Entre la Espada y la Pared

Las armas nucleares nunca fueron un juego

2022-10-18

Ambos líderes, el veterano y el inexperto, querían evitar a toda costa el comienzo de...

Ramón González Férriz | Política exterior

Tras la crisis de los misiles, que casi provocó una guerra nuclear, el debate público puso el control armamentístico en la agenda política. Nuestra obligación es volver a hacerlo.

El 4 de julio de 2017, Corea del Norte lanzó un misil balístico intercontinental capaz de llegar a Alaska: fue un regalo a los “cabrones americanos” por su día nacional, dijo el líder norcoreano, Kim Jong-un, quien más tarde anunció que su país era una “potencia nuclear plena” y llevaría a cabo una prueba con una bomba de hidrógeno. En mayo de 2018, el presidente Donald Trump retiró a Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto firmado en 2015 entre Alemania, China, Francia, Reino Unido y Rusia con Irán y que garantizaba que el programa nuclear iraní se desarrollaba para fines civiles y no militares. En 2019, EU abandonaba el Tratado sobre Fuerzas ­Nucleares de Rango Intermedio (INF, en inglés) firmado con Rusia en 1987 por Mijaíl Gorbachov y Ronald Reagan. En enero de 2020, después de que EU ejecutara al general iraní Qasem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds, Teherán anunció que dejaría de limitar el enriquecimiento de uranio. En febrero de ese año, Vladímir Putin insistió en que su país estaba dispuesto a amenazar a EU con misiles supersónicos instalados en barcos y submarinos apostados cerca de la costa americana. Más recientemente, tras la invasión de Ucrania, Putin ordenó a su ejército aumentar el nivel de alerta de las fuerzas nucleares del país para responder a una posible agresión de la OTAN.

Como afirma Serhii Plokhy en Nuclear Folly. A History of the Cuban Missile Crisis, en los últimos años se ha producido un “regreso de las armas nucleares al escenario central de la política internacional”. Después de la agresión rusa en Ucrania, eso es aún más evidente. Desde el inicio de la guerra, los medios de comunicación, los think tanks y los políticos con responsabilidades internacionales han especulado con la posibilidad verosímil del uso de armas nucleares en el transcurso de la invasión. Y en este contexto, tiene sentido preguntarse si podríamos aprender algo de lo sucedido durante la célebre crisis de los misiles en octubre de 1962, el momento en el que el mundo estuvo más cerca de una guerra nuclear. “Si analizamos de nuevo la historia de la crisis, ¿seremos capaces de prevenir el surgimiento de un nuevo enfrentamiento nuclear, o al menos de resolverlo sin una guerra nuclear? –se pregunta Plokhy–. En este libro sostengo que hay mucho que aprender de la experiencia de quienes crearon y después resolvieron la crisis […] El mundo se encamina de nuevo hacia las arriesgadas políticas nucleares que caracterizaron las décadas de 1950 y 1960. Es esencial que las nuevas generaciones conozcan los acontecimientos dramáticos de esa época de un modo que resulte útil para las incertidumbres del mundo actual.”

El veterano y el inexperto

La crisis de los misiles fue uno de los acontecimientos centrales de la guerra fría. En él se concentraron todas las amenazas, los rencores, los faroles, los malentendidos, las rivalidades y los miedos del enfrentamiento entre el bloque soviético y el occidental. Se produjo, en parte, por razones accidentales. John Fitzgerald Kennedy, que con 43 años había llegado a la presidencia estadounidense el 20 de enero de 1961, era el presidente más joven de la historia del país. Su homólogo soviético, Nikita Jrushchov, que le sacaba más de 20 años y solía recordar que Kennedy tenía la edad de uno de sus hijos, le despreciaba por ­inexperto y blando. De hecho, tras llegar a la Casa Blanca, una de las primeras medidas adoptadas por ­Kennedy para contener el avance del comunismo en América Latina, la invasión de Cuba mediante el desembarco en bahía de Cochinos, había supuesto un fracaso para el gobierno estadounidense y una humillación personal para él, que sintió que la CIA y el ejército le habían hecho creer que era posible algo completamente inviable. Poco después, en junio de 1961, cuando Kennedy coincidió con Jrushchov en la embajada estadounidense en Viena, este le transmitió su desdén, exigió que los estadounidenses se marcharan de Berlín Occidental y, como dice Plokhy, “desplegó un ataque psicológico contra el joven presidente, que estaba perturbado y desmoralizado por la debacle cubana”. Kennedy “volvió a EU con lo que percibió como su segunda gran derrota en la arena internacional en menos de dos meses”. Y cuando supo, en agosto de ese mismo año, que Jrushchov y Walter Ulbricht, el líder de la Alemania Oriental, habían construido el llamado muro de Berlín para aislar por completo el lado oeste de la ciudad con hormigón y alambre de espino, “suspiró aliviado”: en realidad, lo que se temía era una invasión del territorio. “No había previsto la construcción del Muro, como tampoco lo habían hecho sus espías en Berlín Occidental, que no advirtieron las preparaciones para la construcción –cuenta Plokhy–. Pero pronto se dio cuenta de que el Muro no cuestionaba el derecho de los estadounidenses a acceder a la ciudad, algo que él había prometido defender por la fuerza”. Kennedy no tendría que declarar una guerra por ese pequeño territorio que se había convertido en un emblema.

