Punto de Vista

Incógnitas sobre los movimientos sociales

2014-10-03

El del Instituto Politécnico, confieso que no lo entiendo todavía. Desde fuera, los movimientos...

Octavio Rodríguez Araujo, La Jornada

Si algo he aprendido de los movimientos sociales en que he participado o que he tratado de analizar a lo largo de muchos años es que, en buena medida, son provocados desde el poder o facciones de éste, o bien como reac­ción al ejercicio del poder en su contra. En menos ocasiones han obedecido u obedecen a grupos ajenos a los principales protagonistas de dichos movimientos y, en los tiempos actuales, incluso a organizaciones criminales que quieren dominar una región o un municipio, o que le disputan la plaza a otro del cual se escindieron.

Lo anterior, que suena a una suscripción de las teorías conspirativas (que ciertamente no suscribo), no quiere decir que los movimientos sociales no sean auténticos ni que sus razones sean ilegítimas. Lo que quiero decir –y espero conseguirlo– es que en general los auténticos movimientos sociales suben de grado, en demandas y en tiempo de acción, por desinterés o impericia de quienes tuvieron o tienen en sus manos la posibilidad de negociación para atender, y en su caso resolver, las demandas de un movimiento. Y en otros casos porque gente interesada ve en algunas manifestaciones sociales –desde protestas hasta celebraciones o conmemoraciones– la oportunidad para provocar un movimiento que no estaba planeado por quienes organizaron tal o cual inconformidad social.

Piénsese, por ejemplo, en el movimiento estudiantil popular que hoy conmemora su 46 aniversario. ¿Por qué razón los granaderos de la policía del DF balearon la vocacional del Poli después de su pleito con la preparatoria privada Isaac Ochoterena? ¿Por qué los estudiantes de la oficialista FNET (Federación Nacional de Estudiantes Técnicos), y más concretamente los porros conocidos como Los Chóforos, desviaron la manifestación de los estudiantes del Poli (que protestaban por la invasión policiaca a las vocacionales tres días antes) hacia el Zócalo para hacerlos caer en una ratonera en la calle Madero, donde fueron reprimidos por granaderos? ¿Por qué esa misma noche otros contingentes de granaderos agredieron a los estudiantes de dos preparatorias de la UNAM en el centro de la ciudad y, al mismo tiempo, policías de la Dirección Federal de Seguridad irrumpieron en las oficinas del Comité Central del Partido Comunista Mexicano y destruyeron la imprenta de su periódico, La Voz de México? Los estudiantes de la UNAM y algunos del Politécnico, entonces convocados por la CNED (Central Nacional de Estudiantes Democráticos), estaban realizando una marcha autorizada con motivo del aniversario del asalto al Cuartel Moncada. Esta manifestación fue igualmente desviada al Zócalo y sus integrantes cayeron también en la trampa policiaca. Y así siguió la escalada de violencia hasta la matanza del 2 de octubre. ¿Sólo por el anticomunismo del gobierno, que quería dar un castigo ejemplar a las izquierdas de México y a los jóvenes “revoltosos” de esos años? ¡Vaya mentalidades tan retorcidas!

¿Y el 10 de junio de 1971? ¿Los halcones descendieron del cielo para agredir y matar estudiantes pacíficos y, obviamente, desarmados? ¿Fue una táctica de Echeverría para terminar la obra de Díaz Ordaz al intentar descabezar a los jóvenes “revoltosos”, llamados palomas por la policía y los halcones? ¿Quiénes entrenaron a los halcones y dónde? Ahora todo mundo lo sabe y los culpables nunca fueron detenidos y juzgados. Echeverría tampoco cumplió su palabra de que iba a investigar los hechos. Fue, al parecer, una manifestación de apoyo extemporáneo a los estudiantes y profesores democráticos de la Universidad de Nuevo León, cuyas demandas principales ya habían sido resueltas. Pero también fue un intento de mantener en alto al movimiento estudiantil que había sido brutalmente reprimido casi tres años antes.

De esas represiones, injustificadas racional y legalmente, surgirían otros movimientos, pero esa vez armados: guerrillas, sobre todo de jóvenes que habían comprobado que las instituciones y la carabina de Ambrosio eran lo mismo. ¿Ellos quisieron ser guerrilleros y arriesgar la vida enfrentando al Estado mexicano y su monopolio de la violencia legítima? ¿O simplemente este Estado y los partidos políticos, incluso de oposición, no les dieron opciones? Cierto es que a veces los jóvenes son voluntaristas y se crean sus propias estrategias de acción, pero cuando el sistema los quiere frenar como papá injusto y regañón, es lógica su rebelión (cuando no se trata de provocadores pretendidamente anarquistas, como los infiltrados el 2 de octubre del año pasado).

Podría continuar con muchos más ejemplos, algunos francamente cuestionables, como el de 1966 contra el rector Chávez de la UNAM, quien no merecía, a pesar de haber querido suprimir el pase automático de preparatoria a licenciatura (que así debería ser), las vejaciones que sufrió de un reducido grupo de estudiantes (algunos de ellos priístas). En aquella ocasión había anticomunistas en y fuera del gobierno y también en la UNAM (la Federación Estudiantil Universitaria, por ejemplo), que calificaron a Chávez de apoyar la revolución cubana y de estar cerca de izquierdistas, como lo “comprobaba” el hecho de que su secretario particular fuera Luis Villoro, según el ultracatólico Capistrán Garza “uno de los comunistas más connotados entre el intelectualismo sovietizante de México”. Para mí fue y es claro que Díaz Ordaz movió a algunos incondicionales para tumbar a Chávez; sin embargo, algunos ingenuos han llegado a decir que ese movimiento fue antecedente del de 1968. A Díaz Ordaz, como puede apreciarse, le sobraba malicia pero le faltaba inteligencia, y quitó a Chávez pero quedó en su lugar Javier Barros Sierra, que no sólo apoyó en 68 a los estudiantes, sino que enfrentó valientemente al presidente de la República.

Hay, desde luego, otros movimientos como el actual de la Normal Rural de Ayotzinapa. Ahí es más que evidente que fueron las autoridades locales (con quién sabe qué complicidades) las que han creado las condiciones, sanguinarias, salvajes y estremecedoras, para generar un movimiento que, por lógica y por los antecedentes en esa escuela, tendrá que darse.

El del Instituto Politécnico, confieso que no lo entiendo todavía. Desde fuera, los movimientos requieren más tiempo y más información para ser analizados.



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