Trascendental

Ultima llamada, antes de la muerte

2018-11-02

No sólo hablamos de la muerte, sino que preferimos no verla de cerca. Hay un recurso para...

Jesús María Jordán

“La muerte a unos les da miedo, a otros envidia, a algunos les tiene indiferentes, y a los elegidos les excita la esperanza”

Obispo catalán, Dr. Torras y Bajes

No sólo hablamos de la muerte, sino que preferimos no verla de cerca. Hay un recurso para evitarnos el esfuerzo de argumentar la afirmación o la negación de algo: no pensar en ello. Eso es exactamente lo que hace el hombre moderno con la cuestión de la muerte: eludir todo pensar y toda referencia al asunto”.

Dr. Jorge Fuentes Aguirre

Muerte Cristiana

Cuando sobre mi cuerpo comience a marcarse el desgaste de mi edad, cuando se abata sobre mí, desde afuera, o nazca en mí desde dentro el mal que aminora y arrastra, en el minuto doloroso en que, de repente, tome conciencia de que estoy enfermo o que me hago viejo, en ese momento último, sobre todo, en que sienta que me escapo de mi mismo, absolutamente pasivo en manos de las grandes fuerzas desconocidas que me han formado, en todas esas horas, concédeme Dios mío, comprender que eres tú quien aparta dolorosamente las fibras de mi carne para penetrar hasta la médula de mi sustancia, para llevarme hasta ti”.

Teilhard de  Chardin

Hablemos de lo que no nos gusta hablar

Te invito a que voltees por un momento al otro lado de la vida humana y que veas la muerte por unos instantes, y que te preguntes que tal si hoy, o mañana o un poco después llega el momento de mi muerte; que no tuviera oportunidad alguna de despedirme de los que hubiera querido hacerlo, y lo que es peor, suponiéndome católico, morir con pecados mortales sin la absolución de ellos; entones ¿qué tal sería tu muerte, qué pensamientos te embargarían en ese  trayecto?.

Piensa, reflexiona, medita y luego voltea nuevamente a la vida para que hagas un examen de conciencia, para que medites y reflexiones como ha sido tu comportamiento hasta ahora. Así pues, tienes la oportunidad que muchos desearon tener antes de su muerte, la oportunidad de morir en paz y congraciarse con Dios cuando su vida se estaba acabando, antes de partir al lugar al que finalmente es el destino seguro de todos. La vida, después de la muerte, no tiene retorno ni reversa.

El total, sin excepción alguna, todos los que han muerto, nunca pensaron que ese día iban a morir, cuando la muerte les llego de repente. Tal vez algunos, se arrepintieron de todo el mal que causaron durante su vida, pero sin oportunidad de reconciliarse plenamente con Dios. En ese momento hasta los más escépticos, incrédulos, ateos y agnósticos, piensan y creen en Dios, como lo vemos tantas veces en ocasiones de inminente peligro, encomendándose a Él.

El placer, la alegría, las diversiones y la “felicidad efímera” y pasajera, el apego a la vida nos hace ignorar la muerte. Hablamos de todo menos de la muerte aún siendo evidente que será nuestro destino final. Es algo prohibido y de mal gusto hablar de ella. De igual manera vivimos marginando valores morales que deberían ser parte integral de nuestro comportamiento como seres humanos, anteponiendo la parte espiritual que es la que no muere. Los días pasan y transcurren sin la presencia debida de Dios en nuestra vida, sumando pecados, transgrediendo sus preceptos y leyes, apartados de lo recto y justo, faltando a lo que es debido, viviendo una vida sin freno, satisfaciendo apetitos desordenados que son fuente o principio de diversos deslices: lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia y soberbia, conocidos religiosamente como pecados capitales, pasando por alto los mandamientos de la Ley de Dios. Quién más, quién menos, así vivimos. Nadie, ni los santos, pudieron en alguna época de su vida marginarse de este tipo de deslices. El problema y la lucha cotidiana es vencerlos y superarlos como ellos lo hicieron.

Vale la pena recordar que el pecado es la transgresión voluntaria de un precepto tenido por bueno. Es el alejamiento del hombre de la voluntad de Dios, representada por la Ley, preceptos y estatutos dados por Dios al pueblo de Israel, y registrados en las Sagradas Escrituras.

