Valores Morales

Católicos y protestantes: entre lo bueno y lo excelente

2017-04-11

Dios proporciona su gracia a través de los Sacramentos y de las vías más insospechadas para ayudar...

Por: Javier Ordovás

En las últimas décadas se están dando importantes pasos en el proceso de  unidad de los cristianos. Es una irresponsabilidad frente a la humanidad la falta de unidad entre cristianos. Por encima de nuestras diferencias doctrinales tenemos un gran campo de acción común para aportar soluciones a los actuales problemas humanos: defensa del no nacido, de la familia, del matrimonio, de la paz, contra la trata de personas, la droga, el comercio de armas y,…sobre todo, del derecho a la libertad religiosa.

Si trabajamos juntos en esos importantes temas, nuestra unidad en otros aspectos irá avanzando, mientras aportamos bien a la humanidad.  

En las polémicas entre católicos y evangélicos “de a pie”, se detecta, frecuentemente,  un gran  desconocimiento por ambas partes. En realidad, como en cualquier otra disciplina. Asombra la enorme ligereza y superficialidad con la que algunos protestantes defienden sus posturas; el gran desconocimiento histórico, filosófico, teológico y bíblico de sus afirmaciones.

Aunque en las bases sociales populares en Latinoamérica se está produciendo un significativo aumento de distintos grupos protestantes, sin embargo, en la cúpula de pastores protestantes se está generando el proceso contrario de conversión hacia el catolicismo. Se trata,  sobre todo, de un proceso de coherencia lógica con su riguroso estudio de la Biblia. Decenas de pastores, coherentes con su investigación bíblica, han encontrado un itinerario de camino bíblico hacia la Iglesia Católica.

Dios proporciona su gracia a través de los Sacramentos y de las vías más insospechadas para ayudar a todas aquellas personas de buena voluntad que no conocen su Iglesia. Hay excelentes personas, entre los protestantes, que están en ese camino porque no han tenido oportunidad de conocer el correcto;  no hay la menor duda de que Dios les ayuda. De la misma manera que hay pastores protestantes que son meros explotadores de su capacidad oratoria, de persuasión y manipulación de sentimientos, sobre todo, de personas sencillas; pastores que están ahí como medio de subsistencia, como líderes locales de pequeñas comunidades que les mantienen con el diezmo.

Todas esas personas sencillas, con buena voluntad, se están perdiendo la gran riqueza espiritual de la única Iglesia de Jesucristo. Sus templos están vacíos, allí no hay nadie,  solamente tienen sillas, un atril, una biblia y un predicador. En realidad, no son templos, son salas de conferencias bíblicas. Son muy similares a una sinagoga judía.  No tienen a Jesucristo real y verdaderamente presente en la Eucaristía.

No tienen  muchos de los Sacramentos, ni la autoridad y solidez de 20 siglos de vida de la Iglesia de Jesucristo. No tienen los miles de modelos de las vidas de santos que nos enseñan que hay múltiples maneras de imitar a Jesucristo que, efectivamente,  es el  único modelo e intercesor; sobre todo, desconocen el admirable papel de la madre de Jesucristo como nuestra madre espiritual.

Permanecen anclados en el Antiguo Testamento de la Biblia y desconocen todos los beneficios que Cristo nos ha ganado con la Nueva Ley, al ignorar la Iglesia fundada por Él mismo. Desconocen el hecho histórico de que los Apóstoles inician y organizan su sucesión.  

Tienen una gran ignorancia de su propia historia; desconocen que su único enlace con los primeros cristianos, son los 16 siglos de catolicismo en la Iglesia que Lutero pretendió inicialmente solamente reformar y no dividir.   En esa historia de la Iglesia caminan juntos la santidad y el pecado, el trigo y la cizaña, la ortodoxia y la herejía. A todos los niveles: desde los obispos y papas hasta el laico que lleva una vida ordinaria.

Desconocen que muchos católicos estaban reclamando las reformas de la Iglesia, y no solamente Lutero. No saben que esas reformas, y más de las que Lutero reclamaba, se realizaron concienzudamente en el Concilio de Trento. Ignoran que la Iglesia está en reforma permanente.

No conocen el siguiente texto escrito de Lutero a Zwinglio: «Le asusta a uno ver cómo donde en un tiempo todo era tranquilidad e imperaba la paz, ahora hay dondequiera sectas y facciones: una abominación que inspira lástima [...] Me veo obligado a confesarlo: mi doctrina ha producido muchos escándalos. Sí; no lo puedo negar; estas cosas frecuentemente me aterran».

Tampoco conocen lo que Lutero le confiaba a su amigo Melanchton: « ¿Cuántos maestros distintos surgirán en el siglo próximo? La confusión llegará al colmo».

Desconocen que hubo, y hay, otros grandes reformadores que no rompen la unidad de la Iglesia, sino que la fortalecen: como san Pío V y san Carlos Borromeo. Los mártires Tomás Moro y Juan Fisher; san Ignacio de Loyola; los místicos y gigantes espirituales españoles como Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, así como San Felipe Neri, san Pedro Canisio y san Francisco de Sales.

Tienen grandes lagunas filosóficas como pensar que la Biblia es la única fuente de conocimiento de la verdad; o errores teológicos como el de la predestinación que les lleva a consecuencias filosóficas inaceptables que niegan la responsabilidad y libertad humana.

No saben por qué  Lutero eliminó siete libros del Canon Bíblico que los primeros cristianos emplearon sabiamente cuatro siglos en definir.

Desperdician los 20 siglos de doctrina cristiana acumulada con rigor científico en áreas como la bíblica, teológica, y filosófica. Cabezas brillantes como los 92 Padres de la Iglesia de los cuatro primeros siglos y los 38 Doctores de la Iglesia posteriores.

No tienen el tesoro de la liturgia para los actos de culto a Dios, acumulada durante siglos, con fundamentos bíblicos y belleza artística en coros, instrumentos musicales, escultura, pintura, arquitectura, poesía, literatura,…  

Los protestantes buscan, de un templo a otro, al predicador que mejor se ajuste a su estilo oratorio, o a su personal interpretación de la Biblia y,… tienen cientos para elegir.

La autoridad de un Sacerdote católico no proviene de su liderazgo social, ni de su dominio de las técnicas de oratoria sino, de su identificación con Jesucristo. La autoridad no se la conquista él mismo sino que se la confiere su unidad con Jesucristo y su Iglesia.

Cuando un pastor protestante lee el texto “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mat 16,18)  ¿Realmente ese pastor puede creerse sucesor de Pedro y de los Apóstoles?

Vale la pena terminar con este mensaje de respeto y unidad que nos da el Evangelista Lucas en 9,49:

“Maestro, vimos a cierto hombre expulsando demonios y se lo prohibimos porque no es de los nuestros. Jesús le dijo: no se lo prohibáis. Porque el que no está contra vosotros, con vosotros está”   



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