Vox Dei

Hoy hemos visto cosas maravillosas

2009-12-07

El Señor quiere dejar bien sentado que Él es el Único que puede perdonar los pecados, porque es...

«Es preciso que seas «hombre de Dios».

Evangelio, Lucas 5, 17-26 

«Estaba Jesús un día enseñando. Y estaban sentados algunos fariseos y doctores de la Ley; que habían venido de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén. Y la fuerza del Señor le impulsaba a curar. Cuando he aquí que unos hombres, que traían en una camilla a un paralítico, intentaban meterlo dentro y colocarlo delante de él. Y al no encontrar por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron al terrado, y por entre las tejas lo descolgaron con la camilla al medio delante de Jesús.

Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados. Entonces los escribas y los fariseos empezaron a pensar: ¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? Pero conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: ¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: tus pecados te son perdonados, o decir: levántate, y anda?

Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados, dijo al paralítico, yo te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y al instante se levantó en presencia de ellos, tomó la camilla en que yacía, y se fue a su casa glorificando a Dios. El asombro se apoderó de todos y glorificaban a Dios. Y llenos de temor decían: Hoy hemos visto cosas maravillosas».


Reflexión

Pablo Cardona

I. Jesús, perdonas al paralítico por la fe de sus amigos: «Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados.» ¡Qué gran lección! Muchas veces tengo la tentación de decir: yo ya lo hago bien; los demás que hagan lo que quieran. Pero no es así como se comportaron los amigos del paralítico. El paralítico no abre la boca hasta que lo curas. No parecía muy convencido. No debió ser fácil para sus amigos conseguir que viniera. Y, una vez allí, era imposible meterlo dentro, donde estabas Tú; pero tampoco se rinden ante este obstáculo. Si hay que romper el techo, se rompe.

Jesús, no es difícil hacer la comparación con algunos amigos míos que no se mueven nada, sobrenaturalmente hablando, como si estuvieran paralíticos de espíritu. ¿Qué puedo hacer? Hay muchos obstáculos que dificultan el ponértelos delante de Ti para que les puedas perdonar y curar. Hay que romper muchos techos, esquemas, excusas. El secreto está en ser, primero yo, mejor cristiano. «Ni siquiera sería necesario exponer la doctrina si nuestra vida fuese tan radiante, ni sería necesario recurrir a las palabras si nuestras obras dieran tal testimonio. Ya no habría ningún pagano, si nos comportáramos corno verdaderos cristianos» (San Juan Crisóstomo).

II. «Es preciso que seas «hombre de Dios», hombre de vida interior hombre de oración y de sacrificio. -Tu apostolado debe ser una superabundancia de tu vida «para adentro».

Jesús, hacer apostolado no es convencer. Tú haces el milagro al ver la fe de los amigos que traían al enfermo. Igualmente moverás a mis amigos a llevar una vida más cristiana, a confesarse, si ves mi fe, mi oración y mortificación por aquel amigo y por aquel otro. «Y la fuerza del Señor le impulsaba a curar»

Jesús, estás deseoso de curar a mucha gente. Pero sólo curaste a aquél que tenía unos amigos con mucha fe, con mucha vida interior. Ayúdame a ser serio en mi vida interior, en mi oración y mortificación, en mi estudio o trabajo, pues de mi santidad depende también la santidad de otros. «Hoy hemos visto cosas maravillosas.»

Jesús, ¡cuántas cosas maravillosas dependen de que yo sea un hombre de Dios! Dame fortaleza, dame fe; no me dejes que me conforme con ser simplemente bueno. He de ser santo, con una santidad «apostólica». De esta manera no me detendré ante las dificultades que encuentre en mi camino de apóstol, y te pondré a mucha gente frente a Ti, aunque haya que romper techos, aunque haya que cambiar el mundo.

Meditación

I. El Mesías está muy cerca de nosotros, y en estos días de Adviento nos preparamos para recibirle de una manera nueva cuando llegue la Navidad. Todos los días nos encontramos amigos, colegas y parientes, desorientados en lo más esencial de su existencia. Se sienten incapacitados para ir hasta el Señor, y andan como paralíticos por la vida porque han perdido la esperanza.

Nosotros hemos de guiarlos hasta la cueva de Belén; allí encontrarán el sentido de sus vidas. En muchos casos, acercar a nuestros amigos a Cristo es llevarles a que reciban el sacramento de la Penitencia, uno de los mayores bienes que Cristo ha dejado a su Iglesia. Pocas ayudas tan grandes, quizá ninguna, podemos prestarles como la de facilitarles que se acerquen a la Confesión. ¡Que alegría cada vez que acercamos a un amigo al sacramento de la misericordia divina! Esta misma alegría es compartida en el Cielo (Lucas 15, 7)

II. En el Evangelio de la Misa nos dicen que Jesús llegó a Cafarnaún e inmediatamente cuatro amigos le llevan a un paralítico; pero no pudieron llegar hasta Jesús por causa del gentío (Marcos 2, 1-13). Entonces levantaron la techumbre por el sitio donde se encontraba el Señor, descolgaron la camilla, y la dejaron en medio, delante de Jesús (Lucas 5, 19).

El apostolado, y de modo singular el de la Confesión, es algo parecido: poner a las personas delante de Jesús; a pesar de las dificultades que esto pueda llevar consigo. Dejaron al amigo delante de Jesús. Después el Señor hizo el resto; Él es quien hace realmente lo importante. Lo principal era el encuentro entre Jesús y el amigo. ¡Qué gran lección para el apostolado!

III. La mirada purísima de Jesús le penetraba hasta el fondo de su alma con honda misericordia: Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados. Experimentó una gran alegría. Ya poco le importaba su parálisis. Su alma estaba limpia y había encontrado a Jesús.

El Señor quiere dejar bien sentado que Él es el Único que puede perdonar los pecados, porque es Dios. Y lo demuestra con la curación completa de este hombre. Este poder lo transmite a su Iglesia en la persona de los Apóstoles. Los sacerdotes ejercitan el poder del perdón de los pecados no en virtud propia, sino en nombre de Cristo, como instrumentos en manos del Señor. Él espera a nuestros amigos.



JMRS