Muy Oportuno

Qué hacer ante las crisis de la vida

2019-10-23

Lo cierto es que, en todas las crisis de la persona, se ha de aplicar el “renovarse o...

Orfa Astorga

En nuestro consultorio he escuchado muchas veces a personas usar la palabra crisis, cuando quieren referirse a los cambios traumáticos en su vida. A veces hablan con incertidumbre, otras, con angustia o con resignación pasiva.^

Lo cierto es que, en todas las crisis de la persona, se ha de aplicar el “renovarse o morir”, tanto psicológica como espiritualmente.

Es así, porque la vida suele quitar poco a poco, o de golpe, las cosas que nos dio, para luego exigir cambios que deben fincarse desde nuestro interior, como renuevos de un árbol podado a veces dolorosamente.

Pasa inevitablemente, que en la vida de todas las personas aparecen muchas asignaturas como enfermedades, quiebras económicas, jubilaciones, pérdidas de seres queridos, disfunciones en la relación de pareja, partidas de los hijos, la ancianidad… y más.

Situaciones que presentan siempre un llamado a ser crisis de crecimiento y maduración, que, al no obtener la respuesta correcta, se convierten entonces en crisis de muerte.

Alguna vez, alguien que al enterarse de que padecía una difícil enfermedad y sintiéndose muy abatido, me dijo con fatalismo: “Me alcanzó el destino, y se me va a aplicar la verdad científica de que todo nace, crece, se reproduce y muere”. “¡No! -le contesté- Esa es una verdad que aplica solo en lo biológico, más no en el plano personal”.

Y el enfermo no solo no murió, sino que superó la enfermedad cambiando muchos de sus malos hábitos y actitudes ante la vida, dando un salto de calidad hacia la madurez.

En su caso, su crisis no terminó dominando el escenario de su vida e imponiendo el pesimismo, ya que al margen del curso que pudiera haber tomado su enfermedad, hizo lo que radicalmente estaba en sus manos, que consistió en cambiar interiormente para transformarse en otra persona, por lo que se le pudo aplicar el nació, creció, cambió y volvió a vivir.

También conocí, a un enfermo en fase terminal que se resistía naturalmente a esta crisis y supo cambiar y aceptar su destino con serena esperanza, llenando de sentido sus últimos días, con la certeza de traspasar el umbral de la muerte en un viaje hacia la Casa del Padre.

Ambos son ejemplos, de que quienes se deciden a tomar el control de sus propias vidas, no son dirigidos ni alienados por las condiciones de las crisis, sino que nacen, crecen y son capaces de cambiar antes de morir psicológica o espiritualmente, para luego volver a nacer, crecer y nuevamente cambiar, hasta el final de la vida terrena, en un cambio final hacia la vida eterna, en otra secuencia de vida… en la vida personal.

Por otro parte, tengo la lamentable experiencia de personas que no han querido hacer la tarea que les correspondía. Personas que, ante una crisis, no tuvieron la voluntad de cambiar radicalmente en busca de una nueva vida, quedando presas de una dinámica maldita, por la que, en vez de transformarse en otra persona, solo volvieron a reproducirse en sí mismos.

Morir así es un morir estéril, en soledad real, y al final asqueado “de lo poco que ve de bueno en esta vida”. Un final, de quien, curvado dramáticamente sobre sí mismo y con ceguera para todo, juzga con amargura, el mundo, la vida y los demás.

También y lamentablemente, he asistido como testigo a la muerte del amor en algunos matrimonios, quienes en su crisis, no supieron cambiar para seguir viviendo en su amor. Un cambio que esencialmente consistía en volver a mirarse desde sus corazones, con una mirada capaz de adentrarse en sus intimidades, para reconocerse incondicionalmente valiosos y volver a elegirse una y mil veces.

La dinámica propia del amor, lo exigía como respuesta a sus crisis, cualquiera que hubiese sido su problema.

Por ello, las crisis en sí son avisos para ponernos en guardia, en movimiento y cambiar. No hacerlo, es cerrarnos, enquistarnos en nosotros mismos, para autorreproducirnos de la peor manera, y entonces el siguiente paso es la verdadera declinación.

Las crisis generan vida, porque nos animan a desarrollar cambios radicales para volver al punto en el que es posible volver a nacer y recuperar la juventud de espíritu, empezando otra vez el proceso de vivir los comienzos en tantos aspectos de nuestra vida como sea posible, que siempre estarán llenos de fuerza y novedad.

Es importante hacerlo con la humildad de reconocer, ante todo, los dones más valiosos de la vida.

Una visión realista y constructiva de las crisis no tiene por qué ser idealista, sino que a partir de la admisión de los hechos reales, puede ser posible y puede probarse que el ser humano tiene recursos inagotables para rehacer su vida. 



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