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La fragmentación del mundo tecnológico

2020-01-17

La falta de confianza y la brecha geopolítica fomentan un ‘decoupling’...

CHRISTOPH STECK | Política Exterior

La falta de confianza y la brecha geopolítica fomentan un ‘decoupling’ tecnológico que pone en riesgo la globalidad del ecosistema de internet como lo conocemos ahora.

En 2019 se cumplieron 30 años de la World Wide Web y 45 años del protocolo IP. Ambos fueron fundamentales para crear internet, un espacio global e interconectado que ha abierto la información a miles de millones de personas y ha revolucionado nuestros sistemas económicos y sociales. Si “el mundo es plano” como dijo Thomas Friedman en 2005 para describir la globalización de las economías, lo es, sobre todo, gracias a internet. Muchos estudios han demostrado que aquellas regiones que intercambian gran cantidad de datos, desarrollan también más comercio.

Hoy el mundo digital de los flujos de datos vive en simbiosis con el mundo analógico del comercio. En un futuro no muy lejano, el comercio va a ser cada vez más digital, cuando por ejemplo impresoras 3D produzcan piezas en cualquier país basadas en diseños hechos al otro lado del mundo gracias a la transferencia de datos a través de internet. Cada vez más nuestra actividad económica va a estar basada en esta infraestructura compartida de internet que se ha convertido en la piedra angular de la economía globalizada actual.

Ahora bien, ya desde los años noventa este espacio global comenzó a fragmentarse en su “capa social”. El ejemplo más famoso es el Proyecto Escudo Dorado de China, más conocido como Great Firewall que se ideó en 1998 (año de nacimiento de ­Google) y empezó a ser operativo en 2003. El objetivo era regular y limitar el uso de internet, basado en la vigilancia y censura de actividades y aplicaciones, creando un gran cortafuegos para internet en China. Otros países, la mayoría con sistemas autoritarios, han seguido su ejemplo, revisando la promesa de internet como un acelerador de sistemas democráticos y sociedades abiertas que empodera a las personas para transformarlo en un sistema que ofrece mecanismos de control social y vigilancia nunca vistos en la historia de la humanidad. Es un hecho que hoy lo que se puede hacer en la Red varía sustancialmente según los países. Como era previsible, los Estados y el sistema westphaliano se han impuesto sobre John Perry Barlow, quien en su Declaración de Independencia del Ciberespacio, de 1996 en Davos, aseveró: “No tenéis soberanía donde nos reunimos”.

En contraste, la capa de tecnología y lógica de internet –la infraestructura, el hardware, el software y los protocolos– son los mismos en todo el mundo. Tanto en China como en Europa o Estados Unidos se usan móviles fabricados con microprocesadores diseñados en Europa y producidos en Taiwán, con discos duros de Corea del Sur y sistemas operativos desarrollados en EU. Todos ellos usan redes de telecomunicaciones desarrolladas y fabricadas en Europa y China. Las aplicaciones y marcas pueden variar, pero la base tecnológica, los estándares y, en definitiva, la tecnología, sigue estando globalizada.

Esto no siempre ha sido así. Por ejemplo, en la historia del mundo móvil anterior al estándar 4G, que es global, existían gran variedad de estándares. En la primera generación móvil (analógica) se desarrolló una tecnología específica país a país. En Europa coexistían el sistema NMT, adoptado en Noruega, Holanda y Rusia; el TACS en Reino Unido, el TMA en España, Radiocom 2000 en Francia o el RMTI en Italia. Ninguno de ellos se adoptó en EU, que desarrolló el AMPS, ni en Japón, con el JTACS. En la segunda generación móvil (2G) la tecnología se concentró en pocos estándares, destacando el europeo GSM que convivió con el CDMA y el TDMA como los más relevantes. Ya en la tercera generación (3G) se desarrolló un estándar mundial único fruto de la colaboración en la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT): el UMTS. Aunque no fue adoptado a escala mundial, sirvió como puente para el 4G; la primera vez que se desarrolló un estándar móvil mundial, tras más de 25 años de desarrollo tecnológico. Y hasta hace poco, la tendencia era la misma para el 5G.

