Vuelta al Mundo

Reflexiones sobre la contención 

2023-12-01

Con todos estos matices, la contención fue una doctrina que acompañó a EE UU a...

Por Henry Kissinger | Política Exterior

La contención era una teoría extraordinaria: práctica e idealista al mismo tiempo, profunda en su evaluación de las motivaciones soviéticas, pero curiosamente abstracta en sus recomendaciones.

Con independencia de cómo las llamaran los estadistas norteame­ricanos de mentalidad wilsoniana, a finales de 1945 estaban surgiendo en toda Europa esferas de influencia, que durarían hasta la caída del comunismo cuatro décadas después. Bajo el liderazgo de Estados Unidos, las zonas de ocupación occidentales en Alemania se fusionaron, mientras que la Unión Soviética convirtió los países de Europa del Este en apéndices suyos. Las antiguas potencias del Eje —Italia, Japón y, después de 1949, la República Federal de Alemania— avanzaron gradual­mente hacia una alianza con EE UU. La Unión Soviética fortaleció su dominio sobre Europa del Este mediante la coacción. Al mismo tiempo, el Kremlin se esforzó al máximo para interrumpir el proceso de unión occi­dental promoviendo una guerra de guerrillas en Grecia y fomentando manifestaciones masivas de los partidos comunistas de Europa occidental, especialmente en Francia e Italia.

Los líderes estadounidenses sacaron la conclusión de que tenían que resistirse a que la expansión soviética continuara. Pero su tradición nacional hizo que trataran de justificar esa resistencia basándose en casi cualquier otra cosa que no fuera un llamamiento al tradicional equilibrio de fuerzas. Al hacerlo, los líderes norteamericanos no estaban siendo hipócritas. Cuando por fin se dieron cuenta de que la visión de Franklin D. Roosevelt de un mundo pacífico vigilado por los cuatro policías (EE UU, la Unión Soviética, Gran Bretaña y China) no era realizable, prefirieron interpretar esa evolución de los acontecimientos como un contratiempo momentáneo en el camino hacia un orden mundial esencialmente armonioso. En ese sentido se enfrentaban a un desafío filosófico. ¿Era la intransigencia soviética un simple período pasajero, ante el que Washington podía esperar hasta que terminase? ¿Estaban los norteamericanos, como sugerían el ex vicepresi­dente Henry Wallace y sus seguidores, volviendo paranoicos a los soviéticos por no comunicar adecuadamente a Stalin sus intenciones pacíficas? ¿Rechaza­ba realmente Stalin la cooperación de posguerra con la nación más pode­rosa del mundo? Al fin y al cabo, ¿no quería ser amigo de EE UU?

Mientras los más altos círculos políticos de Washington ponderaban esas cuestiones, el 22 de febrero de 1946 se recibió un documento redactado por un experto en cuestiones rusas, un tal George Kennan, un diplomático de nivel relativamente bajo de la embajada estadounidense en Moscú, que aportó el marco filosófico y conceptual para interpretar la política exterior de Stalin. En raras ocasiones un informe de embajada transforma por sí mismo la visión del mundo de Washington, pero lo que más tarde se conocería como “Largo Telegrama” lo hizo de manera categórica. Kennan afirmaba que EE UU debería dejar de reprocharse a sí mismo la intransigencia soviética; las fuentes de la política exterior soviética estaban en lo más profundo del propio sistema soviético. Para Kennan, la ideología comunista estaba en la raíz de la interpretación del mundo de Stalin, quien consideraba las potencias capitalistas occidentales como irremisiblemente hostiles. La fricción entre la Unión Soviética y EE UU no era, por tanto, el producto de un malentendido o un problema de comunicación entre Moscú y Washington, sino que era inherente a la percepción que la Unión Soviética tenía del mundo exterior.

Desde tiempos inmemoriales, afirmaba Kennan, los zares rusos habían tratado de expandir su territorio. Habían tratado de someter a Polonia y convertirla en una nación dependiente. Habían considerado que Bulgaria estaba dentro de la esfera de influencia rusa. Y habían tratado de acceder a un puerto de aguas cálidas en el Mediterráneo que controlase los estrechos del mar Negro: “Detrás de la neurótica visión que el Kremlin tiene de los asuntos mundiales está la tradicional e instintiva sensación rusa de inseguridad. Originalmente era la falta de seguridad de un pueblo pacífico y agrícola que trataba de vivir, en una amplia llanura desprotegida, en la vecindad de violentos pueblos nómadas. Cuando Rusia entró en contacto con el Occidente económicamente avanzado, a eso se unió el miedo a las sociedades de esa zona, más competitivas, más poderosas, más organizadas. Pero este último tipo de inseguridad afectaba más a los dirigentes rusos que al pueblo ruso; porque los dirigentes rusos siempre han percibido que su gobierno era relativamente arcaico en la forma, frágil y artificial en su base psicológica, e incapaz de resistir la comparación o el contacto con los sistemas políticos de los países occidentales”.

«Según Kennan, la fricción entre la Unión Soviética y EE UU no era el producto de un malentendido o un problema de comunicación entre Moscú y Washington, sino que era inherente a la percepción que la URSS tenía del mundo exterior»

Según Kennan, los dogmas comunistas dieron una nueva intensidad a esta inseguridad histórica: “En este dogma (comunista), con su propósito básicamente altruista, encontraron la justificación para su miedo instintivo al mundo exterior, para la dictadura sin la cual no sabían gobernar, para las crueldades que no se atrevían a no cometer, para los sacrificios que se sentían obligados a exigir (…) Sin él, quedarían ante la historia, en el mejor de los casos, como los últimos de la larga sucesión de dirigentes rusos crueles y despilfarradores que han llevado incansablemente al país a niveles de poder militar cada vez mayores para garantizar la seguridad externa de sus regímenes internamente débiles…”.

