Del Dicho al Hecho

La extraña pareja: Trump-Xi Jinping

2017-11-14

Por su parte, Trump, el presidente tuitero de la democracia más antigua, pretende rescatar...


Hace tiempo que China y Estados Unidos invirtieron sus papeles. Al menos desde que éstos son los deudores. Obama, subido a su inmaculado y acorazado púlpito, advirtió del círculo vicioso que penalizaba a su país: los estudiantes chinos sufragan las universidades privadas americanas más prestigiosas y se llevan el conocimiento. El pasado viernes, las dos primeras economías intercambiaron definitivamente banderines en Vietnam, el "trasero del tigre" durante la Guerra Fría.

Tras la última cumbre del G-20, Pekín se erigió en el adalid del multilateralismo y la globalización; Washington, del bilateralismo y proteccionismo. Xi Jinping lidera un modelo capitalista de Estado, dirigido y de partido único: una tiranía abierta al mundo. Fue Deng Xiaoping, sucesor de Mao, quien se dio cuenta del hallazgo americano. Cuando Estados Unidos era un país recién nacido, en bancarrota y sin Armada, el revolucionario Thomas Paine aseguró que el plan de viabilidad, supervivencia y dominio era el comercio. La nueva nación lo ejecutó a la perfección. Por su parte, Trump, el presidente tuitero de la democracia más antigua, pretende rescatar el orgullo patrio replegándose sobre sus propias fronteras. Su estrategia es la bilateralidad, pero ignora que tarde o temprano generará contradicciones y conflictos de intereses. Las alianzas parceladas y circunstanciales no suelen acabar bien. Y Rusia siempre merodea por Asia, nuevo centro del globo.

Estados Unidos no entrega la batuta, sencillamente no la lleva y prefiere disimularlo. A finales del XIX, los inmigrantes chinos constituían el 9% de la población de California. El país asiático siempre fue un incordio para Estados Unidos, que trataba de regular la llegada masiva de trabajadores asiáticos. Tras varias décadas de convenios, en 1882 el Congreso aprobó la Ley de Exclusión de Chinos, vigente hasta 1943.

Luego vino la revolución maoísta, la venta de armas americanas a Taiwán y el progresivo alejamiento chino de la órbita soviética, que facilitó el equilibrio entre los dos enemigos íntimos. Como explica Kissinger, tras haber resistido la amenaza de Moscú, China estaba en disposición de recuperar su capacidad de maniobra. La URSS y Estados Unidos se empantanaron en Oriente Próximo mientras China, que nunca manifestó aspiraciones coloniales, se centró en preservar su área de influencia y aplicar a Asia su propia Doctrina Monroe, o sea, asegurar que las cosas del Continente se resuelvan dentro.

China no quiere pelea pero reclama aguas en el que considera su Mar. Los acuerdos multilaterales y la hegemonía comercial facilitan su política de hechos consumados. El equilibrista Trump vive al día, entre Pekín, el Kremlin y Tokio. El primer Bush fue un gran diplomático y además conocía China. La matanza de Tiananmén le pilló por sorpresa y recién llegado. Fue un baño de realidad. Propuso sanciones, mostró su indignación y aceptó que el régimen comunista era granítico. Ahora mucho más. Tras consumar su pujante capitalismo de partido, es un incómodo, necesario, grosero, potentado y turbio aliado, dueño de la bolsa, el clima y el balón.



yoselin

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