Estas reflexiones pretenden ser una invitación oportuna a ver la vida como un sueño del que vamos a despertar cuando muramos, quién sabe cuándo, no importa cuando sea, pero no está por demás estar preparados. Aprovechemos la oportunidad que todavía tenemos de reconciliarnos con Dios y estar preparados para ese momento inesperado. Que nuestra muerte no resulte finalmente una pesadilla de nuestra vida. Más vale vivir bien, en armonía con Dios, que vivir mal dándole gusto al espíritu maligno y malogrando nuestra vida eterna. Que fortuna más grande la que tenemos de aprovechar esta oportunidad de salvación y morir en paz con Dios. Arrepentidos y perdonados.

Tan sólo el día de hoy murieron más de 160,000 personas, y en el transcurso de este año, en los primeros 10 meses la suma se eleva a 50 millones de muertes (5 millones casa mes), los que en su mayoría no pensaron que iban a morir. La característica de la muerte es precisamente la de llegar inadvertida. Lo mismo se presenta en un sin número de accidentes, por enfermedades, catástrofes o desastres naturales, o siendo víctimas de violentos ataques que culminan en asesinatos o en cualquier tipo de guerra o masacre.  La muerte no respeta edades, ni géneros y se presenta en circunstancias imprevistas e inesperadas.

Hay muertes previsibles que dan tiempo de preparación para esperarla. Otras muertes, en cambio, ocurren sorpresivamente, de golpe, como un relámpago fulminante. La muerte nos acecha desde el momento mismo que somos concebidos en el seno materno.

Bien lo dice Jesucristo: “Estén listos con la túnica puesta y las lámparas encendidas… También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen vendrá el hijo del hombre. (Lucas 12, 32-48).

Y tenemos que estar preparados. Tenemos que vivir cada día de nuestra vida en la tierra como si fuera el último día de nuestra vida. Es la recomendación de ese gran Santo de la Iglesia, San Francisco de Sales.

Jesús dijo también, una vez más, de otra manera: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. (Mateo 24,42-51).

Jesús puso como ejemplo, a modo de advertencia, en una de sus parábolas, la siguiente reflexión a propósito de la muerte:

«Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: "¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?" Y dijo: "Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea." Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios». (Lucas 12, 13-21)

En otras de sus parábolas, la del rico Epulón y el pobre Lázaro, sobre el mismo tema, haciendo una analogía sobre la vida y la muerte, sobre los bienes materiales y las riquezas, Jesús cuenta:

"Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día celebraba espléndidos banquetes. Un pobre, en cambio, llamado Lázaro, yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros acercándose le lamían sus llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado. Estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo: Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas. Contestó Abrahán: Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora, pues, aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros. Y dijo: Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos. Pero replicó Abrahán: Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan! Él dijo: No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán. Y les dijo: Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán, aunque uno de los muertos resucite”. (Lucas 16,19-31)

Una cita más de Jesús que encontramos en el Evangelio, para escudriñar y discernir: «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón». (Mateo 6,19-23)

La venida de Jesús al mundo tuvo como propósito central, el revelarnos el misterio de la muerte y lo que nos espera después de ella, una vida eterna incierta según merezcamos. Afortunados somos al ser una generación posterior a la aparición de Jesucristo en la tierra, porque por los testimonios verosímiles de su existencia tenemos la gracia de saber todo lo que predicó, de poder saber lo suficiente para advertir y reflexionar sobre nuestra mortandad y la esperanza de llegar al “Reino de los Cielos”, al encuentro con Dios. La certeza de la divinidad de Jesucristo se manifiesta evidente y sublimemente con su resurrección, además del cumplimiento fiel de las profecías que cientos de años atrás revelaron los profetas. San Pablo subraya en una de sus cartas, Corintios 15,14: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”.

¿Vale acaso la pena cambiar esta corta vida de apenas unas decenas de años, o de múltiples riquezas, por una vida eterna que no tiene fin? La elección no tiene vuelta de hoja, aunque nuestra vida terrenal nos parezca muy larga o que nuestras riquezas sean enormes. El final llega tarde o temprano sin avisar. El cuerpo es el que muere, el espíritu sigue viviendo. Somos espíritus encarnados. Que la muerte no nos sorprenda desprevenidos y desprotegidos.

Bien dice el dicho popular “más vale vivir bien que vivir mal”, sin remordimientos ni aflicciones constantes. A veces unos instantes de placer desenfrenado, de infidelidad, o cualquier clase de pecado que se comete, dura después en nuestra memoria toda la vida. El remordimiento no se aleja, no hay forma de callar nuestra conciencia, ni el alcohol ni las drogas, ni las pastillas tranquilizantes la apagan. Lo placentero y mundano se acaba. Lo bueno es lo único que cuenta a favor frente al juicio de Dios.  