Estados Unidos, afirmaba Kennan, tenía que prepararse para una larga lucha: los objetivos y la filosofía de EE UU y la Unión Soviética eran irreconciliables.

En un análisis ultrasecreto fechado el 24 de septiembre de 1946, un asesor de Truman, Clark Clifford, se adhirió a esa opinión: “El principal elemento de disuasión para evitar un ataque soviético contra EE UU, o un ataque contra zonas del mundo vitales para nuestra seguridad, será la fuerza militar de este país”. Para entonces, ésta ya se había convertido en una idea corriente. Pero Clifford la utilizó como trampolín para proclamar una misión norteamericana mundial de seguridad, que abarcara “todos los países democráticos a los que la URSS amenaza o pone en peligro de alguna forma”. No estaba claro lo que significaba “democrático”. ¿Limitaba ese adjetivo la defensa norteamericana a Europa occidental, o era un favor que se extendía a cualquier zona amenazada, con lo que EE UU tenía que de­fender simultáneamente las selvas del Sureste asiático, los desiertos de Oriente Próximo y la densamente poblada Europa central? Con el tiempo, la segunda interpretación acabaría predominando.

Clifford rechazaba cualquier similitud entre la política de contención que estaba surgiendo y la diplomacia tradicional. En su opinión, el conflicto soviético-norteamericano no estaba causado por intereses nacionales enfren­tados, que, por definición, podrían ser negociados, sino por los defectos morales de los líderes soviéticos. Por consiguiente, el objetivo de la política norteamericana no era tanto recuperar el equilibrio de fuerzas como transformar la sociedad soviética. Igual que, en 1917, Wilson había culpado al kaiser de la necesidad de declarar la guerra, y no a la amenaza que Alemania suponía para la seguridad estadounidense, Clifford achacó las tensiones soviético-norteamericanas a “una pequeña camarilla de gobernantes, y no al pueblo soviético”. Sería necesario un cambio de actitud significativo por parte de los soviéticos, y probablemente un nuevo grupo de dirigentes soviéticos, antes de que fuera posible un acuerdo global entre Washington y Moscú. En algún momento, esos nuevos líderes “elaborarían con EE UU un acuerdo justo y equitativo, cuando se den cuenta de que somos demasiado fuertes para ser vencidos y demasiado decididos para ser atemorizados”.

Ni Clifford ni ninguno de los estadistas norteamericanos posteriores que estuvieron implicados en la discusión de la guerra fría presentó en ningún momento condiciones concretas para poner fin a la confrontación o para iniciar un proceso que condujera a negociaciones para ello. Mientras la Unión Soviética mantuviera su ideología, se consideraban inútiles las negociaciones. Tras un cambio de actitud de los soviéticos, el acuerdo sería casi automático. En cualquiera de los dos casos, se consideraba que concretar de antemano los términos de ese acuerdo inhibiría la libertad de acción de EE UU: era el mismo argumento que se había empleado durante la Segunda Guerra mundial para evitar las discusiones sobre el mundo de la posguerra. Estados Unidos tenía ya el marco conceptual para justificar la resistencia política y militar al expansionismo soviético.

Truman amplía el concepto

Desde el final de la guerra, las presiones soviéticas se habían ajustado a los patrones históricos rusos. La Unión Soviética controlaba los Balcanes (excepto Yugoslavia) y en Grecia estaba teniendo lugar una guerra de guerrillas apoyada desde bases situadas en la Yugoslavia comunista y Bulgaria, un satélite soviético; estaba planteando exigencias territoriales a Turquía, junto con una petición de bases soviéticas en los estrechos: muy en la línea de lo que Stalin había pedido a Hitler el 25 de noviembre de 1940. Desde el final de la guerra, Gran Bretaña había venido apoyando económica y militarmente tanto a Grecia como a Turquía. En el invierno de 1946-1947, el Gobierno británico de Attlee informó a Washington de que ya no podía hacer frente a tal carga. Truman estaba dispuesto a asumir el papel histórico de Gran Bretaña de impedir un avance ruso hacia el Mediterráneo, pero ni la opinión pública norteamericana ni el Congreso podía apoyar la tradicional argumentación geopolítica británica. La resistencia al expansionismo sovié­tico debía surgir de unos principios estrictamente basados en la visión estadounidense de la política exterior.

Esta necesidad resultó evidente en una reunión decisiva celebrada el 27 de febrero de 1947 en el Despacho Oval. Truman, el secretario de Estado, Marshall, y el subsecretario de Estado, Dean Acheson, querían convencer a una delegación del Congreso encabezada por Arthur Vandenberg (senador repu­blicano por Michigan) de la importancia de la ayuda a Grecia y Turquía: una tarea formidable, porque los republicanos, tradicionalmente aislacionis­tas, controlaban ambas cámaras del Congreso. Marshall empezó con un análisis desapasionado que exponía la relación entre el programa de ayuda propuesto y los intereses estadounidenses. Provocó murmullos estereotipa­dos acerca de “sacarle las castañas del fuego a Gran Bretaña”, las iniquidades del equilibrio de fuerzas y las cargas que suponía la ayuda exterior. Acheson, que se dio cuenta de que la administración estaba a punto de perder la partida, preguntó a Marshall si se trataba de una guerra privada o si todos podían participar.

