Testimonios

La Virgen y la orden de predicadores

2012-10-06

En las primeras páginas nos cuenta cómo la Virgen consiguió de su Hijo, después de paciente...

Autor: Chus Villarroel O.P

Allá por los años de 1230 había una santa ermitaña en Lombardía que habiendo oído de la fundación de una Orden de Predicadores deseaba con mucho afán ver alguno de ellos. Un día pasó por allí fray Pablo y su compañero predicando. Al saber que eran de la Orden recién fundada fue a verlos y los encontró, jóvenes, altos y guapos. Al instante los juzgó: “Estos no pueden durar mucho tiempo viviendo en continencia”. Unos días después sintió a la Virgen muy cerca de sí que le decía: “Me has ofendido gravemente. ¿No crees que yo pueda guardar a mis jóvenes predicadores libres de todo pecado? Has de saber que esta Orden está bajo mi especial tutela (VH VI, & IV).

Esta anécdota nos la narra un libro de sucesos y hechos acaecidos al principio de la Orden que recopiló fray Gerardo de Frachet hacia 1258 por mandato del maestro general Fray Humberto de Romans. Se pensó como un libro ad usum privatum, para que fuera leído y disfrutado al interior de la Orden. Cosas de familia, podríamos decir, que en un principio estaban destinadas a los novicios recién llegados. Más tarde los superiores se dieron cuenta que dichos relatos eran algo más que anécdotas o simples exhortaciones a novicios. Podían llegar a ser un verdadero fundamento espiritual para la Orden entera. De ese modo se pidió a todas las provincias que aportaran sus relatos para que el tiempo no los borrara del corazón dado que  se iban perdiendo ya bastantes cosas y habían pasado tan solo algo más de treinta años desde el inicio de la Orden. Todas estas tradiciones, agrupadas en un libro, fueron oficialmente aprobadas por el capítulo general de Estrasburgo en el año 1260. El libro se tituló “Vidas de los hermanos”.

En las primeras páginas nos cuenta cómo la Virgen consiguió de su Hijo, después de paciente intercesión, la fundación de una Orden de Predicadores. La reflexión al caso es encantadora. Se nos dice que María es piadosísima auxiliadora del género humano y que por eso se le llama nube, porque atempera la ira y severidad de Dios con los pecadores. Se le llama igualmente propiciatorio porque gracias a él, Dios perdona nuestras culpas. Pues bien, llegada una época en que abundaba grandemente el pecado en el mundo a causa de la ignorancia, la Virgen de rodillas le suplicaba continuamente a su Hijo que fundara una Orden de predicadores y maestros para remedio de los males del mundo.

El Hijo de María no estaba tan inclinado a ejercer la piedad como la madre, él salía más bien por los fueros de la justicia. Le decía a su madre: “¿No ves cuantas injurias me hacen? Mi justicia no puede dejar impunes tantos males. ¿Qué más quieres que haga, madre mía? Envié profetas y patriarcas para su salvación y apenas les hicieron caso. Fui yo mismo y les envié a mis apóstoles y acabaron dándonos muerte a todos. Envié a muchos mártires, doctores y confesores y tampoco les han hecho caso. Mas, como no es justo que te niegue nada les daré los predicadores que me pides para que reciban luz de ellos y se corrijan. Pero, si no se enmiendan, me vengaré e iré contra ellos”.

Uno disfruta un montón con la ingenuidad de estos textos. Yo creo que es un don maravilloso poder acoger estas cosas en el corazón sin juzgarlas. El que haya superado su racionalismo y sea capaz de hacerlo entrará en la dimensión de los dones y frutos del Espíritu y le aumentará la fe. Mejor dicho, más que aumentar, sucederá en su fe un cambio cualitativo. Se sentirá niño y feliz con estos relatos que, aunque sean leyendas, obran en el corazón. Para los adultos serios la verdad consiste en la adecuación de un predicado a un sujeto, a los niños les da igual que el predicado sea una fantasía inventada. Y digo yo, ¿por qué no nos puede hablar Dios como si fuéramos niños? A mí me gusta que me hable así.

