designar a sus propios candidatos a los cargos de reguladores de prensa, a la vez que les dio más poderes para multar y castigar a medios independientes (muchos de estos después fueron comprados por aliados de Orbán).

Durante la transición hacia la democracia en Hungría, se crearon varios sistemas de monitoreo para servir como contrapeso al poder ejecutivo. Orbán designó a sus amistades y exintegrantes de Fidesz a esos puestos, como la Auditoría Federal y el Servicio Estatal de Procuradores.

Algo similar sucedió con la corte constitucional, establecida en la transición para proteger los derechos fundamentales y defender el Estado de derecho.

El partido gobernante votó de modo que se dio a sí mismo poder completo para escoger a los candidatos. Ocho años después, la corte está conformada por completo por jueces designados durante el mandato de Fidesz. La mayoría de los integrantes del tribunal ha votado en sintonía con el gobierno, de acuerdo con una investigación publicada por la Universidad de Wisconsin.

Y en los pocos casos que el tribunal no ha respaldado al gobierno, Fidesz ha terminado por darle la vuelta de cualquier modo. Cuando la corte constitucional echó por tierra las leyes de Fidesz que, entre otras cosas, penalizaban a las personas sin hogar, el parlamento modificó la Constitución para incluir la mayoría de las leyes que la corte había rechazado. Ahora la indigencia es un delito en Hungría.

Orbán ha podido acumular tanto poder en Budapest en parte porque se topó con muy poca oposición eficaz por parte de Bruselas, la sede de la UE, bloque que se fundó sobre los principios del Estado de derecho y la democracia liberal.

La reforma constitucional de Orbán pronto llamó la atención de la Comisión Europea, el brazo ejecutivo del bloque. La comisionada de justicia europea de ese entonces, Viviane Reding, obtuvo algunas concesiones por parte de Orbán en ciertos asuntos, pero la mayoría de los dictámenes de la comisión tuvieron muy poco efecto práctico en el panorama general.

El problema principal fue que los fundadores de la Unión Europea nunca consideraron la posibilidad de que un Estado miembro reincidiera y, por lo tanto, no crearon procedimientos para lidiar de manera conclusiva con algo así, dijo Reding.

La “opción nuclear” —la suspensión de los derechos de voto de Hungría— se consideró demasiado drástica para la situación. Posteriormente, el primer ministro húngaro se ha ufanado de haber engañado a los funcionarios europeos respecto de que había hecho cambios sustanciales, aunque en gran medida eran solo superficiales, una táctica que ha descrito públicamente como “la danza del pavorreal”.

“Todas las características y rasgos, en la superficie, son de una democracia”, dijo Zoltan Illes, un legislador de Fidesz de 2010 a 2014, quien desde entonces se ha convertido en crítico del gobierno. “Pero detrás de ellos solo hay un partido y una sola verdad”.



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