Tras serle concedida la palabra, Acheson, en palabras de un colabo­rador, “fue a por todas”. Presentó vigorosamente al grupo una visión de un futuro tenebroso en el que las fuerzas del comunismo tendrían grandes posibilidades de obtener la superioridad: “Sólo quedarán dos grandes potencias en el mundo (…) Estados Unidos y la Unión Soviética. Se llegará a una situación sin precedentes desde la Antigüedad. Desde Roma y Cartago no se habrá dado una polarización del poder tan grande en el mundo (…) Que EE UU tome medidas para reforzar a los países amenazados por la agresión soviética o la subversión comunista (…) supone proteger la seguri­dad de EE UU; proteger su propia libertad”.

Cuando resultó evidente que Acheson había convencido a la delegación del Congreso, la administración mantuvo su planteamiento básico. A partir de ese punto, el programa de ayuda a Grecia y Turquía fue presentado como parte de la lucha mundial entre la democracia y la dictadura. Cuando, el 12 de marzo de 1947, Truman anunció la doctrina que más tarde llevaría su nombre, abandonó el aspecto estratégico del análisis de Acheson y habló, en términos tradicionales wilsonianos, de una lucha entre dos formas de vida: “Una forma de vida está basada en la voluntad de la mayoría, y se distingue por instituciones libres, gobierno representativo, elecciones libres, libertad de palabra y de religión y ausencia de opresión política. La segunda forma de vida está basada en la voluntad de una minoría impuesta por la fuerza a la mayoría; en el recurso al terror y a la opresión, a una prensa y radio controladas, a unas elecciones amañadas y a la supresión de las libertades personales”.

Si los líderes soviéticos hubieran conocido mejor la historia norteame­ricana, se habrían dado cuenta de lo amenazadoras que resultaban las palabras del presidente. La doctrina Truman marcaba un cambio decisivo porque, una vez que EE UU hubiera arrojado el guante moral, el tipo de Realpolitik que Stalin dominaba estaría acabado para siempre, y resultaría fuera de toda cuestión regatear para obtener concesiones mutuas. A partir de ese momento, el conflicto sólo podría resolverse mediante un cambio en los objetivos soviéticos, la caída del sistema, o ambas cosas a la vez. Truman había proclamado su doctrina como “la política de EE UU para apoyar a los pueblos libres que se oponen a los intentos de sumisión por parte de minorías armadas o presiones externas”. Inevitablemente, las críticas al objetivo de defender la democracia llegaron de ambos extremos del espectro intelectual: algunos afirmaban que EE UU estaba defendiendo a países que, por muy importantes que fueran, eran indignos de ello; otros objetaban que Washington se estaba comprometiendo en la defensa de unas sociedades que, libres o no, no eran vitales para la seguridad estadouni­dense. Era una ambigüedad que se negaba a desaparecer y generó debates sobre los objetivos estadounidenses en casi cualquier crisis, debates que continúan en la actualidad. Desde entonces, la política exterior norteame­ricana siempre ha estado obligada a navegar entre los que la atacan por ser amoral y los que la critican por ir más allá de los intereses nacionales al llevar a cabo una cruzada moral.

«De los miles de artículos escritos desde el final de la Segunda Guerra mundial, ‘Las fuentes del comportamiento soviético’ forma una clase aparte: escrito con lucidez y razonado con pasión, Kennan elevó el desafío soviético al nivel de filosofía de la historia»

Una vez que el desafío había sido definido como el propio futuro de la democracia, EE UU no podía esperar a que se produjera realmente una guerra civil, como ocurrió en Grecia. El 5 de junio, casi tres meses después del anuncio de la doctrina Truman, el secretario de Estado, Marshall, en discurso pronunciado en una ceremonia de entrega de diplomas en la Universidad de Harvard, comprometió a EE UU en la tarea de erradicar las condiciones sociales y económicas que tentaban a la agresión. Su país contribuiría a la recuperación europea, anunció Marshall, para evitar los “disturbios políticos” y la “desesperación”, para recuperar la economía mundial y para fomentar las instituciones libres. Por ello, dijo, “estoy seguro de que (cualquier) Gobierno que esté dispuesto a ayudarnos en la tarea de recuperación recibirá la plena colaboración del Gobierno de EE UU”. En otras palabras, la participación en el Plan Marshall estaba abierta incluso a los gobiernos de la órbita soviética: una insinuación que Varsovia y Praga captaron con la misma rapidez con que Stalin la rechazó. Sólo un país tan idealista, tan pionero y tan relativamente inexperto como EE UU podría haber propuesto un plan de recuperación económica mundial basado exclusivamente en sus propios recursos. Sin embargo, la magnitud de la visión dio origen a un compromiso nacional que proporcionó fuerzas a la generación de la guerra fría hasta su victoria definitiva. El programa de recuperación económica, dijo Marshall, no estaría “dirigido contra ningún país o doctrina, sino contra el hambre, la pobreza, la desesperación y el caos”. Al igual que cuando se proclamó la Carta Atlántica, se vio que una cruzada mundial contra el hambre y la desesperación resultaba más persua­siva para los norteamericanos que recurrir al interés inmediato de EE UU o al equilibrio de fuerzas.

