Pan y Circo

La captura de Ovidio Guzmán: de la guerra simulada a la militarización permanente

2023-01-16

Contradictoriamente, Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Seguridad y Protección...

Oswaldo Zavala | The Washington Post

El 22 de octubre de 2022 circuló la noticia de un operativo militar en el poblado de Santa Gertrudis, en el estado de Chihuahua, México. Miembros del Ejército mexicano, la Guardia Nacional y la Fuerza Aérea detuvieron a “El Gavilán”, jefe del grupo criminal “Los Gavilanes”. Intervinieron además en un conflicto entre “Los Coyotes” y “Los Zopilotes”, que se disputaban el control de ese supuesto poblado en el desierto de Chihuahua, según informó El Diario de Ciudad Juárez.

Habitantes del pueblo confrontaron a los soldados con palos y piedras para intentar liberar al traficante, pero fueron contenidos sin el uso de fuerza letal. El potente despliegue militar incluyó aviones F-5, helicópteros Black Hawk, drones con explosivos y armas de grueso calibre para sitiar el poblado, detener a los delincuentes y liberar a rehenes.

El operativo —que pareciera un precedente de la captura de Ovidio “El Ratón” Guzmán el pasado 5 de enero— fue en realidad un ejercicio de entrenamiento en un Centro Nacional de Adiestramiento del poblado chihuahuense.

Con 6,327 soldados del ejército y 2,950 elementos de la Guardia Nacional, los militares sitiaron un poblado de utilería y emplearon extras para interpretar al pueblo victimado y los simpatizantes de los criminales. El adiestramiento fue supervisado por los secretarios de Estado a cargo de las Fuerzas Armadas.

Meses después, la simulación se materializaría con el operativo para detener a Ovidio Guzmán, hijo del narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán, con dos efectos trascendentes. Primero, la normalización del espectáculo de la violencia en las calles, que consolida la percepción de que México es un país en “guerra” con el “crimen organizado”. Y segundo, todavía más preocupante, que la militarización antidrogas, en el último año de la presidencia de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), revirtió las promesas de pacificación de su gobierno.

Si bien es cierto que la política de AMLO conocida como “abrazos no balazos” mostró un descenso de los homicidios en México, lo que está en juego es la continuidad de la “guerra contra el narco” protagonizada por las Fuerzas Armadas, que tienen un alto índice de letalidad en sus enfrentamientos con civiles y que ha generado casi 400,000 homicidios entre 2006 y 2022.

Esto no implica una derrota política para el gobierno de López Obrador. Ante el reclamo estadounidense por la crisis de muertes por sobredosis de fentanilo, el creciente poder militar en México y el alto índice de homicidios que el gobierno atribuye al “narco”, el operativo fue celebrado incluso por críticos del régimen. Más allá de la coyuntura, la captura de Ovidio Guzmán es una victoria para quienes buscan un escenario de militarización permanente en México.

Repasemos el contexto: el 30 de enero de 2019, mientras se presentaban los alegatos finales del juicio a “El Chapo” en Nueva York, López Obrador anunció la cancelación de la “guerra contra el narco”.

Tuvo sentido, como explicó AMLO, que durante un operativo fallido en 2019 se ordenara la liberación de Ovidio para proteger la vida de la ciudadanía cuando grupos armados salieron a las calles para rescatar al traficante.

López Obrador replanteó después la relación binacional en materia de seguridad tras la detención del general Salvador Cienfuegos, exsecretario de Defensa, en Estados Unidos. No solo acusó a la Administración de Control de Drogas​ (DEA por su sigla en inglés) de haber “fabricado” los cargos que lo señalaban como “El Padrino” de traficantes de segunda fila, sino que puso al alcance del público el desaseado expediente de la agencia estadounidense.

También impuso una mayor regulación a los agentes de la DEA, la CIA y el FBI en México y declaró “muerta” la Iniciativa Mérida, mediante la cual Estados Unidos entregó más de 3,000 millones de dólares, de 2008 a 2020, para la “guerra contra el narco” que inició con el gobierno de Felipe Calderón.

En el último año del gobierno de AMLO, sin embargo, hay un retroceso de su política de pacificación. La militarización se profundiza y la Guardia Nacional, que se creó para reemplazar al Ejército en las tareas de seguridad, pasó permanentemente a su control. El Ejército se convirtió en la segunda dependencia federal con mayor presupuesto y con alrededor de 240,000 elementos patrullando el país.