Cuba también se estaba transformando entonces en otro emblema: el de la revolución en América Latina, y Jrushchov quería defenderlo a toda costa. Tanto él como Fidel Castro estaban convencidos de que, tras el fracaso de bahía de Cochinos, EU no tardaría en invadir Cuba de nuevo, y de que esta vez lo haría de manera más profesional y efectiva. De ahí que Jrushchov planteara el envío de misiles y armas nucleares a la isla. Por un lado, eso disuadiría a EU de invadirla, porque podría significar el inicio de una guerra nuclear. Además, después de que la OTAN hubiera instalado en Italia y Turquía misiles capaces de llegar hasta Rusia, e incluso a Moscú, Jrushchov quería que EU sintiera también la intranquilidad de saber que había armas nucleares apuntando a su territorio. El líder ruso, además, quería enviar misiles para ocultar que, pese a todas sus bravuconadas acerca del poder militar y nuclear de la Unión Soviética, este era muy inferior al estadounidense y carecía de los misiles de largo alcance de los que presumía.

Ambos líderes, el veterano y el inexperto, querían evitar a toda costa el comienzo de una guerra nuclear. Los dos eran perfectamente conscientes de lo que supondría eso. El 16 de octubre, Kennedy supo, gracias a las fotografías realizadas desde aviones estadounidenses de reconocimiento U-2, que había misiles ofensivos rusos en suelo cubano. “No queremos provocar una guerra –dijo Jrushchov a sus colegas del Presidium tras saber que los estadounidenses habían descubierto su movimiento–. Queremos intimidar a EU y que se contenga en Cuba”. Pero también reconoció que “lo trágico es que ellos pueden atacar y nosotros responder. Eso podría convertirse en una guerra a gran escala”. De hecho, fue lo que estuvo a punto de suceder en varias ocasiones. “Kennedy y ­Jrushchov –relata Plokhy– cometieron un error tras otro. Estos se debieron a varios factores, de la arrogancia ­ideológica a sus programas políticos, pasando por la mala interpretación de los objetivos geoestratégicos y las intenciones del otro bando, malas decisiones que solían deberse a la falta de buena información de inteligencia y malentendidos culturales”. La cúpula política y militar de Kennedy estaba dividida sobre qué respuesta dar a la provocación cubano-soviética: el ejército quería invadir la isla; Robert Kennedy, hermano del presidente, que tendría un papel clave en la resolución del conflicto, era de la misma opinión. El presidente quería ante todo ganar tiempo, hacía cálculos sobre su supervivencia política y temía que cualquier respuesta supusiera la invasión soviética de Berlín Occidental. Tras muchos debates, aceptó la solución intermedia que le presentaron Dean Rusk, su secretario de Estado, y Robert McNamara, el secretario de Defensa: un bloqueo naval que impidiera seguir con la llegada a la isla de barcos soviéticos cargados con misiles. Mientras tanto, el comportamiento de ­Jrushchov era errático: envió a EU dos cartas con propuestas contradictorias en menos de 24 horas y fue perdiendo el control de su ejército, algo que nunca fue más evidente que el domingo 28 de octubre, cuando supo que sus tropas en Cuba habían derribado un avión U-2 estadounidense que había entrado en el espacio aéreo cubano y –sospechaban los hombres en el terreno– había fotografiado las instalaciones y la disposición del ejército. Jrushchov culpó a Castro: su histeria ante la posibilidad de una invasión estadounidense había contagiado a todo el mundo y hasta el ejército soviético en Cuba se había vuelto paranoico. Pensó, de hecho, que la respuesta estadounidense a la pérdida del avión y su piloto sería el principio de una gran guerra nuclear. Pero a esas alturas Kennedy ya había tenido la idea que empezaría a solucionar la crisis sin provocar una guerra, a pesar de la oposición de buena parte de su equipo: ¿Qué diría ­Jrushchov a la propuesta secreta de que él retirara los misiles en Cuba a cambio de que EU hiciera lo mismo en Turquía? Ese fue el mensaje que Robert Kennedy transmitió al embajador ruso en Washington, que ­Jrushchov aceptó y que sirvió para desatascar las posiciones. El presidente soviético asumió incluso la exigencia estadounidense de mantener el pacto en secreto. De hecho, transigió con todas las propuestas posteriores de ­Kennedy: “La detención inmediata de la construcción de nuevas lanzaderas de misiles, la retirada de los misiles y la supervisión de esa retirada por parte de la ONU”.

