Del Dicho al Hecho

Hampa o trampa

2019-06-03

Entre gitanos no se leen la suerte. Todos sabemos perfectamente quienes son los duros, los...

Por Humberto Musacchio | Revista Siempre

Entre gitanos no se leen la suerte. Todos sabemos perfectamente quienes son los duros, los insobornables, y cuáles los enriquecidos, los que cobran caro su amor. De modo que la filtración de la lista de dineros que han recibido algunos periodistas y empresas de la comunicación no sorprendió a nadie en el gremio, pero sí causó una notable irritación por haber metido en el mismo saco a tirios y troyanos.

Tanto la Presidencia de la República como el Instituto Nacional de Acceso a la Información niegan haber filtrado el documento, como si el pecado fuera dar a conocer el manejo de dinero público y no ese infame revoltijo que lesiona la buena fama de quienes legítimamente la tienen.

Resulta obvio que quien filtró la lista quiso hacer tabla rasa con los críticos del Presidente. No importó que fueran de izquierda o derecha, independientes o sometidos, lo que importaba era desautorizarlos en conjunto, colgar a todos y cada uno la etiqueta de “hampa del periodismo”.

Por si algo faltara, para justificar el uso de la frase “hampa del periodismo”, Ya Saben Quién dijo que no era suya, sino de Enrique Krauze. Importa poco la autoría, lo injusto es agarrar parejo, porque la filtración, más allá de las intenciones, sirve a quienes quisieran un periodismo complaciente y lambiscón, como el del viejo régimen, cuando el Estado unificó las verdades oficiales mediante el infaltable boletín, en cada oficina de prensa abrió nóminas de chayotes para los reporteros de la fuente, otorgó generosamente la publicidad a los amigos y castigó con su desprecio a los críticos.

Sabemos quién es quién, pero cada uno tiene derecho a intentar el deslinde de la acusación que implica aparecer en la canallesca lista. Lo relevante es que el actual gobierno carece de una política de comunicación, y el despido de cinco mil periodistas, la asfixia financiera que implica la negativa de publicidad y la inminente quiebra de numerosos medios no librará al gobierno federal del indispensable ejercicio crítico.

La gente del poder político debe olvidarse de medidas canallescas y poner en práctica, urgentemente, una verdadera política de comunicación social. Es deber constitucional del Estado garantizar el derecho a la información. Las “mañaneras” no son ni pueden suplir esa política de comunicación que demandamos los periodistas y necesita el país. Por el contrario, esas conferencias de madrugada son suicidas, pues cada día le ganan uno o más enemigos al Presidente. Es hora de hacer las cosas en serio.



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