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México en el mundo: hacia un nuevo proyecto de nación

2018-07-11

México ha tenido que revalorar su proyecto de nación cada seis años desde que...

RAFAEL VELÁZQUEZ | Política Exterior

Frente a la amenazante retórica de Trump, el nuevo gobierno mexicano reforzará el discurso nacionalista y buscará alianzas con países y regiones que sirvan de contrapeso a EU.

 México ha tenido que revalorar su proyecto de nación cada seis años desde que en 2000 la llegada del Partido de Acción Nacional (PAN) rompiera la visión de nación que durante más de 70 años imprimieron los sucesivos gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI). La alternancia que trajo el PAN en el comienzo del siglo XXI ha supuesto que cada seis años la sociedad mexicana reflexione sobre el rumbo que debe tomar el país para el futuro próximo. La cita electoral de 2018 no ha sido la excepción. Los mexicanos sabían que sería una elección muy importante y competitiva. La definición de un nuevo proyecto de nación ha sido uno de los ejes de discusión en campaña electoral de los principales candidatos a la presidencia, quienes presentaron su visión de país y su propuesta del papel que México debe tener en el mundo.

La reflexión sobre la manera en que México debe proyectarse en el mundo es crucial en este momento por dos razones fundamentales. En primer lugar, cada nuevo presidente tiene una visión específica sobre lo que debe ser la proyección exterior del país. En el caso mexicano, la Constitución otorga al jefe del ejecutivo amplios poderes en esa materia. Por tanto, sus percepciones y preferencias influyen decididamente en las relaciones exteriores de la nación. En segundo lugar, México tiene una posición geográfica estratégica (entre el norte y el sur de América, entre el océano Pacífico y el Atlántico); posee una cultura de enorme proyección en el mundo; cuenta con una población significativa y goza de un peso económico relevante en el concierto de las naciones. Su actuación en el plano global es de interés para la comunidad internacional.

Aunque no parece que México vaya a modificar sustancialmente una política exterior caracterizada en los últimos años por un proyecto nacional neoliberal que privilegia el libre comercio y la atracción de inversiones, es previsible un ajuste en la relación bilateral con Estados Unidos mientras dure la presidencia de Donald Trump. Cabe esperar que México adopte un discurso más nacionalista en defensa de los derechos humanos de sus emigrantes en EU, aunque sin poner en riesgo la estructura financiera y comercial dibujada en los últimos 30 años.

Proyecto de nación y política exterior

Un proyecto de nación es el conjunto de aspiraciones de un país en un futuro cercano. En otras palabras, es la forma en que una sociedad se percibe hacia adelante en los ámbitos económicos, políticos, sociales y culturales. La política exterior es clave en todo proyecto de nación porque representa un factor indispensable para alcanzar los objetivos nacionales. En el caso de México, las acciones externas han estado íntimamente ligadas a esta categoría. Tras su independencia en 1821, el país tuvo dos proyectos de nación. El primero fue de naturaleza conservadora, y buscaba mantener un vínculo estrecho con las monarquías europeas. El segundo fue de corte liberal, y anhelaba parecerse más al sistema estadounidense. La lucha entre conservadores y liberales por imponer su visión duró 46 años. En 1867, Benito Juárez expulsó al último reducto conservador, encabezado por el emperador Maximiliano de Habsburgo, e impuso el modelo liberal. Le siguieron los 30 años de dictadura encabezada por Porfirio Díaz, que concentró la política exterior en atraer inversiones extranjeras y promover el comercio.

A comienzos del siglo XX, México experimentó una revolución social de grandes dimensiones que buscaba establecer un régimen más democrático, reducir la influencia del capital externo en la economía nacional y aminorar las grandes diferencias sociales. En paralelo, la política exterior se volvió más nacionalista y aislacionista. México criticó el intervencionismo estadounidense y buscó un acercamiento especial con América Latina. Al mismo tiempo, la política exterior estuvo orientada por sus principios tradicionales, como la no intervención y la solución pacífica de las controversias. Esta política exterior también servía para consumo interno. En el plano económico, los gobiernos priístas aplicaron un modelo de desarrollo basado en la sustitución de importaciones. Este proyecto revolucionario-nacionalista estuvo vigente hasta mediados de los años ochenta.

