Muy Oportuno

Cirugías que desfiguran también el alma

2024-02-05

La materia es buena, bella y maravillosa. Con ella los hombres hemos hecho cosas que alguna vez el...

Por | Antonio Borda

Pensándolo un poco -ojalá no estemos tan equivocados- las almas de los hombres son como un coro angélico más, pero en pugnaz misión extraterrenal.

La misión: estar unidos a la materia, santificarla dejando a Dios actuar y después morar eternamente en ella ya glorificada. Tal vez eso fue lo que le dio tanta envidia a Luzbel, máxime viéndose obligado a servirla y adorarla en la persona de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima. A lo mejor creyó que con la inconmensurable variedad de la creación de los espíritus angélicos y maravillas en el Cielo, ya estaba concluida toda la creación del universo. Pero su sorpresa debió ser enorme al ver que Dios todavía tenía muchas más cosas por hacer hasta el infinito y no necesitaba de él para eso.

Se dice por ahí que los gnósticos odian la materia y la consideran un mal. No se puede dejar de sospechar entonces que ese odio del demonio contra los hombres tenga algo que ver con esa teoría de la gnosis.

Sin muchas disquisiciones teológicas o filosóficas, basta pensar un poco en el asunto y al menos acogernos al derecho de opinión colocando eso obviamente a los pies del Magisterio de nuestra Santa Iglesia Católica.

Es curioso, pero en este siglo de materialismo liberal y desbandado, de apego desordenado a las cosas del mundo, estamos asistiendo al mayor número de suicidios que se haya dado en la historia desde que comenzó a extenderse el Cristianismo, porque en los tiempos del paganismo esto era muy común. Pero en la Edad Media a nadie se le ocurría semejante decisión aunque la vida fuera muy dura. Y asistimos también a la satánica propuesta de algunos políticos y periodistas para que se apruebe la eutanasia. Son de esas diabólicas contradicciones que atormentan eternamente a los demonios y a los condenados sin saber en su soberbia cómo resolverlas y odiando por siempre a Dios: un materialismo que se odia a sí mismo.

La materia es buena, bella y maravillosa. Con ella los hombres hemos hecho cosas que alguna vez el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira llamó las nietas de Dios. Él nos dio ese don que lamentablemente y con mucha frecuencia hemos usado para el mal, esto es, para destruir la propia vida material como al parecer quiere el demonio. El mismo sueño que algunas sectas del budismo acarician en sus largas meditaciones y ayunos indefinidos: volver a la nada. O al menos deformar la materia de tal manera, hacerla tan horrible y repugnante cuanto sea posible, como esos jóvenes de hoy que se tatúan, se mutilan y desfiguran como ni los más primitivos pueblos del planeta lo han hecho o todavía lo hacen en algunas selvas.

No aceptando el aspecto físico que Dios les dio, resuelven cambiarlo, o con costosas, riesgosas y anti-naturales cirugías plásticas que dejan un huella notoria en el rostro -a veces grotescas pero socialmente admitidas- o con esas monstruosidades que estamos viendo a diario por toda parte.

Nuestra expresión fisionómica generalmente anuncia la propia personalidad. Es como algo que parece una emanación espiritual que sale de nosotros mismos y nos va modificando no solamente con el paso de los años sino con los estados de alma que las edades van sumando en nuestra vida, al punto que tanto la virtud como el vicio van marcando la expresión del rostro y transformándonos en un endemoniado o en un angelizado, que por aquello de las consonancias de alma, la virtud o el vicio de los otros aprenden a leer bien en la vida social. Sucedió así con Caín (Gn 4, 6) y a San Esteban (Hech 6, 15). En sus rostros se traslució claramente el estado del alma que los dos tenían en su momento.

El odio a nuestra propia cara es lo que nos faltaba para seguir hundiendo la humanidad en el pantano de la mayor rebelión que haya existido en la historia contra nuestro buen Creador. Un pecado de proporciones descomunales, mayor que el pecado original y el deicidio juntos: pecado inmenso, lo llamó alguna vez Dr. Plinio, o contra el Espíritu Santo, diría tal vez San Luis María Grignión de Montfort.



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