Entre la Espada y la Pared

El horizonte de la guerra en Gaza

2023-11-18

A mes y medio de la ofensiva de Hamás y tras la invasión israelí a Gaza, cada...

Política Exterior

A mes y medio de la ofensiva de Hamás y tras la invasión israelí a Gaza, cada vez es más evidente que podemos esperar cualquier cosa de esta guerra. Preguntamos a expertos por la dimensión regional del conflicto y por lo que ha sido de la solución de dos Estados.

Lo que empezó, si es que se puede poner una fecha exacta, con el brutal ataque de Hamás y la posterior invasión israelí de Gaza, continúa dejando un panorama desolador y repleto de incógnitas sobre el futuro de Israel y la eterna frustrada causa palestina. La crisis de legitimidad que experimentan los actores a ambos lados de este conflicto asimétrico les ha conducido a buscar apoyos internacionales que se sumen a sus respectivas cruzadas políticas y étnico-religiosas.

Mientras la comunidad internacional se enreda en estos compromisos, agravados por la batalla mediática y la radicalización de posturas, el tiempo juega en contra para reavivar el agonizante proceso de paz, proteger a la población civil y garantizar la estabilidad en Oriente Medio. Por ello, nos atrevemos a preguntar ¿Qué implicaciones regionales y globales está teniendo (o podría tener) la guerra en Gaza? ¿Qué futuro le espera a la solución de dos Estados?

«Las manifestaciones masivas de solidaridad han recordado a las élites dirigentes de los países de la región que la cuestión palestina es un poderoso motor de movilización»

YOSSI ALPHER | Consultor y escritor sobre cuestiones estratégicas relacionadas con Israel

Esta guerra comenzó el 7 de octubre como un violento desafío del Eje de la Resistencia –Irán y sus apoderados, empezando por Hamás– contra Israel y las monarquías árabes suníes de Oriente Próximo. Si Hamás y otros apoderados del Eje como Hezbolá salen “vencedores”, la causa islamista representada por Irán ganará influencia regional e incluso, con la ayuda de Rusia, mundial. Por el contrario, un éxito israelí derivado de dañar seriamente la infraestructura y el liderazgo de Hamás y lo suficiente a Hezbolá en Líbano como para restablecer una sólida disuasión, se entenderá regional y globalmente como un golpe a Irán, sus aliados (Siria, los Houthis de Yemen) y sus apoderados chiíes en Oriente Próximo. Esto podría facilitar un Oriente Próximo más tranquilo y reforzar tanto el perfil de Israel como el de Estados Unidos en la región.

La guerra lanzada por Hamás el 7 de octubre tiene a primera vista poco que ver con la solución de dos Estados. Hamás no apoya el diálogo con Israel ni la solución de los dos Estados, y el gobierno de Netanyahu en Israel también rechaza esta solución. El atentado del 7 de octubre pretendía ser un golpe islamista del Eje de Resistencia dirigido por Irán contra Israel y contra los aliados y asociados occidentales y árabes suníes que podrían apoyar un proceso de paz renovado.

Estados Unidos y la Unión Europea defienden el gobierno de la Autoridad Palestina en la Gaza de la posguerra como base para un proceso de paz. Ni la Autoridad Palestina ni el primer ministro Netanyahu son candidatos viables capaces de negociar una solución de este tipo. Peor aún, uno de los efectos de esta guerra puede ser una mayor influencia islamista en Cisjordania y un fortalecimiento de la derecha racista de Israel, ambos enemigos de una solución de dos Estados.

La Autoridad Palestina, tal y como está constituida actualmente, debe someterse a una reforma y reconstrucción radicales para poder optar a negociar y después gobernar un Estado palestino. En cuanto a Israel, aunque Netanyahu pague un precio político por la locura que condujo a esta guerra, es probable que su gobierno sea sustituido por personas de centro-derecha, no por el bando pacifista de Israel, que está políticamente en bancarrota.