La Orden a lo largo de los siglos se ha creído estas leyendas y por eso sigue subsistiendo. Es más, lo celebra con mucho gozo. Se lo cree hasta el punto de inventarse una fiesta que se celebra el día 8 de Mayo y que se llama Patrocinio de la Virgen María sobre toda la familia dominicana. Y es que desde el principio tuvo una gran experiencia de protección y este hecho llena de gozo a los corazones más sencillos que la veneran como patrona celestial y protectora. Santo Domingo contó que el Señor se  le apareció en nuestro convento romano de Santa Sabina y le dijo: "He entregado tu Orden a mi Madre". Los frailes primitivos con Domingo a la cabeza, se extasiaban en sus viajes por Europa en la contemplación y en el canto de himnos marianos como la Salve Regina o el Ave, maris stella,  porque caminaban bajo su protección.

Lo bueno de todo esto es que esa protección se sigue ejerciendo. Yo tengo mi pequeña experiencia de ello. Hace casi tres años me operaron de un duro tumor maligno en el recto. Me hicieron una ileostomía y me pusieron una bolsa durante tres meses y medio. No se lo deseo a nadie. Una noche fue especialmente trágica. Dormía en un hotel. Hacía las cuatro de la mañana me empezó un dolor intenso en la pierna izquierda. Como me veía atacado por tantos frentes apenas hacía caso. Me levanté por enésima vez a ver qué ocurría. Un espectáculo. Me acometían todos los males: la próstata rabiosa, la herida sin cicatrizar, un picor extrañísimo (más tarde me enteré que era alergia a la crema de áloe), la bolsa que se me caía, y en la pierna me había salido de repente un cordón flebítico desde la ingle hasta el pie. Era lo que más me molestaba juntamente con el picor. Sin saber qué hacer me agaché sobre el lavabo para mojarme la pierna con agua fría y de repente me comienza una hemorragia por la nariz. Todo esto en medio de la noche y sin poder llamar a nadie. Por supuesto ni un minuto de sueño.

Pese a todos estos males en lo que podía seguía predicando. Evidentemente clamaba al cielo con bastante insistencia. En un momento dado sentí que el Señor me decía: “Tú sigue predicándome a mí sin tantos miedos y complejos sobre el futuro. En cuanto al tema de tu enfermedad trátalo con mi madre”. ¡Mi enfermedad la tenía que tratar con su madre..! Yo nunca había tenido un trato demasiado íntimo con ella. Lo pedía y lo buscaba pero no se me había dado. Como es lógico entregué en el acto toda mi enfermedad a María. No me  ahorró ningún paso ni  sufrimiento pero su protección maternal la he visto tan palpable que mi Virgen personal es la Virgen del detalle.

Hasta que tuve esta experiencia (y algunas otras) mi predicación kerigmática siempre había consistido en el anuncio escueto de Jesús como Señor y Salvador. Evidentemente lo sigue siendo pero desde que voy descubriendo la protección de María me doy cuenta de que a mi anuncio le faltaba la parte maternal y misericordiosa. Hay una compasión muy propia de las madres que supera incluso la objetividad del pecado. Cristo carga con nuestras culpas pero en las caídas y precariedad del día a día necesitamos unos ojos misericordiosos. No hablo sólo de cosas morales sino de desánimos, fatigas, frustraciones

La Virgen decía a la ermitaña: “¿No crees que yo pueda guardar a mis jóvenes predicadores libres de todo pecado?” No todos los dominicos somos altos, jóvenes y guapos pero la marca de la casa se cotiza al alza  sobre todo en el orden intelectual y necesitamos el patrocinio continuado de la sencillez y la pobreza de espíritu. La figura de María como mujer y como madre es esencial en medio de aquellos que se dedican al estudio y a la fría intelectualidad.

Por eso para el equilibrio de nuestra vida es buenísima la terapia con la que comienza el libro de la Vida de los Hermanos. Es bueno creernos que la Orden nació de la intercesión de María. Nuestro padre no es Aristóteles. María fue la que nos engendró. Si no te lo crees pregúntaselo a tu vida cuando estés sufriendo. Seguro que el Señor te va a responder: “El tema de tu enfermedad trátalo con mi madre”. No tengas prevenciones: María está hoy tan viva como cuando nació la Orden e intercede ahora como lo hizo entonces. A lo mejor entonces se lo creían un poco más pero ahora el desamparo no es menor.

