Muy Oportuno

Y si los hijos no llegan

2024-03-01

Y con ello no quiere decir, que estábamos actuando mal o equivocadamente, simplemente las...

Fuente: Catholic.net

Pensar que podemos lograr todo lo que nos proponemos o que tenemos la potestad de adquirir todo lo que deseamos, se puede convertir en una obsesión y en esta condición es fácil sumergirnos en momentos de pánico, de depresión, de negación o de desilusión. Realmente no se tiene todo lo que se desea ni se logra todo lo que propone pues sería inverosímil que la vida fuera así de sencilla. ¿Cuándo se valoran más las cosas? Sin duda alguna cuando se requiere del sacrificio, del trabajo diario, constante, perseverante y dedicado. Da mucha satisfacción cuando se alcanza una meta pero que ha sido declarada como fin máximo cara a Dios. Cuando se desea fervientemente un logro, no por capricho sino por dignidad, por compromiso con nosotros mismos y con las personas que nos rodean, y cuando la ilusión se hace realidad, se alcanza una alegría muy grande, tanto que muchas veces lloramos emocionados y compartimos esta felicidad con los seres más queridos, contagiándolos de esperanza y de agradecimiento. Cabe aclarar, que a veces deseamos fervientemente que se nos haga realidad un sueño, una esperanza, un anhelo, y nos esforzamos mucho por conseguirlo pero la realidad que se nos presenta es otra a la esperada. Y con ello no quiere decir, que estábamos actuando mal o equivocadamente, simplemente las cosas no estaban para darse.

En otras ocasiones, lo que deseamos se convierte en situaciones efímeras porque no nos hemos enfocado en la verdadera búsqueda de la felicidad. Hay momentos en nuestra vida en los que sentimos atravesar necesidades y muchas veces, éstas son consideradas como básicas, pero en realidad no lo son, por ejemplo: la compra de un vehículo, el comprar una joya o un traje de marca, el viajar por el mundo, y el listado de las cosas materiales que muchas veces se desean y que no son tan esenciales, no terminarían, pues nos basamos sólo en lo material.  La verdad es que cada vez queremos más y más. Muchas veces no nos saciamos y basamos la felicidad en lo trivial, lo pasajero.

Tanto nos acostumbramos al tener, que el simple hecho de comprar no nos da satisfacción. Pero qué es lo verdadero y esencial? No puede ser más que aquello que nos llene totalmente, nos regocije, nos brinde alegría inmensa, tranquilidad absoluta, de aquella que nos haga sentir tan bien con solo compartir de la compañía de esa persona a la que se ama demasiado, así sea tomándose un café sentados en un cojín frente a una chimenea.

Pero qué sucede cuando no obtenemos lo que tanto deseamos? A quién le damos la responsabilidad? Indudablemente en la realidad, a los que nos rodean, a la vida misma, a Dios, a la suerte. Y no es cierto que los demás tengan una mejor vida,  simplemente son circunstancias que se presentan y miden nuestra paciencia, nuestra fe y el sentido de existir y de encontrar la verdadera felicidad, no la que se compra, sino la que se siente dentro de sí mismo, a pesar de la adversidad. Solo Dios brinda esa seguridad, esa calidez que abriga, ese amor que reconforta, esa sabiduría con la que se aprende a aceptar sin cuestionar, sin desear lo que los demás tienen, de vivir y dejar vivir, de amar y dejarse amar. Cuántas personas lo tienen “todo” y algo les falta para ser felices.

Entonces, seguimos cuestionándonos, qué sucede en nuestras vidas cuando lo que soñamos o por lo que trabajamos no se nos hace realidad? Qué sucede dentro de una familia en la que se ha soñado con que los hijos recorran todo el recinto del hogar con sus pasitos y con sus carcajadas y en esa espera, nunca llegan? Es el caso de dos personas, hombre y mujer, que se encuentran, se conocen, se aman y unen sus vidas por la gracia y bendición divina, para construir un camino juntos; buscan formar un hogar, sueñan con tener hijos pero esa luz poco a poco se va extinguiendo? No es una situación fácil de aceptar pues lo más duro es reconocer que no se puede ser mamá o papá biológicamente.

Es duro enfrentar la sociedad. Las preguntas de las personas inoportunas, las miradas de los que no comprenden y los juicios a priori, son algunas de las situaciones incómodas que suelen presentarse, además de la lástima de los amigos, los familiares y demás. Y si los hijos no llegan, qué hacer? Posiblemente llorar inconsolablemente, echar culpas a los demás, huir del problema, encerrarnos en nosotros mismos, abandonar al ser amado que hemos aceptado para emprender un camino juntos, en las buenas y en las malas. Pero la realidad debe ser otra.