La fuerte crisis financiera a principios de esa década obligó al gobierno a diseñar una nueva estrategia económica y una nueva visión de país. México adoptó entonces un modelo neoliberal basado en la apertura comercial y la disciplina financiera. La política exterior también se adaptó a las nuevas circunstancias, mediante el impulso de acuerdos de libre comercio, al tiempo que se comprometía a proteger las inversiones extranjeras. Las autoridades mexicanas aceptaron cooperar abiertamente con EU en diversas áreas, como seguridad, narcotráfico, migración, finanzas y comercio. Incluso, México se involucró en crisis diplomáticas con algunos países de América Latina. Estas tendencias fueron la base de la política exterior de México a principios del siglo XXI, cuando el proyecto neoliberal fue su eje articulador.

Este breve recorrido muestra que tuvieron que darse dos acontecimientos de alta intensidad política para que cambiara el proyecto de nación. El primero, una profunda revolución social y política a principios del siglo XX. El segundo, una grave crisis económica y financiera en la década de los ochenta y los noventa. Los cambios en el proyecto de nación se tradujeron en una modificación significativa de su política exterior.

La relación con EU: retos frente a Trump

Para México, su vínculo más importante en el mundo es el que mantiene con EU. La vecindad inmediata ha tenido efectos palpables en su política exterior. La pérdida de más de la mitad del territorio en 1848 determinó en gran medida el futuro de la relación bilateral. México adoptó entonces una política exterior defensiva y nacionalista frente al vecino. Esta situación generó una identidad nacional que se reflejaba en un sentimiento antiestadounidense. En el marco de un proyecto de nación y en la definición de una política exterior, la identidad nacional es un elemento clave, puesto que se convierte en fuente primaria de las decisiones que se adoptan.

Durante el siglo XIX y XX, la interacción bilateral se caracterizó por la tensión y el conflicto como consecuencia de diversas intervenciones e invasiones estadounidenses. Hubo una tregua durante la Segunda Guerra Mundial, cuando ambos países cooperaron en los esfuerzos por detener el nazi-fascismo en Europa. Si en la guerra fría el gobierno mexicano mantuvo públicamente un discurso nacionalista frente a EU, en privado colaboraba con el país en su intento por contener el avance comunista. El final de la guerra fría y la apertura comercial mexicana de mediados de los años ochenta acercaron a los dos países de manera estrecha. La firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta, en inglés) en 1992 supuso la cúspide de ese acercamiento. En este contexto, ambos países cooperaron, especialmente en asuntos comerciales y financieros. En los de migración y narcotráfico, el gobierno mexicano mantuvo el discurso nacionalista y hubo algunos casos conflictivos, pero siempre prevaleció la colaboración.

La llegada de los gobiernos del PAN en 2000 implicó una mayor cooperación bilateral. Por un lado, la administración de Vicente Fox buscó una relación más estrecha al proponer la ampliación del Nafta y un acuerdo migratorio. Sin embargo, estos objetivos no se alcanzaron debido, en parte, al cambio del contexto internacional tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Por su parte, Felipe Calderón dejó de insistir en la cuestión migratoria y, en cambio, solicitó el apoyo estadounidense para el combate a las bandas de narcotraficantes. En este contexto, ambos gobiernos establecieron la Iniciativa Mérida, un esquema novedoso de cooperación que tenía por objetivo incrementar las capacidades del Estado mexicano en la lucha contra el narcotráfico.

El regreso del PRI al poder en 2012 implicó el abandono del foco en el narcotráfico. La administración de Enrique Peña Nieto se concentró principalmente en continuar con la relación comercial y financiera y en resaltar la protección de los mexicanos en EU. Sin embargo, la aparición de Trump en el espectro político estadounidense hizo saltar las alarmas en la secretaría de Relaciones Exteriores (SRE). La afirmación del entonces aspirante a la candidatura del Partido Republicano de que los migrantes mexicanos eran violadores y criminales, así como su intención de construir un muro financiado por México obligó al presidente mexicano a cambiar de estrategia. En un intento de apaciguar el discurso, Peña Nieto invitó a Trump a visitar México ya como candidato, algo que la opinión pública mexicana consideró un grave error diplomático. La visita se saldó con la dimisión de Luis Videgaray, cercano e influyente asesor del presidente mexicano, como secretario de Hacienda, aunque posteriormente pasaría a encabezar la SRE.

