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Reflexiones sobre el ateísmo

2017-08-30

Hace unos años hubo una campaña promovida por el ala del ateísmo militante,...

Padre Raniero Cantalamessa


Hace unos años hubo una campaña promovida por el ala del ateísmo militante, cuyo eslogan publicitario, publicado en el transporte público de Londres, decía: "Probablemente Dios no existe. Así que deja de atormentarte y disfruta de la vida": “There’s probably no God. Now stop worrying and enjoy your life”.

El elemento más insidioso de este slogan no es la premisa "Dios no existe" (que debe ser probado), sino la conclusión: "¡Disfruta de la vida!". El mensaje subyacente es que la fe en Dios impide disfrutar de la vida, es enemiga de la alegría. ¡Sin este habría más felicidad en el mundo! Tenemos que dar una respuesta a esta insinuación que mantiene alejados de la fe sobre todo a los jóvenes.

"Un no sé qué de amargo --escribió el poeta pagano Lucrecio--, surge del íntimo mismo de cada placer y nos angustia en medio de las delicias". El uso de drogas, el abuso del sexo, la violencia homicida, proporcionan la embriaguez del placer, pero conducen a la disolución moral, y a menudo también física, de la persona. El remordimiento, la aflicción, la cruda moral, vienen después del placer cuando este surge de lo inmoral.

Hoy se ha difundido un nuevo tipo de ateísmo «práctico», que no niega tanto las verdades de la fe, sino que simplemente las considera «irrelevantes» para la vida de todos los días, según explica Benedicto XVI. La historia se ha caracterizado también por la presencia de sistemas ateos, en los que se consideraba a Dios como una mera proyección del espíritu humano, una ilusión, y el producto de una sociedad distorsionada por tantas alienaciones». Y, a final de cuentas, «El siglo pasado ha sido testigo de un fuerte proceso de secularismo, en nombre de la autonomía absoluta del hombre, considerado como medida artífice de la realidad».  Por esto a menudo, insistió, “se cree en Dios de una manera superficial y se vive "como si Dios no existiera”, lo que es una forma de vida “aún más destructiva, porque conduce a la indiferencia hacia la fe y hacia la cuestión de Dios”.

Se trata de un proceso que ha empobrecido al hombre, según Benedicto XVI, porque al oscurecer «la referencia a Dios, también se oscureció el horizonte ético, para dejar espacio al relativismo». Por lo que un hombre, «separado de Dios, se reduce a una sola dimensión», con un «reduccionismo» que, según el Papa, ha sido una de las causas «fundamentales de los totalitarismos, que han tenido consecuencias trágicas en el siglo pasado, así como de la crisis de valores que vemos en realidad actual». Porque cuando se oscurece la referencia a Dios, dijo, “también se ha oscurecido el horizonte ético, para dejar espacio al relativismo y a una concepción ambigua de la libertad, que en lugar de liberadora, termina por atar al hombre a los ídolos”.

Hoy en día muchos tienen una comprensión limitada de la fe cristiana, porque la identifican con un mero sistema de creencias y de valores, y no tanto con la verdad de un Dios revelado en la historia, deseoso de comunicarse con el hombre cara a cara, en una relación de amor con él.

 De hecho, el fundamento de toda doctrina o valor es el acontecimiento del encuentro entre el hombre y Dios en Cristo Jesús. El cristianismo, antes que una moral o una ética, es el acontecimiento del amor, es el aceptar a la persona de Jesús. Por esta razón, el cristiano y las comunidades cristianas, ante todo deben mirar y hacer mirar a Cristo, el verdadero camino que conduce a Dios. 

San Agustín tiene una famosa frase que dice que “Dios está más cerca de mí que yo a mí mismo”. A partir de aquí se formula la invitación: "No vayas fuera de ti, entra en ti mismo: en el hombre interior habita la verdad". Este es otro aspecto que corremos el riesgo de perder en el mundo ruidoso y disperso en el que vivimos: la capacidad de pararnos y mirar en lo profundo de nosotros mismos, y de leer esta sed de infinito que llevamos dentro, que nos impulsa a ir más allá y nos refiere a Alguien que la pueda llenar.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma así: 

"Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios".