Después de todas esas iniciativas más o menos aleatorias, surgió un documento que, durante más de una generación, sirvió como biblia de la política de contención, e incluso le dio su nombre. Todas las diferentes tendencias del pensamiento norteamericano de posguerra se reunieron en un artículo extraordinario publicado en julio de 1947 en Foreign Affairs. Aunque estaba firmado anónimamente por “X”, posteriormente se identificó al autor como George F. Kennan, que por entonces era director del equipo de planificación del Departamento de Estado. De los miles de artículos escritos desde el final de la Segunda Guerra mundial, “Las fuentes del comportamiento soviético” forma una clase aparte. En esa adaptación literaria del “Largo Telegrama”, escrita con lucidez y razonada con pasión, Kennan elevó el desafío soviético al nivel de filosofía de la historia.

Cuando apareció el artículo de Kennan, la intransigencia soviética ya se había convertido en un tema habitual de los documentos políticos. La contribución específica de Kennan fue explicar que la hostilidad a las democracias era inherente a la estructura interna soviética y por qué esa estructura sería insensible a una política occidental conciliadora. La tensión con el mundo exterior era inherente a la propia naturaleza de la filosofía comunista y, sobre todo, a la forma en que el sistema soviético funcionaba en el interior. En la Unión Soviética, el Partido Comunista era el único grupo organizado, y el resto de la sociedad estaba fragmentado en una masa rudimentaria. La implacable hostilidad de la Unión Soviética hacia el mundo exterior era un intento de adaptar los asuntos internacionales a su ritmo interno. La principal preocupación de la política soviética era “asegurarse de que había llenado hasta el último rincón la cuenca del poder mundial”. La forma de derrotar la estrategia soviética era “una política de contención firme, diseñada para presentar a los rusos una contrafuerza inalterable en todos los puntos donde den signos de estar atacando los intereses de un mundo pacífico y estable”.

Como casi todos los documentos políticos de la época, el artículo “X” de Kennan renunciaba a la elaboración de un objetivo diplomático preciso. Lo que esbozó fue el antiguo sueño norteamericano de una paz lograda mediante la conversión del adversario, aunque en un lenguaje más elevado y mucho más agudo en su percepción que el de ningún contemporáneo suyo. Pero donde Kennan difería de los otros expertos era en la descripción del me­canismo por el que, más tarde o más temprano, por una u otra lucha de poder, el sistema soviético se vería transformado de forma radical. Puesto que ese sistema nunca había dirigido una transferencia de poder “legítima”, Kennan consideraba probable que, en algún momento, los diversos grupos que com­petían por la autoridad pudieran recurrir a esas masas política­mente in­maduras e inexpertas con objeto de buscar apoyo para sus respectivas demandas. Si eso llegara a ocurrir, podría tener extrañas consecuencias para el Partido Comunista: “Porque la mayoría de los miembros sólo han sido adiestrados en las prácticas de disciplina férrea y obediencia, y no en las artes del compromiso y la conciliación (…) En consecuencia, si llegara a ocurrir algo que perturbara la unidad y la eficacia del partido como instrumento político, la Rusia soviética podría pasar de la noche a la mañana de ser una de las sociedades nacionales más fuertes a ser una de las más débiles y lastimosas”.

Ningún otro documento pronosticó con tanta precisión lo que final­mente ocurrió tras la llegada de Mijail Gorbachov. Y, después del colapso de la Unión Soviética, puede parecer una crítica resaltar hasta qué punto era titánica la tarea que Kennan había encomendado a su pueblo. Porque Kennan había encargado a EE UU combatir las presiones soviéticas, durante un tiempo indefinido, a lo largo de una vasta periferia que englobaba las diferentes circunstancias de Asia, Oriente Próximo y Europa. Además, el Kremlin era libre de elegir su punto de ataque, previsiblemente sólo allí donde calculara que tendría la mayor ventaja. A lo largo de las crisis que siguieron, se consideró que el objetivo político estadounidense era el man­tenimiento del statu quo; el esfuerzo global sólo provocaría la caída final del comunismo después de una prolongada serie de conflictos aparentemente no decisivos. No cabe duda de que la expresión definitiva del optimismo nacional y la sensación absoluta de confianza en sí mismo de EE UU era el que un observador tan experto como George Kennan pudiera asignar a su sociedad un papel tan mundial, tan firme y, al mismo tiempo, con tanta capacidad de reacción.

Los ingredientes de la contención

Esta rígida, incluso heroica, doctrina de lucha perpetua obligaba al pueblo norteame­ricano a enfrentamientos interminables con unas reglas que dejaban la iniciativa al adversario y reducían el papel de EE UU a reforzar los países que ya estaban a su lado de la línea divisoria: una política clásica de esferas de intereses. Al renunciar a las negociaciones, la política de contención desperdició un tiempo precioso en la época de mayor fuerza relativa de EE UU: mientras aún tenía el monopolio nuclear. De hecho, dada la premisa de la contención —es decir, que aún quedaba por establecer las posiciones de fuerza— la guerra fría se militarizó al tiempo que se impregnó de una sensación inexacta de debilidad relativa de Occidente.