La llegada de Trump a la Casa Blanca en enero de 2017 implicó de inmediato retos fundamentales para la política exterior mexicana. Trump insiste en la construcción de un muro fronterizo, propone la cancelación del Nafta, ha aumentado los aranceles a las compras de acero y aluminio y, en lo que se consideró más indignante, ha puesto en marcha medidas migratorias que incluían la separación de hijos de los inmigrantes indocumentados. La respuesta de México a esta crisis ha sido dual. Por un lado, la administración de Peña Nieto se ha negado rotundamente a que los mexicanos paguen el muro y ha exigido la protección de los derechos humanos de los migrantes y sus familias. Asimismo, junto con Canadá, México inició la renegociación del Nafta con el objetivo de llegar a un acuerdo satisfactorio para las tres partes. Por otro lado, en una forma de guiño diplomático, el gobierno mexicano actual ha tratado de complacer a Washington en algunos asuntos. Por ejemplo, con la extradición a EU de El Chapo Guzmán, el narcotraficante mexicano más buscado y peligroso, un día antes de la toma de posesión de Trump. Asimismo, la SRE expulsó al embajador de Corea del Norte en México para alinearse con las posiciones de Washington. En el mismo sentido, México se abstuvo cuando la Asamblea General de Naciones Unidas votó una resolución que criticaba a EU por el traslado de la sede de su embajada en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. Era evidente que el gobierno mexicano buscaba complacer de cierta forma a Trump para mantener con vida el Nafta.

Desde que Trump es presidente de EU, la prioridad de la política exterior mexicana ha sido abordar nuevos retos a una relación bilateral históricamente conflictva. Peña Nieto incluso decidió cambiar al titular de la SRE y revivió a Videgaray como canciller, lo que demostraba la importancia de la relación bilateral en el nuevo contexto.

En términos generales, dos factores íntimamente ligados al proyecto de nación explican la política exterior de México hacia EU en esta nueva etapa. Por un lado, la identidad nacional. El gobierno de Peña Nieto ha mantenido un discurso nacionalista principalmente en los asuntos relacionados con los derechos humanos de los migrantes mexicanos que trabajan en territorio estadounidense. Por otro, la SRE ha asumido una posición pragmática para darle prioridad a los intereses nacionales de México y así alcanzar los principales objetivos de política exterior.

El 1 de diciembre de 2018, el nuevo presidente de México tendrá que decidir cuáles serán sus líneas de acción exterior para hacer frente a los retos que implica la nueva administración estadounidense. Asimismo, la SRE debe buscar los elementos necesarios para aumentar su capacidad de negociación con el vecino. México no es una potencia militar cuyo “poder duro” sea un eje de su estrategia exterior. Por ello, tendrá que crear las condiciones necesarias para desarrollar un “poder blando”. Una alternativa es buscar contrapesos con otras regiones, particularmente con América Latina, Europa y Asia. Las alianzas con países claves (Brasil, España, China) serán importantes para negociar con la administración Trump. Además, México debe desarrollar una doble estrategia en EU. En primer lugar, la SRE debe poner en marcha políticas que empoderen a los migrantes mexicanos que viven y trabajan en EU con el objetivo de lograr una mayor interlocución en el sistema político estadounidense; en segundo lugar, la cancillería debe redoblar esfuerzos para acercarse a la sociedad estadounidense con el objetivo de mejorar la imagen de México. Ambos elementos serán particularmente importantes para impulsar el poder blando y una mayor capacidad de negociación internacional frente a Trump.

América Latina: el socio histórico

América Latina ha sido para México una relación simbólica por varias razones. El vínculo con la región es fundamental por la cercanía geográfica. Por tanto, la agenda de la relación regional está ligada a asuntos de seguridad, migración, comercio e inversiones. Por otra parte, México siempre ha mostrado una decidida vocación latinoamericana desde el punto de vista identitario. La experiencia histórica, el idioma, la religión y la cultura han marcado intrínsecamente los vínculos de México con América Latina. Además, la relación con los países latinoamericanos ha servido de contrapeso frente a EU. Esto ha sido especialmente notable en las relaciones de México con Cuba. Por ello, las diferentes administraciones mexicanas han tratado de proyectar un liderazgo en la región. Durante mucho tiempo, México trató de guiar la integración económica y política latinoamericana. Sin embargo, cuando el país empezó a estrechar sus vínculos económicos con Norteamérica, la relación con el subcontinente se tornó distante.