Sin embargo, en un gesto elocuente de las dinámicas de la guerra fría, Jrushchov no solo no consultó esa decisión con Castro, sino que ni se la comunicó. Castro se enteró cuando le llamó el director de un periódico soviético para conocer su opinión al respecto. En ese momento –cuenta Plokhy vívidamente– Castro hizo añicos el espejo de su casa que tenía ante sí y llamó a ­Jrushchov “hijo de puta”, “cabrón” y “cucaracha”. Años más tarde diría que “la reacción de nuestra nación no fue de alivio, sino de una profunda indignación”. Para Castro aquello significó que le quitaban los misiles y las armas nucleares que consideraba suyas y la garantía de que EU no invadiría el país, pero casi más que eso, que le habían desposeído de “su dignidad como líder de un país independiente”. Para Jrushchov, que no había entendido que la revolución cubana era un fenómeno más nacionalista que comunista, supuso una victoria: Cuba no había sido invadida, el régimen cubano seguía en pie y, si acaso, ahora Castro comprendía mejor que su país tan solo era un miembro “júnior” de la comunidad comunista que debía someterse a los designios ideológicos de su líder, el presidente soviético. A pesar de que Jrushchov se sintiera vencedor, y en parte lo fuera, al cabo de dos años fue despedido de su cargo y relegado a una amarga jubilación. A fin de cuentas, no había conseguido el objetivo estratégico más profundo: “Alterar el equilibrio del poder mundial en la era de la descolonización”, un propósito que tiene ecos en la Rusia actual, en la era de una tentativa desglobalización.

En EU, Kennedy fue considerado el vencedor: el Partido Demócrata obtuvo un gran resultado en las elecciones al Congreso y al Senado de noviembre de ese año, y él se deshizo del aura de joven presidente encantador pero inexperto. Su nueva reputación como gran estadista duraría poco: como es sabido, fue asesinado un año después.
Una vieja historia , nuevas advertencias

Nuclear Folly, que la editorial Turner publicará en castellano después del verano, no aporta novedades trascendentales a la historia conocida, aunque utiliza documentos soviéticos desclasificados hace poco que añaden nuevos matices a lo que ya se conocía de las discusiones en el Kremlin sobre la crisis. Aun así, es probable que sea el mejor libro que se ha escrito sobre los famosos “13 días” de la crisis de los misiles.

Plokhy es un historiador brillante en la Universidad de Harvard y autor de algunos de los libros más interesantes y reveladores sobre la historia de Rusia, sus relaciones con Ucrania, la tragedia nuclear de Chernóbil y los últimos días de la Unión Soviética. Además de un historiador con una mirada inusualmente amplia sobre el papel de Rusia en el mundo a lo largo de la historia –es magnífico Lost Kingdom: A History of Russian Nationalism from Ivan the Great to Vladimir Putin–, Plokhy es un narrador extraordinario. Con el ritmo propio de un thriller, Nuclear Folly nos lleva del búnker del Pentágono a un submarino soviético con armas nucleares en el Triángulo de las Bermudas, del sofá en el que Jrushchov dormía vestido para que una novedad en las negociaciones no le pillara “sin pantalones” a las tierras cubanas, húmedas e insoportablemente calurosas, donde los soldados rusos comían latas de pasta llenas de gusanos mientras intentaban montar las lanzaderas de los misiles.

Esta historia resulta instructiva hoy, cuando, dice Plokhy, “varios países compiten en una carrera por mejorar y ampliar sus arsenales nucleares. Nos encontramos en uno de los momentos más peligrosos de la historia de las armas nucleares […] Para evitar una guerra nuclear debemos abandonar la creencia de que las armas nucleares son algo del pasado, que ya no son relevantes, que ­desaparecerán por sí solas”. Y, concluye, si en el momento álgido de la guerra fría, el debate público puso el control armamentístico en la agenda política, nuestra obligación es volver a hacerlo: “Como participantes en la política democrática, debemos aprender de nuevo las lecciones olvidadas del pasado para conseguir que los políticos actúen. Mirar atrás es un requisito esencial para avanzar”. Con este brillante libro, Plokhy ha hecho su parte del trabajo. â-



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