Es cierto que la guerra demuestra una vez más que la solución de los dos Estados es la mejor manera de que judíos y árabes coexistan entre el río Jordán y el Mediterráneo. Sin embargo, las perspectivas a corto plazo de que se produzcan avances serios hacia una resolución por parte de dirigentes israelíes y palestinos viable y orientada hacia la paz no son alentadoras. Esto significa que incluso si la Franja de Gaza se tranquiliza tras una estrepitosa derrota de Hamás –en el mejor de los casos– las perspectivas de una coexistencia armoniosa entre israelíes y palestinos a corto plazo son escasas.

IGNACIO ÁLVAREZ OSSORIO |  Catedrático de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Complutense de Madrid

Por el momento, las implicaciones regionales están siendo limitadas, ya que la guerra ha quedado circunscrita a la Franja de Gaza y no se ha abierto un nuevo frente en Líbano, dado que la milicia chií libanesa Hezbolá se ha abstenido de entrar en liza. Desde mi punto de vista, la presencia de dos portaviones norteamericanos en la costa israelí ha tenido efectos disuasorios, así como la presión de las fuerzas políticas libanesas sobre Hezbolá, ya que una nueva guerra colocaría en una situación catastrófica a Líbano, que atraviesa su mayor crisis social, política y económica desde su creación. Por otra parte, los países árabes tampoco parecen dispuestos a adoptar una posición más beligerante hacia Israel. En este sentido sorprende que hayan sido precisamente Egipto y Jordania, dos países situados en la órbita norteamericana, los que han adoptado una posición más contundente al advertir que no permitirán una segunda nakba ni abrirán sus fronteras, todo ello con el objeto de evitar una expulsión masiva de la población palestina de los territorios ocupados.
 
La reciente reunión de la Liga Árabe ha evidenciado, una vez más, la impotencia de la comunidad árabe que, si bien ha reclamado un alto el fuego, la entrada de ayuda humanitaria, un embargo armamentístico sobre Israel y la investigación de la Corte Internacional de Justicia de los crímenes de guerra y de lesa humanidad, también ha echado balones fuera al no aceptar la utilización del petróleo como instrumento de presión o al no acordar la congelación de las relaciones diplomáticas con Israel.
 
En lo que respecta a los países occidentales, el apoyo incondicional de EU a la ofensiva sobre Gaza ha intensificado su descrédito en el mundo árabe, que contempla cómo Washington ha abierto un puente aéreo para seguir reduciendo a cenizas la mayor parte del territorio y, por lo tanto, es cómplice de las matanzas de civiles que, por el momento, han provocado la muerte de más de 12,000 personas. Con esta posición, EU abandona cualquier atisbo de neutralidad en el conflicto palestino-israelí y se posiciona a favor de las tesis más duras del gabinete israelí. La UE, por su parte, ha dado muestra, una vez más, de sus contradicciones internas y podría ser el más afectado por la inestabilidad regional y las nuevas migraciones que, sin lugar a dudas, generará en un futuro cercano la catástrofe humanitaria de Gaza.
 
Considero que, hoy por hoy, dicha opción es del todo inviable. Desde la firma de los Acuerdos de Oslo en 1993, todos los gobiernos israelíes, independientemente de su signo, han intensificado la colonización con el objeto de impedir la aparición de un Estado palestino. En estos últimos treinta años, la población colona se ha triplicado y, en la actualidad, hay 700,000 colonos israelíes viviendo entre tres millones de palestinos en Cisjordania y Jerusalén Este. Es decir: un 10% de la población israelí vive en los territorios ocupados. Además, tenemos que tener en cuenta que Israel cuenta con el gobierno más radical de toda su historia con fuerzas como Poder Judío y Sionismo Religioso que abogan por la anexión inmediata de Cisjordania y la expulsión de todos aquellos que rechacen dicha medida.
 