En los últimos tiempos de la presidencia de Peña Nieto, dos cuestiones dominaron la agenda. La primera fue la Alianza del Pacífico, un proceso de integración novedoso entre México, Colombia, Perú y Chile. Además de eliminar las barreras al comercio entre los miembros, la alianza incluye proyectos de cooperación educativa, eliminación de visados entre sus ciudadanos y el establecimiento de consulados y embajadas comunes, entre otras novedades. Hasta el momento, este esquema ha despertado mucho interés mundial por el gran número de países observadores que tiene. Con el tiempo, el proceso se ha consolidado. Sin embargo, el intercambio comercial entre sus miembros es todavía mínimo, comparado con el 80% que representa el comercio de México con EU.

La segunda cuestión ha sido Venezuela. La SRE ha criticado constantemente los excesos antidemocráticos del régimen de Nicolás Maduro. En el marco de la Organización de Estados Americanos (OEA) y en el Grupo de Lima, México ha defendido la imposición de sanciones a Venezuela y no ha reconocido el resultado de las recientes elecciones presidenciales. El gobierno mexicano actúa a partir de la Carta Democrática aprobada en la OEA en 2001, que busca promover la democracia y sancionar los casos en los que se rompa. Algunos países han criticado a México porque, argumentan, se está alineando a las posturas de EU y está rompiendo con el principio de no intervención. Sin embargo, México asegura que su posición es coherente con la Carta Democrática de la OEA.

El próximo gobierno mexicano deberá mantener la política de promoción de la democracia en América Latina porque es un compromiso jurídico asumido por el país. Asimismo, el nuevo presidente tendrá que fortalecer la Alianza del Pacífico por varias razones: el impulso que supone a la integración regional, el contrapeso a EU y una mejor posición en los foros regionales del Pacífico. México necesita recobrar su liderazgo en América Latina y la Alianza del Pacífico es un vehículo adecuado para ello.

La relación con Europa y el vínculo con España

Europa es la relación diplomática más importante para México después de EU y América Latina. Los europeos siempre han representado una opción para la diversificación comercial y una fuente importante de inversiones extranjeras. Desde los años setenta, el gobierno mexicano ha buscado establecer acuerdos para incrementar los vínculos comerciales y políticos con Europa. En 1975, México y la entonces Comunidad Económica Europea firmaron un acuerdo que se renovó en 1991. El objetivo era extender la relación más allá del aspecto comercial y promover esquemas de cooperación política entre ambas partes. En congruencia con este objetivo, México y la Unión Europea suscribieron en 1997 el Acuerdo de Asociación Económica, Concertación Política y Cooperación, que incluía un mandato para la firma de un acuerdo de libre comercio entre México y la UE. Finalmente, en 2000 se logró el Tratado de Libre Comercio entre la UE y México, que entró en vigor el 1 de julio de ese mismo año.

La relación de México con la UE entre 2000 y 2018 se desarrolló en el marco de este acuerdo. Desde su entrada en vigor, los flujos comerciales y de inversiones han aumentado significativamente. Pero el volumen de intercambio sigue siendo reducido si se compara con el de EU.

Durante la presidencia de Peña Nieto se iniciaron negociaciones con la UE para la modernización del acuerdo. Las rondas de conversaciones incluyeron acceso a mercados de bienes, reglas de origen, facilitación del comercio, competencia, barreras técnicas, medidas sanitarias y fitosanitarias, propiedad intelectual, contratación pública, comercio de servicios (incluyendo telecomunicaciones, comercio electrónico), inversión, mejora regulatoria y desarrollo sostenible, energía y materias primas, cooperación entre pequeñas y medianas empresas y mejoras en la resolución de conflictos comerciales. El pasado abril, las conversaciones concluyeron con éxito. De acuerdo a la Comisión Europea, todos los bienes que se comercien entre la UE y México estarán exentos de impuestos, incluidos los del sector agrícola. La actualización del acuerdo tuvo como objetivo la simplificación de los procedimientos aduaneros en diversos sectores. Asimismo, se incluyó un mecanismo anticorrupción en los sectores público y privado.