Sin embargo, esta aspiración de globalización de la infraestructura tecnológica se está revirtiendo. Se puede decir que estamos frente a un proceso en el que los gobiernos y las políticas están revisando el mundo globalizado de la tecnología y fragmentando internet no solo en su capa social sino también en su base tecnológica. En noviembre de 2019 se celebró en Berlín la decimocuarta edición del Internet Governance Forum (IGF), la mayor conferencia de gobernanza de internet, en el que el decoupling tecnológico, o desacoplamiento fue el asunto político más relevante. En su discurso de apertura, la canciller alemana, Angela Merkel, reconocida como gran defensora del comercio internacional y los mercados abiertos, hizo una declaración a favor de una autonomía europea en el mundo digital: “La soberanía digital no significa proteccionismo o que las autoridades estatales digan qué información puede ser difundida, censura en otras palabras; más bien, describe la capacidad tanto de los individuos como de la sociedad para dar forma a la transformación digital con autonomía e independencia; es decir, con autodeterminación”. A continuación, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, identificó acertadamente lo que denominó “brecha geopolítica” como el riesgo más relevante que está fragmentando internet.

¿Qué significa esto? En el fondo, la rivalidad entre los grandes poderes mundiales de hoy, principalmente EU y China, ha destruido las relaciones de confianza. Esta es la base de una economía globalizada con división de producción, como sostenía Adam Smith en La riqueza de las naciones. La consecuencia es que muchos gobiernos están haciendo grandes esfuerzos para construir un sistema autárquico tecnológico y digital que les permita protegerse de potenciales amenazas, lo que fomenta el riesgo de crear un decoupling tecnológico creando compartimentos digitales estancos.

El desencadenante de este cambio político radical ha sido la guerra comercial entre EU y China. Como parte de esta confrontación, y alegando riesgos de seguridad nacional, el gobierno de EU ha prohibido la exportación de tecnología estadounidense a la empresa china Huawei, uno de los fabricantes más relevantes de redes de comunicación y móviles del mundo. Esta ley impide, por ejemplo, el uso del sistema operativo Android y múltiples aplicaciones (todos desarrollados por Alphabet/Google) en los terminales móviles de Huawei o el uso de microprocesadores de compañías americanas como Intel o Qualcomm. Por poner en contexto la dimensión de la potencial fragmentación, el 14% de los smartphones vendidos en el mundo en 2018 fueron fabricados por Huawei, cantidad que superaría el 40% si se incluyeran los terminales de fabricantes chinos.

La reacción de Huawei era previsible: está desarrollando un sistema operativo móvil propio, con el objetivo de ser independiente de Android o cualquier otro software procedente de EU. Este nuevo sistema operativo requiere un ecosistema de aplicaciones propias y distintas de las que usan móviles con el sistema Android. La compañía también está desarrollando y fabricando sus propios microchips. El resultado es un ecosistema tecnológico nuevo independiente y separado del actual. No va a compartir hardware como componentes electrónicos o microchips, ni sistema operativo, ni aplicaciones con los móviles usados en EU.

Un mundo de islas tecnológicas

El resultado es que el mundo globalizado que se describe al comienzo de este artículo, con redes y móviles basados en tecnología americana, europea, china y surcoreana ha dejado de existir. Parece que vamos hacia un mundo tecnológico bifurcado: chino o americano.

La administración china apoya este desarrollo y en 2020 pondrá en marcha la estrategia “3-5-2”, que obliga a toda su administración a reemplazar hasta 2022 la tecnología extranjera por tecnología nacional, incluyendo los sistemas operativos de ordenadores y sus aplicaciones.

Esta fragmentación tecnológica está fundamentada en la adopción de tecnologías propias y nacionales como en los primeros días de la tecnología móvil. Sus efectos, de mucha mayor trascendencia y calado que cualquier otra fragmentación, nos abocan a la creación de islas tecnológicas independientes y autosuficientes. Y nada garantiza que estas islas sean interoperables o puedan interconectarse.