El campo de la paz que firmó los Acuerdos de Oslo ha sido completamente laminado y el Partido Laborista y el Meretz están al borde de la desaparición, de tal manera que las voces en la escena israelí que sigan apostando por esta vía son escasas. A pesar de todo ello, los países occidentales siguen ignorando la distribución de fuerzas en la escena política israelí y mantienen su mantra sobre la solución de los dos Estados que, como los hechos demuestran sobre el terreno, no tienen la menor opción de llevarse a la práctica. Lo que estamos viendo sobre el terreno hoy en día no es más que el resultado del abandono de las negociaciones de paz y la aceptación por parte de EU y UE de los argumentos del Likud israelí en torno a que la normalización con el entorno árabe acabaría liquidando la cuestión palestina y que bastaba con la denominada “paz económica” para poner fin a las aspiraciones nacionales palestinas.

ISAÍAS BARREÑADA | Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid

La agresión militar israelí sobre la Franja de Gaza ocupada y la violencia combinada de soldados y colonos en Cisjordania ponen en evidencia cómo Israel responde ante un acto de resistencia palestina. Israel está mostrando su incapacidad ontológica y su falta de voluntad política para resolver la cuestión palestina sobre bases legales y de justicia. Ha respondido con furia y venganza desbocada, para demostrar su superioridad y encubrir su falta de propuesta política. En suma, Israel ha vuelto a poner en evidencia su carácter esencialmente colonial, lo que hace muy difícil un horizonte de paz y convivencia en la región. Todo ello fortalece al Eje de la Resistencia, los países y fuerzas políticas que contestan el proyecto sionista; y, sin lugar a duda, sitúa en una posición incómoda a aquellos que habían empezado a normalizar sus relaciones con Israel.

Por otra parte, la guerra ha puesto en evidencia las diferentes lecturas que hacen de lo que está ocurriendo, por un lado, el norte occidental, y por otro lado Rusia, China y la mayor parte del Sur global. La brecha existe desde hace tiempo, pero se ha acentuado con el nacionalismo de las vacunas, la guerra en Ucrania y ahora con la cuestión palestina. Quien va a sufrir más directamente este distanciamiento será la UE que, con su alineamiento con Israel y su falta de coherencia, ha perdido gran parte de su supuesta relevancia política. Es muy probable que toda la arquitectura euromediterránea y de vecindad sur se vea profundamente afectada.

Los palestinos tienen derecho a un Estado soberano; es uno de los Derechos Inalienables del Pueblo Palestino reconocidos por la comunidad internacional y recogidos en la resolución 3376 de la Asamblea General de Naciones Unidas (1975). La OLP asumió un costoso compromiso histórico de establecer un Estado palestino en Cisjordania y Gaza, y con esa premisa se embarcó en el proceso de Oslo (1993). El problema fue que Israel nunca asumió su obligación de revertir la ocupación y retirarse; al contrario, aprovechó para intensificar la ocupación con más asentamientos, y con medidas unilaterales como el muro de Cisjordania o el bloqueo sobre Gaza. Hoy Cisjordania ha pasado de ser un territorio con algunos asentamientos israelíes a ser un territorio israelizado con enclaves palestinos en su seno. Israel ha creado unos hechos consumados que imposibilitan de facto la materialización de tal proyecto, con una sola autoridad estatal sobre todo el territorio, una población con derechos y otra sometida a las órdenes militares de la ocupación.

La fórmula más democrática sería sin duda una solución de un solo Estado, donde se reconocieran dos naciones y donde todos tuvieran los mismos derechos. Pero tal solución supone la renuncia del proyecto nacional judío del sionismo, y es obvio que las mayorías de las dos poblaciones no están dispuestas a ello. Si esto no es viable solo caben dos opciones: mantener la ocupación o hacer que tome cuerpo el Estado palestino de Cisjordania, Jerusalén este y Gaza. La desproporcional respuesta israelí parece dirigida a impedir cualquier diálogo a medio plazo y posponerlo ad infinitum. Los aliados de Israel tampoco parecen dispuestos a forzarle a asumir un compromiso. Además, la desocupación de los territorios palestinos debería extenderse también al Golán sirio ocupado. ¿Quién se cree que Israel acepte tal cosa a día de hoy