En el marco de la renegociación del Nafta, el gobierno de México ha buscado la actualización de su Acuerdo de Asociación con la UE como alternativa en caso de que Trump cancele las negociaciones o incluso el tratado. Desde el punto de vista diplomático, México ha buscado estrechar los lazos con la UE. En este contexto, el nuevo presidente de México deberá fortalecer la relación económica y política con los europeos. Para México, la vinculación con la UE es estratégica. Además, su vecindad con EU hace que México también se convierta en un actor clave para la Unión. La geopolítica ayuda en este caso.

En la relación con España, la identidad nacional de México representa un elemento destacado. El país fue colonia española durante 300 años. A pesar del tiempo, los vínculos históricos, sociales y culturales se mantienen. La relación diplomática solo se interrumpió durante la dictadura de Francisco Franco. En ese momento, el gobierno de Lázaro Cárdenas rompió relaciones con el régimen franquista, pero el presidente mexicano abrió las puertas a los exiliados españoles. Durante la dictadura de Franco, miles de refugiados españoles encontraron asilo político en México. Su contribución social, cultural y económica fue muy importante para el país que los acogió. En 1977 se restablecieron las relaciones diplomáticas, caracterizadas desde entonces por el respeto mutuo, la colaboración y la solidaridad.

España es la puerta de entrada de México a Europa. Al mismo tiempo, México es –como reconocen muchos diplomáticos españoles– el socio fundamental de España a América Latina. El comercio bilateral y las inversiones entre México y España han adquirido un peso considerable en las últimas décadas. Además, el intercambio cultural siempre ha sido muy sólido. En 2018 prácticamente se estrenan dos administraciones de gobierno en ambos países. La llegada de un nuevo gobierno a España y a México no implicará, lógicamente, un cambio significativo en las relaciones bilaterales, pero es previsible que la alianza bilateral se fortalezca a corto plazo, especialmente por la presión que para ambos supone la presidencia de Trump en EU.

Asía Pacífico: la región más dinámica

En el caso de Asia, México plantea la misma estrategia que con Europa. Al convertirse en una de las regiones más dinámicas desde el punto de vista económico, el Pacífico ofrece a México una opción de diversificación del comercio y una fuente de inversiones. En las últimás décadas, no obstante, la presencia mexicana en la región ha sido limitada a pesar de dicho dinamismo. De manera general, México ha buscado proyectarse como actor global. En este contexto, el país se integró en el grupo MIKTA (México, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Australia), un foro para fomentar el intercambio económico y político entre los integrantes. Un aspecto del grupo era que los miembros no compartían la proximidad geográfica, pero los cinco países ocupan un peso importante en la economía global y tienen interés por convertirse en potencias regionales y ganar poder de influencia en el sistema internacional.

Uno de los ejes de la política exterior mexicana hacia Asia ha sido el Acuerdo Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), cuyo objetivo era establecer un área de libre comercio entre 12 países de la cuenca pacífica. En octubre de 2015, los representantes anunciaron la conclusión de las negociaciones. El acuerdo fue firmado el 4 de febrero de 2016. México fue el primer país en ratificar el TPP en abril de ese año. El principal objetivo era incrementar la presencia mexicana en Asia para aumentar las oportunidades de comercio e inversión. Sin embargo, el proceso se estancó cuando Trump, ya como presidente de EU, decidió sacar a su país del tratado. El resto de países del TPP decidieron darle continuidad y, en marzo de 2018, anunciaron la firma de una nueva versión del acuerdo sin EU.

México y el multilateralismo

La presencia de México en otras regiones es bastante limitada. La política exterior hacia África, Oriente Próximo, Europa del Este y Asia Central es reducida en comparación con las otras áreas mencionadas. Ello se debe a que no existen relaciones comerciales intensas; los flujos de inversión son escasos, los países son lejanos y no existen coincidencias identitatarias.