La monja y el fraile dominico aprenden en el noviciado la devoción a la Virgen. Mi maestro de novicios no era un gran intelectual, no nos hizo sabios pero sí nos hizo amantes de todas las historietas, sucesos y anécdotas que se nos narran del principio de la Orden. Todas las noches, después de las Completas, se hacía una pequeña procesión por la Iglesia cantando la Salve. Cuando llegábamos a la mitad nos parábamos y, colocados en el centro en dos filas, el hebdomadario pasaba por el medio y nos rociaba a todos con agua bendita. Una vez terminada la Salve volvíamos a nuestros lugares cantando la antífona de Santo Domingo. El colofón de este canto de la Salve acontecía el sábado con las letanías del rosario cantadas, terminando con la antífona “Inviolata” y otras, todo ello con músicas preciosas y superungidas que traspasaban el alma. Día a día y semana tras semana, a lo largo de muchos años, estos actos imprimen carácter.

El maestro nos comentaba los libros primitivos: “Fue en los dominicos, nos decía, donde comenzó el canto de la Salve después de Completas[1]. Ahora lo hacen casi todas las Órdenes religiosas. Nació esta costumbre en tiempos de Fray Jordán de Sajonia, primer sucesor de Santo Domingo como maestro general de la Orden. La causa fue que el demonio, celoso y ardiendo de envidia por el fruto espiritual de la predicación, declaró la guerra a la Orden y a muchos frailes personalmente. Según contaban los que estuvieron presentes en Bolonia y en París fueron tremendos los ataques. A uno le presentaba un horno ardiente donde iba a ser arrojado. A otro fraile se le representaba en forma de una delicada mujer que lo abrazaba. A éste bajo la forma de un asno con cuernos. A otro le arrojó una serpiente de fuego. A otros los azotaba y hacía objeto de escarnio. El miedo a estos fantasmas nocturnos obligó a los frailes a ponerse como centinelas unos de otros mientras dormían. Decidieron entonces los hermanos recurrir a su poderosísima esperanza la Virgen María y poco antes de ir a dormir le comenzaron a cantar la Salve en el coro. Al poco tiempo de iniciarse esta costumbre habían desaparecido todas las asechanzas y temores nocturnos”. Los novicios, en las rasas y frías noches del invierno, bajo las altísimas estrellas del cielo de La Mancha, en Ocaña, nos íbamos a dormir relajados con la sensación inconsciente en el alma de que alguien velaba por nosotros.

En otra ocasión el maestro nos explicaba la razón del agua bendita con la que nos aspergían. Nos contaba que un fraile de los primeros tiempos se encontraba orando poco antes de acostarse y  se vio sorprendido por una aparición: Vio a la Virgen con otras dos jóvenes[2] que venían por el pasillo bendiciendo con agua bendita a los frailes que dormían. Pasó de largo ante la celda de uno sin aspergerle. El vidente corrió a los pies de la Señora y le preguntó quién era ella y por qué no había bendecido a aquel fraile. Ella respondió: “Soy la Madre de Dios y no le he bendecido porque no está bien preparado. Dile que se prepare. Amo con especial cariño a tu Orden y me agradan mucho las plegarias con las que me invocáis. He conseguido de mi hijo que nadie dure mucho tiempo en la Orden si está en pecado mortal para no mancillarla”.

La mayoría de los novicios teníamos alrededor de los 18 años. Algunas veces nos reíamos de las cosas que nos decía el maestro. Era un hombre grandote y tierno; le gustaba comer bien y con frecuencia lloraba en la oración o con el niño Jesús en brazos. Lo mejor que tenía es que no culpabilizaba a nadie. No era moralista ni pelagiano, pese a la época. Estaba dentro de la tradición de la Orden que aunque denuncie una situación de pecado no lo hace desde el moralismo sensiblero ni desde la culpabilización morbosa. Este maestro nunca nos denunció algo en clave de pecado sino de negligencia, de pereza, o de conciencia dormida.

