Deportes

El mundo global

2018-07-17

La busqué. Las primeras informaciones que encontré -en medios web conocidos,...

Martín Caparrós, The New York Times


El francés Kylian Mbappé, de 19 años, celebra con la Copa del Mundo el 15 de julio de 2018. Matthias Hangst/Getty Images

La columna El mundo Mundial de Martín Caparrós comentó todos los días lo que sucedió en Rusia 2018.

BUENOS AIRES — El mundo dejó de ser mundial. Se acabó el gran paréntesis que nos permitió pensar que las cosas tienen un propósito, que sus resultados se pueden medir, que somos hinchas de nuestros países, que esperar vale la pena, que los esfuerzos encuentran recompensa, que los días rebosan de emociones, que somos los mejores o, incluso, los peores. Es duro volver a la rutina.

Yo me la pasé bien escribiendo esta columna, dentro de ciertos límites. Un día de estos les voy a contar el placer de transformar la culpa en regodeo: ese contento del que hace lo correcto, la patética satisfacción del deber cumplido. A mí también me daba un poco de culpa hacer lo que está haciendo usted ahora, mi estimada: perder el tiempo leyendo sobre fútbol. Por eso lo bueno de este invento de escribir sobre él es que me justifica: este mes, cuando leía más y más notas mundialistas, cuando miraba más y más partidos, podía creer que estaba trabajando, preparándome, cumpliendo con mis obligaciones. ¿No es bonito? Una de las decisiones más ambiguas que uno puede tomar es convertir en trabajo lo que le gusta hacer: suena perfecto, y en los primeros tiempos es perfecto. Hasta que, eventualmente, uno empieza a odiarlo y se pierde una gran fuente de placer y no gana casi nada. O sí, quién sabe.

En cualquier caso, el campeonato terminó y llegó el torneo de balances. Ya leí varios: que la catarata de goles en los últimos 15 minutos le dieron emoción a los partidos, que la catarata de goles de pelota parada le quitaron juego, que los equipos con mayor posesión —España, Alemania, Argentina— se volvieron pronto, que se ha impuesto una nueva forma de jugar basada en no jugar sino correr, que las viejas glorias que nunca mueren agonizan, que las nuevas glorias tipo Mbappé o Mbappé no están tan consagradas, que el fútbol europeo ha demostrado su superioridad porque es ordenado y organizado y rico y decente —como Croacia, que puso un técnico hace nueve meses en medio de escandaletes de corrupciones varias—, que el fútbol sudamericano no puede funcionar porque vende a todos sus jugadores —y entonces, si no funcionan, no se entiende por qué se los compran—, y así de seguido. Y en medio de todo esto apareció una historia.

Cambio todo el Mundial por una historia, pensé cuando la vi: que cambiaba todo el Mundial por esa historia. Solo había visto ese video: en una cancha de básquet descubierta, precaria, dos muchachos avanzan pateando una pelota de fútbol hasta que se ve, frente a un arco pequeño, un ataúd, ligeramente atravesado. Entonces el último muchacho hace que la pelota rebote en el ataúd y entre en el arco para armar un gol póstumo. Y enseguida una docena de muchachos con la misma camiseta morada entran en cuadro y, como quien festeja un gol, se abrazan al cajón y lloran. Me impresionó: cualquier idea, cualquier disquisición sobre el lugar que el fútbol ha conseguido ocupar en nuestras vidas queda boba frente a ese minuto de video, ese gol de ultratumba. Quise saber quién era el muerto, qué le había pasado. Quise saber la historia.

La busqué. Las primeras informaciones que encontré —en medios web conocidos, respetados— es que había sucedido en estos días y “en México”, así, sin precisiones. Era razonable: si hay algún lugar de América Latina donde es fácil morirse últimamente es México: más de 26,000 asesinados en 2017. Así que imaginé una historia de narcos y venganzas y muchachos tronchados en plena juventud y todas esas cosas. Pero seguí buscando: quería más detalles, y la primera sorpresa, al cabo de cuatro o cinco clics, fue que el video databa de hace un año y medio. No era una novedad; solo que el mundial le había dado un marco para difundirse más, y alguien había aprovechado. Ya empezaba a aclararse el engaño, y seguía sin haber historia, ningún nombre.

Al fin —otra banda de clics— me encontré con que la muerte había sucedido el 3 de enero de 2017 en Ciudad Ojeda, Zulia, Venezuela, y que el muerto se llamaba Keduin Indriago, que era un chico de 19 años integrante de la selección juvenil venezolana de fútbol sala y que había tenido la muerte más banal, un choque con su moto. Todo el silencio se justificaba: lo que se podía contar no era tan interesante, la historia no era actual, y la red se quedó más desnuda: ¿cuántos de los relatos, de las filmaciones, de las imágenes que nos ofrece no son lo que nos dicen? ¿Cuánto es, como el fútbol, una ficción glorificada? ¿Qué es un espectador, sino alguien que cree? ¿Qué debería ser sino alguien que duda?

Pero ya hablamos de otras cosas. El mundo este domingo dejó de ser mundial. Ha vuelto a ser global, que es la forma tristona de decir lo mismo: lo mismo sin los goles y los gritos. Global: unificado, homogéneo, dominio de unos pocos. Hasta dentro de cuatro años, cuando se arme de vuelta la ilusión, o hasta cualquier momento, cuando por fin se rompa.


 



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