Antes que nada, como el primer paso, hay que buscar en lo más profundo del corazón si en realidad deseamos ser padres, examinando la verdad de lo que anhelamos, no por satisfacer el ego de serlo, de lograrlo a como dé lugar, como buscando un trofeo, pues un hijo no es un objeto que se busca en un supermercado. Un hijo o hija es una enorme responsabilidad que requiere de convicción, vocación, entrega, compromiso, servicio, sacrificio y amor del más grande pues ser padres es por toda la vida y hasta la eternidad.

En segunda medida, debemos aceptar la realidad. A veces se buscan incansablemente las causas por las cuales no se puede engendrar esa semilla que traerá muchas alegrías al hogar; en otras ocasiones se buscan diferentes alternativas de procrear (las cuales no voy tratar en esta reflexión). Pensamos que todo es tan fácil de lograr que en el intento y en el fracaso más desilusionados nos sentimos.

Un tercer momento será siempre el tomar decisiones, pero no individualizadas, tratando de imaginar ese futuro sin hijos o con hijos. Porque el tiempo pasa y no vuelve atrás. A veces las decisiones se deben tomar con fortaleza y convencimiento, pensando en el bien de la pareja, de la familia que se ha iniciado, juntos, sin pensar en lo que los demás deseen, porque es una construcción entre dos (esposo y esposa). Cuando también tomamos la decisión de casarnos, lo debemos hacer con propiedad, teniendo presente que la travesía comienza entre dos, el uno complementándose con el otro, recordando siempre que nos ganamos el cielo a través del cónyuge. Si nos unimos por voluntad propia, es nuestro deber permanecer de igual manera unidos, enfrentando las situaciones que se llegasen a presentar para bien o para mejorar. Es muy triste que antes de ser padres pongamos realidades diferentes por encima, que por vanidad o por egoísmo nos parecen más importantes y que cuando nos damos cuenta, hemos sacrificado tantos momentos significativos que más adelante, muy posiblemente nos pesará. Hay parejas que se unen sólo por viajar o por disfrutar de la vida, cuando también se puede construir un futuro, disfrutar y crecer juntos  y en familia.

En el cuarto lugar, se deben prever alternativas para ejercer la paternidad. En la realidad hay muchas maneras de ser padres; hay algunas personas que se sienten plenas dedicando su vida a seres queridos y cercanos y que son como sus hijos, como sobrinos, hermanos menores, ahijados, etc. Hay personas que deciden ser padres de corazón a través de la adopción. Esta última alternativa es maravillosa; hay una gracia especial en ser mamá o papá de corazón porque hay unos vínculos que vienen de Dios y que se estrechan tan sobre naturalmente que es indescriptible e inexplicable lo que sucede. Qué milagro más grande cuando se unen seres que nacieron por diferente camino y que por la voluntad divina se encuentran y se entrelazan en un amor grande y puro como es el de la familia.

Y si los hijos no llegan… complementaría, naturalmente, existen enormes posibilidades de ser papá y mamá. Ejercer por voluntad propia esta condición humana de trascender conlleva a estar unidos por un lazo invisible pero demasiado fuerte, al amor infinito que Dios nos tiene, porque sólo Él es el encargado de hacer realidad este sueño maravilloso. Una vez que se inicie este compromiso, es irrevocable. Por ello es muy importante que antes de tomar la decisión de ser papá o de ser mamá, siempre volvamos al primer paso… ¿Deseamos ser papás? O sólo es la presión de la sociedad.

El que es papá o mamá actualmente y no ha tenido en cuenta una reflexión sobre su acción, anticipándose y preparándose para ser el mejor guía, orientador y formador, es el momento de detener sus pasos en el camino iniciado y de reconsiderar cuán importante es la huella que están dejando sobre ese hijo o hija. Todo lo que él o ella va a alcanzar en su vida está unido a su ejemplo, a su orientación, acompañamiento, formación y amor. Sin duda alguna, el que se prepara para ser un buen padre o para ser una buena madre, estará recapacitando permanentemente para corregir sus acciones y lograr su perfección para el bien de su hijo o hija; el que es padre o madre por accidente y lo acoge con agradecimiento, amor y entrega, logrará también sembrar un camino lleno de lo mejor para esa personita que llegó a su vida, muchas veces sin estarla esperando, pero que en la realidad, será su compañía y más preciado tesoro en su vida.

Siempre valdrá la pena el esfuerzo y el sacrificio por la felicidad de ese hijo o hija que será el fruto y el reflejo de la labor incansable de papá y mamá.



JMRS
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