La redención de la Unión Soviética se convirtió en el objetivo final de la política; la estabilidad sólo podía surgir después de que el mal hubiera sido exorcizado. No era casual que el artículo de Kennan concluyera con una perorata que instruía a sus compatriotas impacientes y amantes de la paz sobre las virtudes de la paciencia, e interpretaba su papel internacional como prueba del mérito de su nación: “La cuestión de las relaciones soviético-norteamericanas es esencialmente una prueba del mérito global de EE UU como nación entre las naciones (…) El observador cuidadoso de las relaciones ruso-estadounidenses no hallará un motivo de queja en el desafío del Kremlin a la sociedad norteamericana. Por el contrario, experimentará una cierta gratitud hacia una providencia que, al propor­cionar a los norteamericanos este reto implacable, ha hecho que toda su seguridad como nación dependa de que se aúnen esfuerzos y acepten las responsabilidades del liderazgo moral y político que, evidentemente, la historia ha querido que asuman”.

Una de las características más acusadas de estos nobles sentimientos era su peculiar ambivalencia. Animaban a EE UU a una misión mundial, pero hacían la tarea tan compleja que EE UU estuvo a punto de dividirse al tratar de llevarla a cabo. La contención, aunque básicamente era pasiva con respecto a la diplomacia con la Unión Soviética, provocaba una creatividad tenaz a la hora de establecer “posiciones de fuerza” en los terrenos militar y económico. Eso era así porque en la contención se mezclaban lecciones derivadas de las dos experiencias norteamericanas más importantes de la generación anterior: del New Deal venía la creencia de que las amenazas a la estabilidad política surgen básicamente de las diferencias entre las expectativas económicas y sociales y la realidad: de ahí el Plan Marshall. De la Segunda Guerra mundial, EE UU aprendió que la mejor protección contra la agresión consiste en tener una fuerza abrumadora y la voluntad de utilizarla: de ahí la Alianza Atlántica. El Plan Marshall estaba diseñado para que Europa se recuperara económicamente. La OTAN se ocuparía de su seguridad.

A medida que la contención fue tomando forma, las críticas que despertó surgieron de tres escuelas de pensamiento diferentes. Las primeras procedían de los “realistas”, de los que Walter Lippmann era un represen­tante, quienes afirmaban que la política de contención llevaba a una excesiva extensión psicológica y geopolítica, a la vez que esquilmaba los recursos estadounidenses. El portavoz de la segunda escuela de pensa­miento era Winston Churchill, quien se oponía al aplazamiento de las negociaciones hasta después de haber logrado posiciones de fuerza. Por último, estaba Henry Wallace, que negaba a EE UU desde un principio el derecho moral de emprender la política de contención. Wallace, que postulaba una equivalencia moral fundamental entre ambas partes, afirmaba que la esfera soviética de influencia en Europa central era legítima y que la resistencia norteamericana contra ella sólo intensificaba la tensión. Wallace hacía un llamamiento al retorno a lo que él consideraba la política de Roosevelt: acabar la guerra fría a través de la conciliación norteamericana.

«La contención, según Lippmann, permitía a la Unión Soviética elegir los puntos de mayor incomodidad para EE UU a la vez que mantenía la iniciativa política e incluso la militar»

Walter Lippmann, el portavoz más elocuente de los realistas, rechazaba la afirmación de Kennan de que la sociedad soviética contenía las semillas de su propia decadencia. Consideraba la teoría demasiado especulativa para servir como cimiento de la política estadounidense. La contención, afirmaba Lippmann, llevaría a EE UU a las zonas del interior de la periferia ampliada del imperio soviético, que en su opinión incluía muchos países que, para empezar, ni siquiera eran Estados en el sentido moderno. Involucrarse militarmente tan lejos de casa no podía mejorar la seguridad estado­unidense y debilitaría la determinación norteamericana. La contención, según Lippmann, permitía a la Unión Soviética elegir los puntos de mayor incomodidad para EE UU a la vez que mantenía la iniciativa política e incluso la militar. Lippmann subrayaba la importancia de establecer cri­terios para definir los terrenos en que contrarrestar la expansión soviética fuera un interés norteamericano vital. Sin un criterio así, EE UU se vería obligado a organizar “una mezcla heterogénea de satélites, clientes, subordinados y marionetas” que permitiría a los nuevos aliados de EE UU explotar la contención para sus propios fines. Estados Unidos caería en la trampa de apoyar regímenes insostenibles, dejando a Washington la triste elección entre “el apaciguamiento o la derrota, con la consiguiente pérdida de imagen, o (…) el apoyo (a los aliados de EE UU), a un coste incalculable”.

Era, efectivamente, un análisis profético de lo que le esperaba a EE UU, aunque el remedio que proponía Lippmann no encajaba demasiado en la tradición universalista estadounidense, que estaba mucho más cercana a la expectativa de Kennan de un resultado apocalíptico. Lippmann pedía que la política exterior norteamericana estuviera guiada por un análisis caso por caso de los intereses norteamericanos, en lugar de por principios generales de los que se suponía que podían aplicarse universalmente. En su opinión, la política norteamericana debería tener como objetivo no tanto derribar el sistema comunista como restablecer el equilibrio de fuerzas en Europa, destruido por la guerra. La contención implicaba la división indefinida de Europa, mientras que el interés real de EE UU debería ser expulsar al poder soviético del centro del continente europeo: “Durante más de cien años, todos los gobiernos rusos han tratado de expandirse por Europa oriental. Pero sólo desde que el Ejército Rojo alcanzó el Elba han podido lograr los gobernantes de Rusia las ambiciones del imperio ruso y los objetivos ideológicos del comunismo. Por tanto, una verdadera política tendría como su máxima meta un acuerdo que llevara a la evacuación (rusa) de Europa (…) La fuerza estadounidense debe estar disponible, no para “contener” a los rusos en puntos aislados, sino para mantener en jaque a toda la maquinaria militar rusa y ejercer una presión cada vez mayor en apoyo a una política diplomática que tenga como objetivo concreto un acuerdo que signifique la retirada (rusa)”.

