Cultura

Olvídate de las pantallas, vuelve a los bosques (con un libro)

2018-10-22

Por esos nuestras librerías han recuperado los libros de David Henry Thoreau, el ensayista y...

Por JORGE CARRIÓN, The New York Times

“Yo desciendo de guardas forestales, por mi sangre fluye resina de pino silvestre”, me dice el artista Miguel Ángel Blanco: botas de montaña, pantalones de pana verde, chaleco verde, ojos verdes, barba y pelo muy blancos, la silueta recortada sobre un fondo de 1186 estuches de madera con forma de libro, la obra de su vida, la Biblioteca del Bosque.

Mientras me muestra el nuevo libro-caja o caja-libro, donde ha fijado un fragmento de lapis specularis, la piedra especular con que construían sus ventanas los romanos, afirma: “Soy un Robinson Crusoe, lo hago todo con mis propias manos”.

En efecto, es el epítome del hazlo-tú-mismo: construye la caja de madera y pone en ella los huesos, las piedras, las ramas, las setas, las piedras preciosas, los musgos o líquines o el semen de ballena que constituya el material de la obra, aquello que haya encontrado durante su paseo por el bosque y le haya provocado un fulgor de repente; la cubre con una lámina de cristal; escribe o dibuja o graba en las páginas que la preludian, de papeles vegetales o anacrónicos que le envían artesanos de todo el mundo; decide el título, y encuaderna el libro.

“Las primeras cajas me las señalaron tres cuervos negros”, me cuenta mientras me enseña la número uno. Había dejado Madrid para vivir a dos horas en jeep, en el Valle de la Fuenfría, rodeado de árboles. Nevó muchísimo durante el mes de enero de 1985: fue aislamiento y soledad aquel frío extremo. Durante un paseo por el bosque nevado, vio a los tres pájaros y los siguió y se posaron sobre una loma, junto a tres bastidores, tres marcos que esperaban ser transformados en sendos libros encajonados.

Ahora comparte su tiempo entre aquella casa rural de Cercedilla y su taller frente al Pinar del Rey de Madrid, donde nos encontramos. A medida que voy cogiendo libros de sus estuches y los voy leyendo o mirando, hipnotizado, me doy cuenta de que los volúmenes de la Biblioteca del Bosque están vivos.

Aunque las resinas y otros materiales fijen, preserven, los materiales son orgánicos, se pudren, mudan, se abren o se agrietan. Esta biblioteca exclusivamente digital (perteneciente o relativa a los dedos) no solo crece porque la enriquece su creador, sino que está en perpetua metamorfosis.

La obra de Blanco, tan viva, adquiere una nueva importancia en estos años de celebración de los bosques. Supo ser paciente, hasta conseguir coser el pasado con el futuro tras atravesar años pop y años píxel, tras atravesar la duda del anacronismo. Y ahora, que Facebook cumple diez años en español y que todos estamos empezando a cobrar conciencia de lo importante que es desconectar de internet para reconectarse con los cuerpos y los tiempos analógicos, descubrimos que la Biblioteca del Bosque estaba esperando a que se desinflara nuestra euforia colectiva.

No es casual que el prólogo de la edición española de Las viejas sendas, de Robert Macfarlane, uno de los grandes escritores sobre naturaleza, lo haya escrito Blanco ni que el proyecto de su vida tenga en ese libro un papel destacado. Porque sus anaqueles son un espejo de esa literatura de la naturaleza que ha sobrevivido a la última década de casi monopolio digital, y ahora que ha pasado el hechizo, se revela como absolutamente necesaria.

Por esos nuestras librerías han recuperado los libros de David Henry Thoreau, el ensayista y fabricante de lápices del siglo XIX que nos da las claves para entender la importancia de una cabaña de madera en nuestro siglo XXI. Las ediciones de Walden se acumulan al mismo ritmo que las de El libro de la madera, de Lars Mytting, un tratado muy bien escrito sobre especies vegetales, hachas, vigas, plagas, clavos, barnices, leña y chimeneas, que se ha convertido en un inesperado superventas global.

No son, ni mucho menos, los únicos títulos que han demostrado lo hartos que estamos del píxel. Representan dos tendencias editoriales muy significativas de estos años: la de la bibliografía sobre naturaleza y la de los volúmenes de manualidades, orden y artesanía. En estos destacan los cuadernos para colorear, los libros de gastronomía y los manuales para trabajar la dimensión física del hogar (como Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas, de Meik Wiking, sobre cómo en Dinamarca cultivan la calidez durante el largo invierno).

En aquella, la búsqueda de respuestas a nuestros problemas en el reino vegetal y en el animal. El peregrino, de J. A. Baker, una declaración de amor a los halcones y sus paisajes publicada en 1967, está viviendo una segunda vida gracias a que nos brinda herramientas para permanecer atentos en nuestros tiempos de distracción constante (y a la brillante traducción al castellano de Marcelo Cohen). Mientras que El alma de los pulpos, de Sy Montgomery, nos recuerda que las inteligencias son múltiples y no exclusivamente humanas.

No es casual que el prólogo de la edición española de Las viejas sendas, de Robert Macfarlane, uno de los grandes escritores sobre naturaleza, lo haya escrito Blanco ni que el proyecto de su vida tenga en ese libro un papel destacado. Porque sus anaqueles son un espejo de esa literatura de la naturaleza que ha sobrevivido a la última década de casi monopolio digital, y ahora que ha pasado el hechizo, se revela como absolutamente necesaria.

Por esos nuestras librerías han recuperado los libros de David Henry Thoreau, el ensayista y fabricante de lápices del siglo XIX que nos da las claves para entender la importancia de una cabaña de madera en nuestro siglo XXI. Las ediciones de Walden se acumulan al mismo ritmo que las de El libro de la madera, de Lars Mytting, un tratado muy bien escrito sobre especies vegetales, hachas, vigas, plagas, clavos, barnices, leña y chimeneas, que se ha convertido en un inesperado superventas global.

No son, ni mucho menos, los únicos títulos que han demostrado lo hartos que estamos del píxel. Representan dos tendencias editoriales muy significativas de estos años: la de la bibliografía sobre naturaleza y la de los volúmenes de manualidades, orden y artesanía. En estos destacan los cuadernos para colorear, los libros de gastronomía y los manuales para trabajar la dimensión física del hogar (como Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas, de Meik Wiking, sobre cómo en Dinamarca cultivan la calidez durante el largo invierno).

En aquella, la búsqueda de respuestas a nuestros problemas en el reino vegetal y en el animal. El peregrino, de J. A. Baker, una declaración de amor a los halcones y sus paisajes publicada en 1967, está viviendo una segunda vida gracias a que nos brinda herramientas para permanecer atentos en nuestros tiempos de distracción constante (y a la brillante traducción al castellano de Marcelo Cohen). Mientras que El alma de los pulpos, de Sy Montgomery, nos recuerda que las inteligencias son múltiples y no exclusivamente humanas.
 



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