Valores Morales

La sobriedad es el estilo de vida del cristiano

2011-12-07

Más que comprar para olvidar, deberíamos de reflexionar con sinceridad sobre nuestra vida y pedir...

Autor: Néstor Mora Núñez

El Santo Padre nos habló sobre la figura de Juan el Bautista en el Ángelus del pasado Domingo:

Este domingo señala la segunda etapa del Tiempo de Adviento. Este período del año litúrgico pone de relieve las dos figuras que desempeñaron un papel prominente en la preparación de la venida histórica del Señor Jesús: la Virgen María y san Juan Bautista. Precisamente en este último se concentra el texto de hoy del Evangelio de Marcos. Describe la personalidad y la misión del Precursor de Cristo (cf. Mc 1, 2-8). Empezando por el aspecto exterior, se presenta a Juan como una figura muy ascética: vestido de piel de camello, se alimenta de saltamontes y miel silvestre, que encuentra en el desierto de Judea (cf. Mc 1, 6). Jesús mismo, una vez, lo contrapone a aquellos que «habitan en los palacios del rey» y que «visten con lujo» (Mt 11, 8). El estilo de Juan Bautista debería llamar a todos los cristianos a optar por la sobriedad como estilo de vida, especialmente en preparación para la fiesta de la Navidad, en la que el Señor —como diría san Pablo— «siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2 Co 8, 9).

Las fiestas navideñas y la Navidad, nos impulsan a escapar de la monotonía del día a día a través de las compras. El vacío que sentimos nos impele a llenarlo con aquello que podemos alcanzar de los estantes de las tiendas. Pero la Navidad es algo muy diferente.

Tal como Su Santidad nos recuerda, la figura de Juan el Bautista es sobria hasta la pobreza. ¿Su misión?

En lo que se refiere a la misión de Juan, fue un llamamiento extraordinario a la conversión: su bautismo «está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios» (Jesús de Nazaret, I, Madrid 2007, p. 36) y de la inminente venida del Mesías, definido como «el que es más fuerte que yo» y «bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1, 7.8). La llamada de Juan va, por lo tanto, más allá y más en profundidad respecto a la sobriedad del estilo de vida: exhorta a un cambio interior, a partir del reconocimiento y de la confesión del propio pecado. Mientras nos preparamos a la Navidad, es importante que entremos en nosotros mismos y hagamos un examen sincero de nuestra vida. Dejémonos iluminar por un rayo de la luz que proviene de Belén, la luz de Aquel que es «el más Grande» y se hizo pequeño, «el más Fuerte» y se hizo débil.

Es fácil quedarnos con las externalidades de la figura de Juan el Bautista de pasar de largo sobre la misión que realiza. Una misión que se basaba en la exhortación diaria a quienes se acercaban a el. Exhortaba al cambio de vida y al cambio interior. Cambio que sólo puede empezar si nos reconocemos, con humildad, incapaces de cambiar por nosotros mismos.
 
Más que comprar para olvidar, deberíamos de reflexionar con sinceridad sobre nuestra vida y pedir perdón por la falta de coherencia que llevamos a cuestas. Eso si nos llenaría el vacío que cargamos en nuestro interior.

Los cuatro evangelistas describen la predicación de Juan Bautista refiriéndose a un pasaje del profeta Isaías: «Una voz grita: “En el desierto preparadle un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios"» (Is 40, 3). San Marcos introduce también una cita de otro profeta, Malaquías, que dice: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino» (Mc 1, 2; cf. Mal 3, 1). Estas referencias a las Escrituras del Antiguo Testamento «hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar; a él hay que abrirle la puerta, prepararle el camino» (Jesús de Nazaret, I, p. 37).

A la materna intercesión de María, Virgen de la espera, confiamos nuestro camino hacia el encuentro del Señor que viene, mientras proseguimos nuestro itinerario de Adviento para preparar en nuestro corazón y en nuestra vida la llegada del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

Hemos de abrir la puerta para que la Gracia de Dios nos inunde. En nuestro interior hemos de preparar el camino al Señor con especial cuidado en no dejar nada debajo de las alfombras o escondido en un rincón. Hemos de presentarnos a Dios con sinceridad completa. Tal como somos. La intercesión de la Virgen, nuestra Señora de la Esperanza, Esperanza que se expresa en la maravillosa advocación de la “O”.

Incluso en Adviento es posible verse desbordado la vida y perder la Esperanza. En esos momentos, orar a la Virgen no deja de ser el grito que llama a nuestra Madre del cielo para que nos ayude

Es curioso, pero estas fechas tan especiales son especialmente propicias para evangelizar. El Mensaje de Cristo parece flotar alrededor nuestra, buscando en quien posarse. Quizás espera que nosotros lo llevemos a quien lo necesita con más ansia. En el fondo, nuestra misión no está alejada de la misión de Juan el Bautista. Propiciemos que otras personas abran la puerta al Señor.

Roguemos, meditemos, reflexionemos y dejemos que la voluntad de Dios nos vaya transformando día a día.