En la conciencia se encuentra el conocimiento que un ser tiene de sí mismo y de su entorno. Es esa voz interior que nos dice si son correctas o no nuestras acciones.

“En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal [...]. El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón [...]. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz clama en lo más íntimo de ella”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1776).

En el Nuevo Testamento, San Pablo, en el libro “Romanos” (1. 18-32), encontramos las siguientes citas que resultan oportunas mencionar en este contexto:

La culpabilidad del hombre

"Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó".

"Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa. A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles. Por eso Dios los entregó a los malos deseos de sus corazones, que conducen a la impureza sexual, de modo que degradaron sus cuerpos los unos con los otros. Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre. Amén. Por tanto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas. En efecto, las mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza".

"Así mismo los hombres dejaron las relaciones naturales con la mujer y se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros. Hombres con hombres cometieron actos indecentes, y en sí mismos recibieron el castigo que merecía su perversión. Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no solo siguen practicándolas, sino que incluso aprueban a quienes las practican".

Que estas reflexiones y remembranzas sirvan para forjar una “vida eterna venturosa”, que se vean como amonestación oportuna para que no haya pretexto ni excusa de no haber sido advertido con oportunidad de la gracia que tenemos para no condenarnos a un destino final sombrío y tétrico, y si en cambio para trascender a una vida espiritual eterna y gloriosa. Ante Dios no podremos decir “no lo sabía, nadie me lo dijo”.

De la misma forma que aseamos nuestro cuerpo cuando nos bañamos, así también, escrupulosamente, más aún, deberíamos limpiar y asear nuestro espíritu para que nuestra alma se mantenga limpia y radiante. Bien nos dice Jesús: El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. (Juan, 6:63).

También dentro de los Evangelios encontramos varias advertencias de Jesús llamando nuestra atención con el propósito de que las reflexionemos, meditaciones que son al mismo tiempo cabales sentencias: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. (Mateo, 23: 27). Y llamando junto a sí a la multitud, les dijo: Oíd y entended: no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre. (Mateo 15:11).

El miedo y te temor a la muerte es precisamente la manifestación misma del reconocimiento de la existencia de Dios. Aparentemente, convencionalistamente, Dios no existe y no nos espanta, pero la muerte sí. Porque conscientemente pensamos que cuando muramos enfrentaremos cabal e inequívocamente la justicia de Dios, aunque nos engañemos al pensar o decir que no creemos en Él. Muchos de los que se dicen ateos manifiestan esta negación por convencionalismo insensato, porque según su conducta no les conviene creer en Él: no hay Dios, no hay pecados, todo se vale…

Bajo advertencia no hay engaño. ¡Salva tu vida, defiéndela!, que la maldad no te domine, que tu espíritu sea más fuerte que la debilidad de tu cuerpo. No es nada sensato cambiar la vida humana, efímera, por una vida imperecedera y perpetua. Nadie cambiaría lingotes de oro por cacahuates, a cambiar la vida eterna por una vida de corta duración

En el libro del Apocalipsis, Capítulo 3:3, se cita esta reprensión: Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.

También en el Nuevo Testamento, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas cita la siguiente amonestación: "Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que sus pecados sean borrados, a fin de que tiempos de alivio vengan de la presencia del Señor”. (Hechos, 3:19)

La muerte puede ser un jardín de rosas o un valle de espinas, para cada quién según el balance final de su vida.

REFLEXIONES FINALES

Lo que uno siembra en su vida lo habrá de cosechar. Los que observan la ley de Dios tendrán la felicidad en esta vida y en la otra. Los que la rechazan no prosperarán. El Salmo 1 nos habla de la felicidad, al igual que el primer discurso de Jesús que comenzará con ¡Dichosos!...

 "Dichoso el hombre que no va a reuniones de malvados, ni sigue el camino de los pecadores ni se sienta en la junta de burlones, más le agrada la Ley del Señor y medita su Ley de noche y día.  Es como árbol plantado junto al río que da fruto a su tiempo y tiene su follaje siempre verde. Todo lo que él hace le resulta. No sucede así con los impíos: son como paja llevada por el viento. No se mantendrán en el juicio los malvados ni en la junta de los justos los pecadores.  Porque Dios cuida el camino de los justos y acaba con el sendero de los malos."