Rusia aprobó en 2019 un conjunto de leyes para garantizar el funcionamiento estable de un internet ruso (Runet) en el caso de que este sea desconectado de la infraestructura global. Las leyes incluyen la creación de un sistema propio de Domain Name Server (DNS) que permitiría gestionar y dirigir todo el tráfico de internet de Rusia dentro de sus fronteras, sin contar con el sistema global jerárquico de DNS que soporta el funcionamiento del internet global. Con una agenda de dominios de internet propios, el gobierno ruso podría garantizar el funcionamiento de internet dentro del país sin recurrir a ningún recurso exterior, tanto por un ciberataque que impidiese a Rusia acceder a estos recursos globales como por decisión propia de aislar al país del exterior. El resultado sería un internet ruso completamente desconectado del resto. El gobierno de Irán está tomando medidas similares para impedir el acceso de sus ciudadanos a la Red global.

¿Nos dirigimos hacia un mundo con muchos internet paralelos, conectados o no entre sí, con fronteras que podrán ser abiertas o cerradas a criterio de los Estados soberanos? ¿Un mundo de dos ecosistemas tecnológicos gigantes, cada uno con su propio internet y red de comunicación nacional o regional, controlado por los gobiernos? Esperemos que no.

Lo cierto es que caminamos hacia un panorama político desglobalizador que pone el foco en la soberanía nacional, o regional en el caso de la Unión Europea, y que conlleva el gran riesgo de destruir la confianza en la cadena de suministro tecnológico y un sistema de internet global.

Fragmentación y ciberataques

En esta línea, y volviendo a las reflexiones del secretario general de la ONU en Berlín, una vez que internet y la tecnología esté fragmentada, existe una probabilidad todavía mayor de que el detonante del próximo enfrentamiento internacional sea un ataque cibernético masivo. Porque cuando los Estados tienen un “sistema digital inmune” y una posibilidad de desconectarse del internet global, el incentivo para acometer un ciberataque a gran escala crece de forma sustancial. En otras palabras: un ecosistema tecnológico y un internet fragmentados aumentan el riesgo de una ciberguerra. Y redes de internet separadas también aumentan la concentración de poder y la capacidad de controlar estas redes, limitando la libertad de los usuarios.

Esta situación puede evitarse, aunque es dudoso que la política internacional sea capaz de lograrlo. La solución pasa por construir un sistema basado en la confianza. Serán necesarios el diálogo, la cooperación y la coordinación para establecer un conjunto de normas que permitan reducir estos riesgos. Al igual que para las armas ABC (atomic, biological and chemical weapons), hace falta una nueva prohibición de armas D (digital) para dificultar un ataque cibernético. Faltan instituciones independientes que investiguen y hagan un análisis forense digital en casos de ciberataques. La iniciativa para crear un CyberPeace Institute (Instituto para la Paz Cibernética) en Ginebra es un buen paso en esta dirección. Las políticas de seguridad nacional deberían estar limitadas a sectores y usos relevantes. Los usuarios de internet, las ONG, las asociaciones de la industria y del sector privado, los organismos de la ONU como la UIT han de unir fuerzas y abogar por la protección de un internet interconectado y global.

Europa y EU deberían trabajar juntos para desarrollar una visión común y abierta a otros países, basada en el respeto de los derechos humanos y la gobernanza multistakeholder (de múltiples partes interesadas). Muchos países de América Latina, así como India, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Japón y otros africanos y asiáticos podrían adherirse a esta alianza para preservar internet como se conoce hoy. Un internet democrático, abierto, seguro e interconectado sigue siendo más atractivo para todos los actores, públicos y privados, y atraería a usuarios y empresas de todo el mundo, incluidos también los Estados autoritarios.

La premisa es clara: la participación de múltiples actores y la cooperación pueden ayudar a garantizar la libertad y universalidad de internet. Es una tarea de todos definir qué valores, principios y normas queremos que rijan el mundo digital que estamos construyendo y que heredarán las generaciones venideras.

El internet global no es invulnerable ni indestructible. Nunca desde sus inicios, hace 45 años, internet ha estado más en peligro que hoy. Su éxito como red global, abierta y accesible, como bien común, dependerá de nuestra capacidad y disposición para trabajar juntos y defenderlo cada día.
 



regina