Entre la Espada y la Pared

Trump o el apocalipsis

2020-08-29

 No hay Administración del Estado donde Trump no haya metido los dedos ni erosionado su...

Editorial, El País

El presidente del caos ha amenazado con el apocalipsis si no vence en las urnas el 3 de diciembre. Después de despreciar y bordear la ley, así como sembrar el desorden durante casi cuatro años, Donald Trump se ofrece ahora como presidente de la ley y el orden. Pretende convertir el juicio en las urnas sobre su presidencia caótica en un aval para seguir e intensificar su política caótica.

La primera providencia en esta campaña electoral ha sido la anulación de la identidad, ideas y valores del partido republicano, irreconocible en la versión trumpista que ha celebrado su Convención para nominarle candidato a repetir en la presidencia. Destaca la ausencia de mascarillas y de distancia social en el último acto celebrado en la Casa Blanca, con asistencia de un millar y medio de personas, en una abierta exhibición de la irresponsabilidad del presidente en la gestión de la pandemia.

No tan solo ha engullido al partido republicano, sino que ha instrumentalizado las instituciones y edificios oficiales como escenario para su propaganda partidista. Los jardines frente a la Casa Blanca han sido la tribuna para los mensajes de apoyo de la primera dama Melania y donde ha pronunciado su mensaje de aceptación. El secretario de Estado, Mike Pompeo, obligado por una veterana tradición de décadas en EE UU a evitar la mezcla de géneros, intervino desde Jerusalén, en mitad de un viaje oficial.

El balance presidencial no puede ser más negativo. Era difícil una peor gestión de la covid-19. La recesión que se cierne sobre el mundo ha sido aprovechada por el presidente para seguir favoreciendo a los más ricos y a sus amigos. La crisis de orden público, provocada por los abusos policiales, ha sido alentada y aprovechada para reforzar a la extrema derecha y asustar a la población blanca de los suburbios que suele votar a los republicanos. No hay Administración del Estado donde Trump no haya metido los dedos ni erosionado su autonomía, bajo la pésima excusa de combatir un supuesto Estado profundo o deep state ajeno al voto democrático.

La más perversa de sus actuaciones se dirige a minar el derecho a votar. Trump ya alcanzó la Casa Blanca con tres millones menos de votos que Hillary Clinton en 2016 y ahora pretende frenar el voto por correo para aprovechar la inhibición que pueda producir la pandemia entre el electorado demócrata. Su objetivo, para el caso de no obtener suficientes delegados presidenciales, es convertir el escrutinio electoral en un litigio judicial interminable, que le permita evitar el relevo por Joe Biden.

La élite republicana, colaboradores de Ronald Reagan y de los dos Bush, se ha hecho notar por su ausencia en la Convención, secuestrada por la familia Trump y sus fans de la extrema derecha racista. El dilema para los votantes no es elegir entre los grandes dos partidos históricos, sino optar entre cuatro años más de destrucción persistente de la democracia o el regreso a todo lo que Trump ha atacado, es decir, la normalidad institucional, la división de poderes, los controles y equilibrios, y el funcionamiento de las garantías constitucionales de las libertades de los ciudadanos.



JMRS