FRANCESCA CICARDI | Corresponsal en Oriente Medio

A nivel regional, la guerra pone en evidencia algo que se ha ido concretando en los últimos años: el mundo árabe ha abandonado a los palestinos y su causa, y ha optado por la realpolitik en el conflicto con Israel. Esa política quedó reflejada en los acuerdos de Abraham, firmados en Washington por Emiratos Árabes Unidos y Bahréin en 2020 para normalizar sus relaciones con Israel. Otros países árabes se sumaron después y todo indicaba que Arabia Saudí estaba a favor de hacerlo antes de que estallara la actual guerra. Esos Estados, pero también otros que no reconocen a Israel, solo han condenado la violencia –en ocasiones, con la boca pequeña– y no han tomado ninguna medida para apoyar a los gazatíes y presionar a Israel, frente a su mayor ofensiva sobre la Franja. Egipto y Jordania han sido los Gobiernos que más han levantado la voz, pero detrás de su postura hay intereses nacionales, ya que ambos países (el primero fronterizo con Gaza y el segundo con Cisjordania) no pueden permitirse la desestabilización que supondría una oleada de refugiados palestinos ni un conflicto prolongado, incluso de baja intensidad, al otro lado de sus fronteras.

A nivel global, la guerra pone de manifiesto otra cruda realidad: el doble rasero de Occidente –en especial, de Estados Unidos y la Unión Europea– a la hora de defender los derechos humanos y de posicionarse frente a una guerra injusta y a una fuerza ocupante. Ante la invasión rusa de Ucrania, la reacción de la comunidad internacional fue y es muy diferente, y las comparaciones son odiosas pero inevitables. Muchos se han preguntado por qué las potencias occidentales no sancionan a Israel tal y como lo hacen con Rusia o no ejercen más presión sobre Tel Aviv, que sale reforzado como el aliado occidental indiscutible –y todopoderoso– en Oriente Medio, por encima del gigante petrolífero saudí.

ITXASO DOMÍNGUEZ DE OLAZÁBAL | Coordinadora de Oriente Próximo y norte de África para la Fundación Alternativas

Durante muchos años, y especialmente cuando la atención se centra en Palestina como resultado de la intensificación de un “conflicto” profundamente asimétrico y caracterizado por la violencia sistémica, la respuesta comodín de gran parte de la comunidad internacional se ha centrado en llamar a la necesidad de reavivar el “proceso de paz” como única forma de alcanzar la “solución de dos Estados”. A la luz de la realidad sobre el terreno y de su evolución, debería quedar claro que esta fórmula (al igual que la llamada “solución de un Estado”, por cierto) ha perdido todo significado, si es que alguna vez lo tuvo. Esto es así porque esa “solución” es completamente inviable, sí, pero también porque el propio marco del “proceso de paz” fue concebido para eludir el derecho internacional como la única manera de “solucionar” el “problema” sobre el terreno.

El proceso de Oslo abría la puerta a que Israel continuara violando el derecho internacional, garantizando su impunidad siempre y cuando mostrara periódicamente interés en participar en la mesa de negociaciones; y cuando no lo hiciera, culpando a los palestinos de sabotear el proceso, obligándolos así a realizar un cada vez mayor número de concesiones. Comprobamos, por lo tanto, que este proceso, que en nada ha contribuido a alcanzar la paz, sí ha facilitado irremediablemente la multiplicación de las violaciones del derecho internacional en toda la Palestina histórica (el antiguo mandato británico), sin la más mínima voluntad de poner fin a ellas de forma definitiva, ya que eso pondría en peligro la naturaleza del régimen israelí. La verdadera “solución” sería poner fin a estas reglas cambiadas a mitad de juego que nos presentan cada ciertos años como un placebo definitivo, mientras los palestinos continúan viendo violados sus derechos humanos día tras día.