Por lo que se refiere a sus intelectuales, EE UU pudo aprovechar las ideas tanto de Lippmann como de Kennan mientras estuvieron en la cima de sus fuerzas. Kennan comprendió correctamente la debilidad subyacente del comunismo; Lippmann predijo con precisión las frustraciones de una polí­tica exterior esencialmente de reacción basada en la contención. Kennan pedía aguante para permitir que la historia mostrara sus tendencias inevitables; Lippmann pedía iniciativas diplomáticas para obtener un acuer­do en Europa mientras EE UU era todavía preponderante. Kennan tenía una mejor comprensión intuitiva del móvil esencial de la sociedad norteameri­cana; Lippmann se dio cuenta de la tensión que supondría soportar un punto muerto aparentemente interminable, y de las causas ambiguas que EE UU podría verse llevado a apoyar debido a la contención.

La alternativa más atractiva

Al final, el análisis de Lippmann encontró numerosos seguidores, aunque fundamen­talmente entre los oponentes a la confrontación con la Unión Soviética. Su aprobación se basaba sólo en un aspecto del argumento de Lippmann, y subrayaba su crítica a la vez que pasaba por alto sus recomen­daciones. Resaltaban el llamamiento de Lippmann a unos objetivos más limitados, pero no tenían en cuenta su recomendación de una diplomacia más agresiva. Así, ocurrió que en los años cuarenta la estrategia alternativa más atractiva a la doctrina de la contención vino nada menos que de Winston Churchill, entonces jefe de la oposición en el Parlamento británico.

Churchill apoyaba la contención, pero para él nunca fue un fin en sí misma. Se negaba a esperar pasivamente la caída del comunismo y quería influir en la historia en vez de esperar que ésta hiciera por él su trabajo. Lo que buscaba era un acuerdo negociado. Su discurso sobre el “telón de acero” en Fulton (Missouri) sólo había insinuado posibles negociaciones. El 9 de octubre de 1948, en Llandudno (Gales), Churchill repitió su argumento de que la posición negociadora de Occidente nunca sería mejor que en aquel momento. En un discurso al que se prestó muy poca atención, afirmó: “Nadie en su sano juicio puede creer que tenemos ante nosotros un período de tiempo ilimitado. Deberíamos llegar a un punto decisivo y obtener un acuerdo definitivo. No deberíamos ir tirando, esperando, de forma poco previsora e incompetente, a que ocurra algo, con lo que quiero decir esperando a que ocurra algo malo para nosotros. Es mucho más probable que las naciones occidentales puedan obtener un acuerdo duradero, sin derramamiento de sangre, si formulan sus justas peticiones mientras tienen la fuerza nuclear y antes de que los comunistas rusos también la tengan”.

Dos años después, Churchill realizó el mismo llamamiento en la Cámara de los Comunes: las democracias eran lo bastante fuertes para negociar y sólo se debilitarían si esperaban. Al defender el rearme de la OTAN el 30 de noviembre de 1950, advirtió que el rearme de Occidente no cambiaría por sí solo su posición negociadora, que en último término dependía del monopolio nuclear estadounidense: “Si bien es correcto aumentar nuestras fuerzas lo más rápidamente posible, ese proceso no conseguirá de ninguna forma, en el período que he mencionado, arrebatar a Rusia la superioridad efectiva en las que ahora son denominadas armas convencionales. Todo lo que hará será proporcionarnos una unidad cada vez mayor en Europa y aumentar los elementos disuasorios contra una agresión (…) Por ello, apoyo los esfuerzos para alcanzar un acuerdo con la Rusia soviética en cuanto se presente una oportunidad adecuada, y apoyo que esos esfuerzos se hagan mientras la superioridad inmensa e inconmensurable del poderío nuclear de EE UU compense el dominio soviético en todos los demás aspectos”.

«Churchill apoyaba la contención, pero para él nunca fue un fin en sí misma»

Para Churchill, ya había una posición de fuerza; para los líderes nor­teamericanos, aún había que crearla. Churchill consideraba las negocia­ciones como una forma de relacionar la fuerza con la diplomacia. Aunque nunca fue explícito, sus declaraciones públicas dan a entender que pre­tendía algún tipo de ultimátum diplomático por parte de las democracias occidentales. Los dirigentes estadounidenses rechazaban emplear su monopolio atómico, ni siquiera como amenaza. Churchill quería reducir la zona de influencia soviética, pero estaba dispuesto a coexistir con el poder soviético dentro de unos límites más reducidos. Los dirigentes norte­americanos tenían una aversión casi visceral a las esferas de influencia. Querían destruir, y no reducir, la esfera de su adversario. Preferían esperar la victoria total y la caída del comunismo, por muy lejos que estuvieran, para lograr una solución wilsoniana al problema del orden mundial.