San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, en uno de sus libros (Preparación para la muerte) proporciona meditaciones sobre las verdades eternas para aquellas almas que quieren perfeccionar su vida espiritual:  “En el trance de la muerte, el recuerdo de los deleites que en la vida disfrutamos y de las honras adquiridas sólo servirá para acrecentar nuestra pena y nuestra desconfianza de obtener la eterna salvación... ¡Dentro de poco, dirá entonces el infeliz mundano, mi casa, mis jardines, esos muebles preciosos, esos cuadros, aquellos trajes, no serán ya para mí! Sólo me resta el sepulcro".

“Todo ha de acabar. Y si en la muerte pierdes tu alma, todo estará perdido para ti. Considérate ya muerto—dice San Lorenzo Justiniano—, pues sabes que necesariamente has de morir. Si ya estuvieses muerto, ¿qué no desearías haber hecho?... Pues ahora que vives, piensa que algún día muerto estarás.»

“Dice San Buenaventura que el piloto, para gobernar la nave, se pone en el extremo posterior de ella. Así, el hombre, para llevar buena y santa vida, debe imaginar siempre que se halla en la hora de morir.

Exclama San Bernardo: Mira los pecados de tu juventud, y ruborízate; mira los de la edad viril, y llora; mira los últimos desórdenes de la vida, y estremécete, y ponles pronto remedio".

“Cuando San Camilo de Lelis se asomaba a alguna sepultura, decíase a sí mismo: «Si volvieran los muertos a vivir, ¿qué no harían por la vida eterna? Y yo, que tengo tiempo, ¿qué hago por mi alma?» “Sabe, pues, aprovecharte de este tiempo que Dios, por su misericordia, te concede, y no esperes para obrar bien a que ya sea tarde, al solemne instante en que se te diga: ¡Ahora! Llegó el momento de dejar este mundo. ¡Pronto!... Lo hecho, hecho está.»

“Llaman los mundanos feliz solamente a quien goza de los bienes de este mundo, honras, placeres y riquezas. Pero la muerte acaba con toda esta ventura terrenal. ¿Qué es vuestra vida? Es un vapor que aparece y dura muy poco.»

Más vale el día de la muerte que el día del nacimiento” (Eclesiástico 7,1)

“El que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará la vida eterna” (Gálatas 6,8).}

 “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás, sino que vivirá para siempre” (Juan 11,25-26).

“Enjugará Dios toda lagrima de sus ojos y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni clamor, ni dolor; porque el mundo viejo ha pasado” (Apocalipsis 21,4).

“Las almas de los justos están en manos de Dios y no las alcanzará tormento alguno. Creyeron los insensatos que habían muerto, tuvieron por desdicha su salida de este mundo, y su partida de entre nosotros por completa destrucción. Pero ellos están en paz” (Sabiduría, 3,1-3).

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. (Efesios 4:29-32).

El tema de la muerte

Finalmente, en el libro del Dr. Jorge Fuentes Aguirre: “Para dar vida a la muerte”, habla de tres temas tabúes de nuestro tiempo, de los cuales casi no se habla en las conversaciones cotidianas: Dios, la espiritualidad y la muerte"

“Y por último, la muerte. ¡Ah, eso de la muerte! A pesar de que el morir es lo único que tenemos seguro de la vida, y de que vemos acontecer la muerte todos los días, el tema de la muerte y del morir es otro enorme tabú. Tal vez el que más descaradamente evadimos”.

“Para el común de las personas. Dios no ocupa lugar en su vida diaria. Les interesan cosas más prácticas, útiles y concretas, ésas con las que se vive aquí y ahora”.

“Tres temas tabúes de nuestro tiempo: Dios, el espíritu, la muerte. Temas evitados. A pesar de su trascendencia en la vida por ser principio, sentido y fin del existir humano. El espíritu que nos hace vivir: La muerte que tenemos segura. Y Dios que nos espera”.

CONCLUSION

Que más testimonios necesitamos para creer en todo lo que hemos leído. Quién y bajo que argumentos podría negar la existencia: vida, pasión y muerte, de Jesucristo, que vino al mundo a enseñarnos y darnos el mensaje de Dios. Y así lo dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la vida, el que cree en mí, aunque muera, jamás morirá”.

Afortunados somos al tener la gracia de poder saber todo lo que sabemos de Él.

Epilogo

«Quien tenga oídos para oír, que oiga»

Jesús les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción:

«Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas?

El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».

Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación».

Evangelio, Marcos 16,9-15



JMRS