LEILA NACHAWATI REGO | Escritora, investigadora y profesora en la Universidad Carlos III de Madrid

Que lo que ocurre en Palestina e Israel trasciende lo local y tiene implicaciones regionales y globales es hoy más evidente que nunca. En esa onda expansiva que han supuesto el atentado de Hamás y el castigo colectivo israelí contra una población asediada, destaca la pérdida de legitimidad de todo un sistema internacional que, pese al predominio de sus miembros más poderosos, ofrecía ciertos marcos de protección de los derechos humanos.

Ante la campaña israelí de tierra quemada que se ceba en los sectores más vulnerables de población y que tanto recuerda a las tácticas de otros actores regionales, como el régimen sirio y su aliado ruso, queda patente la impotencia de las Naciones Unidas.

En palabras del reconocido intelectual sirio Yassin Haj Saleh, “el régimen sirio y sus aliados iraní y ruso han elevado el umbral de las monstruosidades posibles contra la población civil de un modo que ha beneficiado al régimen genocida de Israel”. Antes que ellos, como afirma el periodista Javier Espinosa, “la invasión ilegal de Irak resquebrajó el sistema internacional erigido tras la II Guerra Mundial, que la brutal ofensiva de Israel contra Gaza apoyada por Occidente ha terminado por hundir”.

Este hundimiento del sistema internacional y la impunidad que lleva asociada envía un mensaje aterrador tanto a actores dispuestos a violar los derechos humanos como a la ciudadanía de todo el mundo, sometida a la ley del más fuerte y cada vez más desprotegida ante potenciales abusos.

LAURENCE THIEUX | Profesora del Departamento de Relaciones Internacionales e Historia Global de la UCM

La salvaje respuesta de Israel a los ataques salvajes de Hamás, es también el resultado de un doble fracaso: el de las potencias occidentales y el de las potencias regionales en buscar activamente una solución justa para el pueblo palestino, sometido a una ocupación de 56 años como lo recordó recientemente el Secretario General de Naciones Unidas António Guterres.

Se trata de un episodio más, como lo recordaba el diplomático Ghassan Salamé, de un proceso de desregulación de la fuerza que no augura nada bueno para el futuro, si las potencias occidentales (EU y la UE) siguen con la actual pasividad y connivencia con los crímenes cometidos en la respuesta militar desproporcionada de Israel contra la Franja de Gaza incluyendo a su población civil y los más vulnerables. Las graves violaciones del derecho internacional que se están cometiendo han abierto la caja de pandora, dando rienda suelta a la perpetración de futuros crímenes.

Aunque los países de la región invocan el doble rasero de Occidente, y no les falta razón, también tienen mucha responsabilidad en lo que está ocurriendo hoy en Gaza. Las manifestaciones masivas de solidaridad con el pueblo palestino han recordado a las élites dirigentes de los países de la región que la cuestión palestina es un poderoso motor de movilización, cristalizando las aspiraciones de los pueblos a la justicia. No se puede obviar y los países que han apostado por la normalización con Israel tendrán que reconsiderar los parámetros de esta estrategia. Está en juego la misma sostenibilidad de los Estados, cuya resiliencia autoritaria no puede ocultar un fuerte desgaste de legitimidad que la inacción ante la tragedia de Gaza no puede sino exacerbar.

La solución de dos Estados ha ido perdiendo sustancia a medida que la lógica colonial del proyecto sionista se afianzaba. La búsqueda de una solución justa para los palestinos pasa por el cumplimiento del derecho internacional como las resoluciones de Naciones Unidas, la opinión consultiva de la Corte internacional de Justicia sobre el muro y tantos otros compromisos no cumplidos. Israel tendría que desmantelar todas las colonias (150 asentamientos y 128 puestos avanzados en Cisjordania y Jerusalén Este). Otra medida fuerte para reencauzar el proceso es la liberación de los presos palestinos y en particular figuras claves como Marwan Barghouti, el “Mandela de Palestina” condenado a cadena perpetua en 2004, para permitir la recomposición de la escena política palestina, un paso clave para legitimar una autoridad palestina que se ha convertido más en un problema que una solución e invalidar el tradicional argumento israelí de la falta de interlocutor palestino para negociar la paz.



JMRS
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