Este desacuerdo obedecía en último término a una diferencia entre las experiencias históricas de Gran Bretaña y EE UU. La sociedad de Churchill estaba más que familiarizada con resultados imperfectos; Truman y sus asesores venían de una tradición en la que, una vez que se reconocía un problema, solía resolverse desplegando amplios recursos. De ahí que EE UU prefiriera una solución definitiva y desconfiara de esa clase de compromiso que se había convertido en una especialidad británica. La opinión de Washington se impuso porque EE UU era más fuerte que Gran Bretaña y porque Churchill, como jefe de la oposición británica, no estaba en situación de presionar para que se adoptara su estrategia.

Al final, el desafío más intenso y duradero a la política estadounidense no provino ni de la escuela realista de Lippmann ni de las ideas de equilibrio de fuerzas de Churchill, sino de una tradición con profundas raíces en el pensamiento radical norteamericano. Mientras que Lippmann y Churchill aceptaban la premisa de la administración Truman de que el expansionismo soviético representaba un grave reto, y sólo discutían la estrategia para resistirse al mismo, los críticos radicales rechazaban todos los aspectos de la contención. Henry Wallace, vicepresidente durante el tercer mandato de Roosevelt, ex secretario de Agricultura y secretario de Comercio con Truman, era su principal portavoz.

Como producto de la tradición populista norteamericana, Wallace sentía una profunda desconfianza yanqui hacia Gran Bretaña. Como la mayoría de los liberales norteamericanos desde Jefferson, insistía en que “los mismos principios morales que gobiernan la vida privada deben también gobernar los asuntos internacionales”. Para Wallace, EE UU había perdido el norte político y estaba practicando una política exterior basada en “los principios de Maquiavelo del engaño, la fuerza y la desconfianza”, como declaró públicamente el 12 de septiembre de 1946 en el Madison Square Garden. Puesto que los prejuicios, el odio y el miedo eran las causas últimas de los conflictos internacionales, EE UU no tenía derecho moral a intervenir en el extranjero hasta que hubiera desterrado esas lacras de su propia sociedad. El nuevo radicalismo reafirmaba la visión histórica de EE UU como un faro de libertad pero, al hacerlo, la volvía contra EE UU. Postular la equivalencia moral de las acciones norteamericanas y soviéticas se convirtió en una característica de la crítica radical a lo largo de la guerra fría. La idea misma de que EE UU tuviera responsabilidades internacionales era para Wallace un ejemplo de la arrogancia de la fuerza. Los británicos, afirmaba, estaban engañando a los crédulos estadounidenses para que hicieran lo que ellos querían: “La política británica consiste claramente en provocar desconfianza entre EE UU y Rusia y sentar así las bases de la Tercera Guerra mundial”.

«Nos guste o no, decía Wallace, los rusos tratarán de socializar su esfera de influencia igual que nosotros trataremos de democra­tizar nuestra esfera de influencia»

Para Wallace, la presentación que hacía Truman del conflicto como un enfrentamiento entre democracia y dictadura era pura ficción. En 1945, cuando cada vez era más evidente la represión soviética de posguerra, y la brutalidad de la colectivización estaba ampliamente reconocida, Wallace declaró que “en la actualidad, los rusos tienen más libertades políticas que las que han tenido nunca”. También descubrió “cada vez más signos de tolerancia religiosa” en la URSS y afirmó que existía “una ausencia básica de conflictos entre EE UU y la Unión Soviética”. Wallace creía que la política soviética estaba motivada no tanto por el expansionismo como por el miedo. En su discurso de agosto de 1946 en el Madi-son Square Garden, Wallace lanzó un reto directo a Truman que hizo que el presidente pidiera la dimisión de Wallace: “Puede que no nos guste lo que Rusia está haciendo en Europa del Este. Su tipo de reforma agraria, la expropiación industrial y la supresión de las libertades fundamentales escandaliza a la gran mayoría de los ciudadanos de EE UU. Pero, nos guste o no, los rusos tratarán de socializar su esfera de influencia igual que nosotros trataremos de democra­tizar nuestra esfera de influencia (…) Las ideas rusas de justicia económico-social dirigirán casi un tercio del mundo. Nuestras ideas de democracia de libre empresa dirigirán gran parte del resto. Ambas ideas tratarán de demostrar que pueden proporcionar la máxima satisfacción al hombre de la calle en sus respectivas zonas de dominio político”.

En una curiosa inversión de papeles, el autoproclamado defensor de la moralidad en la política exterior aceptaba una esfera soviética de influencia en Europa oriental por razones prácticas, mientras que la administración a la que atacaba por una política cínica de poder rechazaba la esfera soviética por motivos morales.

El desafío de Wallace se vino abajo después del golpe de Estado comunista en Checoslovaquia, el bloqueo de Berlín y la invasión de Corea del Sur. Como candidato presidencial en 1948, sólo obtuvo un millón de votos frente a los 24 millones de Truman, lo que le colocó en cuarto lugar. Sin embargo, Wallace logró plantear unas cuestiones que seguirían siendo habituales en la crítica radical en EE UU a lo largo de la guerra fría y pasarían a primer plano durante el conflicto de Vietnam. Estas cuestiones resaltaban los defectos morales de EE UU y de los amigos que apoyaba; la equivalencia moral básica entre EE UU y sus adversarios comunistas; la afirmación de que EE UU no tenía la obligación de defender ninguna parte del mundo contra unas amenazas en gran medida imaginarias; y la idea de que la opinión pública mundial era una guía mejor para la política exterior que los conceptos geopolíticos. Cuando se propuso por primera vez la ayuda a Grecia y Turquía, Wallace pidió a la administración del presidente Truman que planteara la cuestión ante las Naciones Unidas. Si “los rusos ejercen su derecho al veto, serán ellos los que tengan que cargar con la responsabilidad moral (…) Si actuamos independientemente (…) la responsabilidad moral será nuestra”. Obtener la victoria moral era más importante que proteger los intereses geopolíticos de EE UU.