Los ejercicios de adiestramiento militar antidrogas, que recibieron un mayor presupuesto a partir de 2007 por orden de Calderón, se expandieron con AMLO al incluir por primera vez a la Guardia Nacional. Y según reportes de prensa, agencias como la CIA continúan operando en México. En un desconcertante giro de 180 grados, López Obrador afirmó hace poco que ya “confía” en los agentes antidrogas de Estados Unidos.

Así regresó la “guerra” a las calles.

En 2016, durante la última captura de “El Chapo” Guzmán en Sinaloa, solo participaron 17 marinos y 50 soldados, con un saldo de cinco presuntos traficantes muertos y únicamente un militar herido. Nadie salió a las calles para tratar de salvarlo a pesar de que, según un cable diplomático, “El Chapo” se hacía rodear de hasta 300 guardias armados.

Con la captura de Ovidio Guzmán, en cambio, se envió a 3,586 soldados y guardias nacionales. Otros 1,500 elementos de la Guardia Nacional, Ejército y Fuerza Aérea reforzaron Culiacán en los días siguientes. Hubo 29 muertos: 10 militares y 19 presuntos delincuentes. El operativo refutó la absurda acusación de que existe un “pacto” entre el gobierno de AMLO y el “Cártel de Sinaloa”, pero salvaguardar la vida humana ya no parece ser la prioridad.

Contradictoriamente, Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Seguridad y Protección Ciudadana federal, declaró que los cientos de soldados enviados a Sinaloa fueron a “construir la paz”. Como en la novela 1984, parecía decir “la guerra es paz”.

Se teatraliza también la persecución de los traficantes: la DEA ofreció una recompensa de 20 millones de dólares —la más alta en su historia— por información sobre el paradero de Rafael Caro Quintero y otros cinco millones por Ovidio Guzmán. Los análisis más verosímiles desmienten la importancia de los “narcos”: “El Ratón” era el “eslabón más débil” del “Cártel de Sinaloa”; el “geriátrico” Rafael Caro Quintero, de 70 años de edad, es el remedo del traficante perseguido por la DEA desde los años 80. En su defensa “El Chapo” negó ser el jefe del “cártel” y se dijo víctima de extorsión de los anteriores gobiernos de México.

A nivel geopolítico, menos que un “regalo” para el presidente estadounidense, Joe Biden, la captura evidencia que el gobierno de AMLO vuelve a alinearse con la agenda antidrogas que históricamente rebasa las preocupaciones de los gobiernos en turno. En 2014, el presidente Enrique Peña Nieto anunció la detención de “El Chapo” apenas tres días después de la visita de Barack Obama a México. La diferencia radica en que la violencia desatada ahora se sumó a los disturbios en otras regiones del país que han sido denunciados por legisladores de oposición como actos de “narcoterrorismo”.

Más que la eventual extradición de Ovidio, hablar de ese modo es el verdadero “regalo” para Estados Unidos. Durante la década de 1980, el gobierno de Ronald Reagan usó la idea del “narcoterrorismo” para poder operar militarmente contra Nicaragua y Cuba. En septiembre de 2022, el gobernador de Texas, Greg Abbott, designó al “Cártel de Sinaloa” y al “Cártel Jalisco Nueva Generación” como organizaciones “terroristas”, lo que facultaría una intervención militar estadounidense en México.

Donald Trump ya propuso lanzar misiles a territorio mexicano para destruir laboratorios de drogas sintéticas. Y hace unos días prometió enviar tropas a México para combatir a los “cárteles” si gana las elecciones presidenciales de 2024.

Pero el progresista Biden, como Obama, ha sido más eficaz que Trump en establecer su agenda. López Obrador pareciera estar ahora inmerso en la estrategia militar antinarcóticos que antes prometió desmantelar. En consecuencia, tanto simpatizantes como detractores de su gobierno debaten el éxito del operativo para detener a Ovidio Guzmán, pero ninguno cuestiona el horror de la “guerra contra el narco”.

El filósofo francés Jean Baudrillard advirtió hace décadas que vivimos en la “era de la simulación” en la que el lenguaje construye realidades sin fundamento. La simulación de la “guerra contra el narco”, lamentablemente, se ha consolidado en la muy tangible y violenta militarización del país.



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