Consideró, el beato John Henry Newman, uno de los máximos exponentes del cristianismo, que “la mirada sobre el mundo sin escuchar la voz que habla en la conciencia produce en el hombre dos resultados extremos: el ateísmo o el panteísmo. El mundo parece más bien testimonio de la ausencia de Dios. El mundo no da una respuesta-Dios, sino que es a menudo el lugar del silencio de Dios, del eclipse de Dios”.

Del mismo modo que los cielos narran la gloria de Dios y el firmamento suscita estupor casi religioso, los desastres naturales suscitan tantas dudas y perplejidad sobre la existencia de Dios, sobre su potencia y autoridad en el mundo. Newman se encontraría en pleno acuerdo con M. Buckley que afirma: “Solo la conciencia humana humana puede dar respuestas a las preguntas que presenta la naturaleza y no la naturaleza misma”.

“Siento a aquel Dios dentro de mi corazón. Me siento en su presencia. Él me dice: haz esto, no hagas aquello. Podéis decirme que esta prescripción es solo una ley de mi naturaleza, como lo son el alegrarse o el entristecerse. No logro entenderlo. No, es el eco de una persona que me habla. Nada me convencerá que al final no provenga de una persona externa a mí. Ella lleva consigo la prueba de su origen divino. Mi naturaleza experimenta hacia eso un sentimiento como hacia una persona. Cuando le obedezco me siento satisfecho, cuando desobedezco me siento afligido, como lo que siento cuando vuelvo contento u ofendo a un amigo venerado, el eco implica una voz, la voz remite a una persona que habla. A esa persona que habla, yo la amo y la temo”. Este pasaje muy denso de Newman resume la presencia de Dios dentro de nuestra conciencia.

Si Dios pudiera ser llevado a un examen de laboratorio, caería en la contradicción, pues lo divino va más allá del tiempo y del espacio, no se le puede poner bajo el microscopio, ya que se trata de un ser infinito, increado. Por lo tanto, es imposible medir o calcular a Dios. Ahora bien, lo que si se puede es descubrir su huella en la naturaleza, en el origen del cosmos. La teoría del Big Bang, no nos explica qué se dio antes de la gran explosión, sin embargo, es congruente con el argumento de que Dios puso las condiciones necesarias para que pudiera darse. Sembró la semilla que, más tarde, dio lugar al árbol. Las matemáticas, por ejemplo, poseen varios elementos numéricos relacionados con el infinito, es decir, con una característica o atributo de Dios. De ahí que sea invisible a nuestros ojos, pero visible a partir de sus efectos. Esta es una reflexión que propone otro autor que debate sobre el ateísmo engañoso, Carlos J. Díaz Rodríguez. Agrega además que “todos somos débiles en algún aspecto, independientemente de la ideología que se tenga. Por lo tanto, el ateísmo no puede considerarse un sinónimo de fortaleza, pues esto supondría una posición equivocada, alejada de la verdad de las cosas. Dios no es un invento del cerebro, un mecanismo de defensa, pues su efecto es visible en el mundo exterior”. Por lo tanto, la existencia de Dios no puede descalificarse por la supuesta fortaleza de los ateos, en contraposición con la debilidad de los creyentes, pues queda claro que la fragilidad, física o psicológica, aplica en términos generales, ya que no hay ningún ser humano que pueda decirse inmune al respecto. Si Dios fuera un autoengaño, ¿por qué la oración produce cambios en la realidad exterior? El que, por ejemplo, en algunos casos muy complicados, todo se coordine para estar en condiciones de resolver un problema que parecía hasta hace poco imposible, no puede ser consecuencia del azar.

Ni el bienestar, ni la fama, ni el amor meramente humano, ni nada ni nadie, pueden llenar el vacío que se produce en el corazón cuando falta Dios.

El hombre que se contenta con Dios, dice también: ¡No necesito nada! Con Dios tengo bastante...

Serán inmortales los versitos de Teresa de Jesús: Quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta.



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