Valores Morales

Fidelidad: una fe para toda la vida

2016-01-03

No es raro que muchas personas cuando llegan a cierta edad reconsideran su relación con la fe,...

Una constante en la vida de Fe es que es fácil comenzar, pero difícil continuar.

Cada persona tiene una historia personal en su relación con Dios y con la fe. En algunos casos se remonta a la niñez, con las enseñanzas de nuestros padres. En otros casos hay largos períodos de alejamiento hasta que un día Dios toma la iniciativa. No es raro que muchas personas cuando llegan a cierta edad reconsideran su relación con la fe, cuando se dan cuenta de cómo Dios ha estado siempre presente en sus vidas.

El conocer nuestra fe siempre entusiasma. Cuando el Espíritu Santo actúa en nosotros y nos permite entender cosas que antes no comprendíamos, o cuando se llena nuestro vacío interior con la presencia de Dios, hay un período de gran entusiasmo y alegría. Sin embargo los seres humanos siempre tendremos una constante lucha interior.

Cuando leemos las Sagradas Escrituras, podemos ver que los seres humanos nunca hemos sido particularmente fieles a Dios. Basta darle un vistazo al Antiguo Testamento para percatarse de ello. Por ejemplo, cuando leemos el Éxodo, es fácil pensar “qué barbaridad, qué cabeza dura eran los judíos: Dios los liberó de la esclavitud en Egipto, les dio de comer con el maná caído del cielo, les prometió su propia tierra, ¿Y qué hacen ellos? Van y construyen un becerro de oro” (Ex 32,8). Y casi inmediatamente después de pensar eso, uno se da cuenta que nuestra historia personal es muy similar.

Decía el beato Josemaría que “La conversión es cosa de un instante. -La santificación es obra de toda la vida” (Camino N° 285).

La vida de fe, la vida interior, es un camino siempre cuesta arriba en el que es difícil avanzar, y fácil retroceder. En cierta forma, la vida interior es como nadar: la única manera de seguir a flote y no hundirse es nadando.

Las infidelidades que podemos tener con Dios pueden ir desde un mero alejamiento de Él hasta ofenderlo gravemente.

Cuando nos hacemos el propósito de llevar nuestra fe con más profundidad al poco tiempo nos damos cuenta que no es sencillo. Por ejemplo, al hacerse el propósito de hacer oración, uno concluye rápidamente que sentarse -aunque sea solo diez minutos- a conversar con Dios no es nada fácil. Si un día decidimos rezar diariamente el Rosario, nos daremos cuenta al poco tiempo de que cuesta trabajo concentrarse o incluso hallar el tiempo necesario dentro de las actividades cotidianas. Si seguimos así, terminaremos incluso teniendo pereza para ir a Misa los domingos.

Por otra parte, nuestros propósitos de estar continuamente en presencia de Dios pueden naufragar rápidamente entre el montón de actividades que tenemos todos los días. Ver a Dios en nuestro trabajo, en nuestro trato con los demás o en nuestra vida familia requiere un esfuerzo que podemos dejar fácilmente.

Pero el no encontrar tiempo para Dios y alejarse paulatinamente puede provocar que un día le ofendamos seriamente. Quien es fiel en lo poco es fiel en lo mucho, nos cuenta Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio (Mt 25, 14-30). Las pequeñas infidelidades van llevando a las grandes, y un día acabamos diciendo una mentira seria, o tratando mal a nuestros padres, o cometiendo una falta grave contra la castidad. Y entonces recordamos claramente al pueblo judío. Nosotros mismos, a pesar de todas las cosas maravillosas que nos da Dios, del vacío que llena, del gran amor que nos tiene y los continuos milagros que obra en nuestras vidas, le somos infieles.

Dios respeta absolutamente nuestra libertad, y deja que tomemos nuestras propias decisiones. Acercarse a Él, reconciliarse tras una falta grave, es una tarea que le corresponde a nuestra voluntad.

Para ser fieles, necesitamos que la llama del amor por Dios esté continuamente alimentada. Los grandes propósitos también llevan a los grandes descalabros. Debemos decidirnos a seguir a Jesucristo en serio, pero estar concientes de nuestras limitaciones y de nuestra natural falta de fidelidad y pedirle a Dios ayuda en nuestra debilidad.

Para que nuestra fidelidad a Dios dure toda la vida, los pequeños actos y detalles son cruciales. Es fundamental formularse un pequeño plan para toda la vida, para todos los días. Son pequeñas acciones que, en conjunto, nos llevan a serle fieles a Dios toda la vida:

Plan de vida

1. Al levantarnos, dar gracias a Dios y ofrecerle todas nuestras labores.

2. Leer todos los días el Evangelio. Basta con unas cuantas páginas leídas con cuidado, con atención, tratando de “meternos”, como si fuéramos un personaje más.

3. Rezar el Ángelus al mediodía, para recordar a la Santa Madre de Dios.

4. Leer algún libro espiritual diez minutos. La lectura ha hecho muchos santos, así que siempre se puede tener un libro que nos ayude a reflexionar (puede utilizarse La Imitación de Cristo de Kempis, alguna antología de San Agustín, “Camino” del Beato Josemaría, o cualquier otro clásico de espiritualidad)

5. Hacer un rato de oración. Pueden ser quince minutos todos los días, pero lo importante es hacernos la disciplina de rezar a una hora fija, y de rezar exactamente el tiempo que nos propusimos.

6. Hacer en la noche un breve examen de conciencia: qué hicimos bien, qué hicimos mal, qué pudimos hacer mejor.

Este inicio del plan de vida, debe llevarnos a encender la llama de la fidelidad, y con el tiempo deberíamos agregar a este plan la misa diaria, el rezo todos los días del Santo Rosario, media hora de oración en la mañana y media hora en la noche y, muy importante, confesarnos cada 8 días (aún si no tenemos pecados graves, pues el sacramento de la reconciliación también nos da una Gracia adicional para evitar las caídas).

Recordemos siempre lo que nos enseñó Jesús con la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32). Aunque seamos infieles por nuestra condición humana o por nuestra debilidad o falta de voluntad personal, acerquémonos a Dios en el sacramento de la reconciliación, y Él, como nos lo narra el Evangelio, nos llenará de besos.

Pidámosle a la Santísima Virgen María, ejemplo incomparable de fidelidad, que nos enseñe a tener siempre encendida la llama del amor a Dios, para que nuestra vida de fe sea un “sí” para siempre.



JMRS

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