Aunque la crítica radical de Wallace a la política exterior estadouni­dense de la posguerra fue derrotada en los años cuarenta, sus principios básicos reflejaban una profunda corriente de idealismo norteamericano que seguía atormentando el alma de la nación. Las mismas convicciones morales que habían dado tanta energía a los compromisos internacionales de EE UU también podían volverse hacia el interior por la desilusión con el mundo exterior o con las imperfecciones de EE UU. En los años veinte, el ais­la­cionismo había hecho que EE UU se retirara argumentado que era dema­siado bueno para el mundo; en el movimiento de Wallace y sus here­deros, el aislacionismo renacía en la afirmación de que EE UU debía retirarse porque no era lo suficientemente bueno para el mundo.

La complejidad de la contención

Uno de los resultados de la política de contención fue que EE UU se relegó a sí mismo a una diplomacia esencialmente pasiva durante su época de mayor fuerza. Por eso la contención empezó a ser atacada cada vez más por otro grupo, del que John Foster Dulles se convirtió en el portavoz más activo. Los miembros de ese grupo eran los conservadores que aceptaban las premisas de la contención pero ponían en duda la falta de urgencia con la que se estaba llevando a cabo. Incluso si la contención acababa minando la sociedad soviética, afirmaban estos críticos, tardaría demasiado tiempo y costaría demasiado. Cualquier cosa que pudiera lograr la contención podría ser acelerada por una estrategia de liberación. Al final de la presidencia de Truman, la política de contención estaba entre dos fuegos: los que la consideraban demasiado belicosa (los seguidores de Wallace) y los que pensaban que era demasiado pasiva (los republicanos conservadores).

Esta polémica se intensificó porque, como había pronosticado Lipp­mann, las crisis internacionales se fueron desplazando progresivamente hacia zonas periféricas del planeta, en las que las cuestiones morales eran confusas y las amenazas directas a la seguridad norteamericana resultaban difíciles de demostrar. Estados Unidos se vio involucrado en guerras en zonas no protegidas por alianzas y en defensa de causas ambiguas, con resultados no decisivos. Desde Corea hasta Vietnam, esas iniciativas mantuvieron viva la crítica radical, que seguía cuestionando la validez moral de la contención. Así apareció una nueva variante del excepcionalismo norteame­ricano. Con todas sus imperfecciones, los Estados Unidos del siglo XIX se habían considerado el faro de la libertad; en los años sesenta y setenta del siglo XX, se decía que la antorcha estaba apagándose y tendría que ser encendida de nuevo antes de que EE UU pudiera regresar a su papel histórico como inspirador de la causa de la libertad. El debate sobre la contención se convirtió en una lucha por el alma misma de EE UU. Ya en 1957, incluso George Kennan había reinterpretado la contención en ese sentido, al escribir: “A mis compatriotas que frecuentemente me han preguntado cuál es el mejor campo donde poner manos a la obra para contrarrestar la amenaza soviética, he tenido que responderles que es en nuestros defectos estadounidenses, en las cosas que nos avergüenzan o que nos preocupan, como el problema racial, la situación en nuestras grandes ciudades, la educación y el entorno de nuestros jóvenes, el abismo cada vez mayor entre el conocimiento especializado y la comprensión popular”.

Una década antes, antes de quedar desilusionado por lo que consideró la militarización de su invención, George Kennan habría reconocido que no existía esa posibilidad. Un país que se exige a sí mismo perfección moral como prueba de su política exterior no conseguirá ni perfección ni segu­ridad. Una medida del logro de Kennan la da el que, en 1957, los parapetos del mundo libre hubieran sido guarnecidos, y las ideas de Kennan contribu­ye­ron significativamente a ese esfuerzo. De hecho, los parapetos estaban guarnecidos de forma tan eficaz que EE UU se permitió el lujo de una buena dosis de autocrítica.

La contención era una teoría extraordinaria: práctica e idealista al mismo tiempo, profunda en su evaluación de las motivaciones soviéticas, pero curiosamente abstracta en sus recomendaciones. Plenamente norte­ame­ricana por su carácter utópico, suponía que la caída de un adversario totalitario podía lograrse de un modo esencialmente benigno. Aunque la doctrina fue formulada en la cima del poder absoluto de EE UU, predicaba la debilidad relativa de EE UU. La contención, que postulaba un gran encuentro diplomático en el momento de su culminación, no otorgaba ningún papel a la diplomacia hasta la escena del desenlace final en la que los señores de blanco aceptaban la conversión de los señores de negro.

Con todos estos matices, la contención fue una doctrina que acompañó a EE UU a lo largo de más de cuatro décadas de construcción, lucha y, finalmente, triunfo. La víctima de sus ambigüedades resultó no ser el conjunto de pueblos que EE UU se había propuesto defender, en general con éxito, sino la conciencia norteamericana. Estados Unidos, que se ator­mentaba en su tradicional búsqueda de la perfección moral, acabaría, después de más de una generación de lucha, desgarrado por sus esfuerzos y polémicas, pero habiendo logrado casi todo lo que se había propuesto hacer.


 



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