Comodí­n al Centro

El patrón del mal

2013-10-06

La compañía de alquiler de películas Netflix advirtió esa tendencia en telespectadores como yo y...

ELVIRA LINDO, El País

De entrada, voy a enumerar las características propias de lo que viene siendo, en nuestros días, una infeliz o una inocente en lo que a ficción televisiva se refiere:

1. Soy adicta a las series televisivas, pero esa afición, que a veces ha tornado en enfermiza, no me ha llevado a sentir nunca una necesidad imperiosa de verlas antes de que se emitan en mi país. Es decir, que mis ansias de ficción no deben ser tan extraordinarias como las de todos aquellos que, incapaces de controlar su deseo de estar al día, se las bajan y las entienden, si son en inglés, gracias a unos subtítulos escritos por un Robin Hood de la traducción.

2. Mi impaciencia se muestra de otra manera: cuando ya me he hecho con la serie, comprándola físicamente o alquilándola, soy incapaz de ver un capítulo al día. Muy al contrario, si la serie me engancha no sé parar, puedo quedarme hasta las tres de la madrugada, robándole horas al sueño y eficiencia a mi trabajo al día siguiente. Tengo récords de visionado compulsivo: como haber visto dos temporadas de Homeland en una sola semana, lo cual se traduce en una media de cuatro capítulos diarios. Con Los Soprano no seguí la cuenta, pero anduvo por ahí. Mad Men la veía semanalmente, por aquello de coincidir cuando se emitía la nueva temporada en Estados Unidos, pero debo decir que me sabía a poco y me desalentaba tener que vivir toda una semana, con sus ineludibles obligaciones laborales y personales, para volver a entrar en la oficina de Don Draper el domingo por la noche. La compañía de alquiler de películas Netflix advirtió esa tendencia en telespectadores como yo y produjo su primera serie, House of Cards, para que se pudiera consumir a lo bestia, de tres en tres capítulos.

3. Podría decir que estoy en contra de la piratería y no estaría mintiendo, porque en muchos casos me parece una consecuencia de un consumismo incontrolado (aunque ahora se revista de interés cultural) y de una impaciencia adolescente propia de estos tiempos, que se traduce en “yo es que tengo derecho a todo lo que quiero y al momento”. Pero debo añadir, para no faltar a toda la verdad, que desconozco cómo se piratea una serie. Para trapichear también hay que tener unas habilidades mínimas, como había que tenerlas en su día cuando un vecino pagaba la suscripción del Canal + y el resto del bloque se las apañaba para choricearle al pagador la señal.

4. Sé que es fácil bajarse una serie. Me lo dice mucha gente, buena gente, que me anima a hacerlo, que me lo quiere explicar. Y tengo la impresión de que incluso yo, que dependo de un informático al que pago para que de vez en cuando venga casa y puede llamarme idiota a la cara, acabaría aprendiendo. Pero al convencimiento moral de que si queremos que sobreviva la ficción no debemos piratear se une una pereza informática. Virtud y pecado se alían.

El caso es que no debo ser flor de estos tiempos porque me estimula enormemente la perspectiva de tener por delante Breaking Bad para el invierno, cuando ya sé que miles de ojos han sucumbido a ella asegurando que el final está a la altura del desarrollo. Las novelas son para el verano; las series son para los domingos de invierno, cuando prefieres no salir para no deprimirte viendo a gente que se le pone cara de víspera laboral. Pero este verano a punto estuve de subvertir la regla, porque ocurrió que una noche, dispuesta como estaba a encontrar un entretenimiento televisivo fuera como fuera, me encontré en Intereconomía (he dicho bien) con un tesoro inesperado: la serie colombiana Pablo Escobar, el patrón del mal, una producción que ha arrasado en Latinoamérica, que glosaba hace poco Vargas Llosa en un artículo, y que ha puesto al pueblo colombiano, en una narración sin concesiones al romanticismo peliculero, frente a la vida de un personaje que infectó de crueldad e ilegalidad su país.

Fue amado y odiado casi a partes iguales, entronizado por algunos sectores populares como una especie de héroe del pueblo. La serie se emitía en el canal de El gato al agua todas las noches: el sueño de todo adicto a la ficción por capítulos. El rostro de ese genio llamado Andrés Parra, el actor que encarnaba al narcotraficante, nos sedujo de tal modo que a los pocos días el vocabulario de Escobar se había incorporado ya al nuestro: verraco, culicagado, gallinacear, mamar gallo, tarrao, pelada… Parra, ese admirable actor que afirma no creerse a los actores que sufren mucho, igual que no entiende al cirujano al que le da miedo la sangre, pidió ayuda por vez primera en su carrera a expertos para que le ayudaran a entender la personalidad de tan complejo personaje, y así se lo definieron: un antisocial-agresivo-sádico. Parra se puso peluca, se dejó bigote y buceó en la crueldad de la historia reciente de un país que pasó de ser el país del café a convertirse en el paraíso de la coca.

Pero la felicidad, ay, es una pompa de jabón; hay veces que depende, por ejemplo, de que vuelvan los contertulios de vacaciones y los jefes de una cadena le den la patada a una serie para retomar el santo opinionismo. Ahora ando buscando la manera de verla. Pero me parece mentira que con tantos artículos que se dedican al influjo de las series no aparezca la de Escobar en la lista. Porque créanme, es oro puro.



EEM