Sin embargo, en el ámbito multilateral México ha desarrollado históricamente una presencia destacada. Después de la Segunda Guerra Mundial, el país mantuvo una participación constante en las diferentes organizaciones internacionales para promover la paz, el desarme, los derechos humanos, el ­desarrollo económico y social, entre otros asuntos. En los últimos años, México mantuvo una significativa actividad en Naciones Unidas y sus diferentes organismos especializados. En 2002 y en 2010 fue miembro no permanente del Consejo de Seguridad, y en 2014 Peña Nieto anunció el regreso de México a las misiones de paz de la ONU. La medida representaba un giro sustantivo respecto a la diplomacia tradicional priísta. Los diferentes gobiernos del PRI se negaron a enviar tropas al extranjero porque ello contradecía el principio de no intervención y la tradición pacifista de México. Sin embargo, el interés por convertir el país en un actor global responsable llevó al presidente al convencimiento de que era necesario que participara en esas misiones de la ONU.

México también ha tenido una destacada participación en otros foros. Su presencia en la OEA ha sido fundamental a la hora de solucionar problemas en la región. En 1994, el país ingresó en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y en el Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC), con lo que ampliaba su ámbito de acción. En otros organismos económicos y financieros, la contribución mexicana también ha sido relevante: participa en el Fondo Monetario Internacional, en el Banco Mundial y en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Tras la crisis de 2008, México se integró en el G20. Sin embargo, su actividad en este foro ha sido limitada puesto que no ejerce una influencia determinante en las decisiones del grupo. Al no poder impulsarlo, México prefiere sumarse a los consensos. No obstante, su presencia es importante para efectos internos y para la comunidad internacional debido a su peso económico.

Vocación latinoamericana y pragmatismo

México tiene una posición geográfica estratégica y privilegiada. Es puente entre América del Norte y América del Sur. También está entre Europa y África y Asia-Pacífico. Ningún país en el mundo goza de esa ventaja geopolítica. La economía mexicana está entre las 15 primeras del mundo; su participación en el comercio global es significativa; cuenta con un territorio muy amplio; su población es extensa y joven y su cultura de una riqueza inconmensurable. Sin embargo, la posición de México en el mundo no se corresponde a esa realidad. Su política exterior no tiene alcance global. No es un actor relevante en África, Asia Central y Oriente Próximo. Su influencia en Europa y Asia Pacífico es importante, pero limitada. Su esfera de influencia se concentra principalmente en Centroamérica y el Caribe. Esto se explica por factores geográficos e históricos, pero el factor EU es determinante. El peso de esa relación restringe las posibilidades de proyectar una política exterior de mayor alcance.

En el marco del proyecto de nación, dos elementos son claves para entender la política exterior mexicana. En primer lugar, la identidad nacional representa un motor esencial en el proceso de toma de decisiones. Las relaciones de México con las distintas regiones tienen como fuente principal el elemento identitario. Al ser un país con raíces iberoamericanas, su vocación natural es proyectar una política exterior latinoamericanista que fortalezca los vínculos de cooperación con los países de la región. Las similitudes culturales también determinan las relaciones con España. En segundo lugar se encuentra la geopolítica. Por su vecindad inmediata con EU, México ha tenido que adoptar una política exterior que combina dosis de pragmatismo y la defensa de unos principios rectores. Es decir, frente al mundo, el país busca proyectar su interés nacional, pero al mismo tiempo reflejar sus principios tradicionales de política exterior.

No son previsibles grandes cambios en el sexenio 2018-24 para la política exterior de México. Hay factores que le otorgan mayores dosis de continuidad que de transformación. La dinámica del sistema internacional y las condiciones internas no permiten giros extremos en las relaciones de México con el exterior. Por un lado, cualquiera que encabece el nuevo gobierno será consciente de que el libre comercio ha sido motor del crecimiento económico. En este ámbito, no hay marcha atrás. Ahora bien, sí se prevé que el nuevo gobierno mantenga y refuerce el discurso nacionalista frente a las amenazas de Trump. Estará obligado a buscar alianzas con otros países y regiones que sirvan de contrapeso, especialmente con América Latina, Europa y Asia, regiones con las que México debe diversificar sus relaciones económicas. El objetivo de reducir la dependencia comercial de EU es tan difícil como inaplazable. La presidencia de Trump es una oportunidad para hacer realidad ese viejo anhelo mexicano, al tiempo que sitúa el país en el mundo con el peso económico que le corresponde.

La llegada de una nueva administración no representa un nuevo proyecto de nación, al menos en política exterior. Para que se produjera esta transformación, México necesitó una revolución social y una grave crisis económica. El escenario actual no guarda semejanzas con esos escenarios pasados. Afortunadamente.



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