Finalmente, para acabar este tema tengo que confesar que el maestro nos obligaba a rezar algo que llamábamos “María”. Este acróstico recitado en los pasillos, recuerda al primitivo Oficio parvo de la Virgen María que se rezaba antes del oficio canónico en los pasillos de los dormitorios. Las primeras constituciones decían: Oída la primera señal para los Maitines los frailes se levanten diciendo el Oficio de la Virgen María según los tiempos. Nosotros lo hacíamos todos los días antes de ir a Vísperas en un pasillo del noviciado, delante de una imagen de la Virgen. Se trataba de cinco salmos acrósticos, es decir, que juntando la letra inicial de cada uno se formaba el nombre de María. No nos hacía demasiada gracia pues nos parecía una baratija en el orden de las devociones. El maestro, sin embargo, la presentaba como un ramillete de flores a la Madre del cielo. Desde que salimos del noviciado seguro que no la hemos vuelto a rezar pero en la mayoría dejó su huella porque después de tantos años lo recordamos perfectamente.

Podemos terminar la relación de estos datos históricos diciendo que también consta históricamente que los dominicos fueron los primeros que añadieron en el Confiteor Deo (Yo confieso) la mención a María, a los ángeles y a los santos[3]

Los dominicos no vivimos la devoción a María creyéndonos seres privilegiados por encima de otros. No pensamos que por ser una Orden muy importante, con tantos santos y una historia tan significativa para la Iglesia, nos merezcamos atenciones y distinciones del cielo especiales. Tampoco pensamos que nos vienen por ser especialmente buenos sino porque en el ejercicio de nuestro carisma tenemos una necesidad especial de las atenciones de María; ya que  somos  pecadores, somos "jóvenes" e inexpertos en el camino de la perfección, y  poco experimentados en las virtudes, como se recoge en el libro de la “Vida de los hermanos”.  A lo largo de la Edad Media, la Iglesia gustaba de representar la imagen de María protegiendo a los pecadores bajo su manto, ella es el “Refugio de los pecadores”. Pues bien, esa es la gran imagen que más motiva la devoción dominicana a la Virgen.

El Maestro de la Orden, fray Humberto de Romans, ya pensaba en el siglo XIII que la razón más importante que tenemos los dominicos para invocar a María y elegirla como Patrona es por nuestra indigencia y necesidad. Está claro, nos dice, que la Virgen está puesta como ayuda y abogada de los desamparados. No es insensible o dura con los que se acercan a ella sino que está llena de ternura, de piedad y de gracia, de mansedumbre y misericordia. El Cantar dice de ella que es suave (Ct 6, 3, Vulgata). Por tanto ya que ella puede ayudarnos tanto con su patrocinio, debemos preferir su patrocinio al de cualquier otro.

Según los libros antiguos la Virgen ejercía vigorosamente este patronazgo librando a los frailes de toda clase de peligros y tentaciones. La lucha contra el demonio fue épica en aquellos tiempos. Se nos cuenta que libró a un novicio del amor que tenía a un perrito que entre todas las cosas que había dejado en el mundo era lo que más le costaba olvidar. A otros del amor excesivo a los parientes y amigos e, incluso, a los libros.

Había un novicio que deseando salir de la Orden por las graves tentaciones que padecía consultó con un virtuoso fraile que después de infundirle ánimos le dijo: “Oh, miserable, ¿qué piensas hacer? Elegiste un día a Cristo y a su madre y ahora quieres despreciar el bien y abrazar el mal. Coge tu correa y echándotela al cuello vete ante el altar de la Santa Virgen diciéndole de corazón: “Oh, señora mía, yo soy tu siervo, acógeme por mi bien y no defraudes mi esperanza”. Así lo hizo y, al instante se desvaneció la tentación y llegó a ser elocuente y fervoroso predicador (VH, XVII, & VIII).

Un sacerdote  entró en la Orden en Gante, Flandes. Pronto se vio acosado porque no podía hacer las cosas con las que antes servía al Señor. No podía dar limosnas, ni socorrer a nadie, ni visitar enfermos, ni predicar ni oír confesiones. Una tarde se quedó dormido ante el altar de la Virgen María. Entonces la Virgen se le presentó en visión con dos vasos de vino. Probó el primero. La Virgen le dijo ¿qué has bebido? Un vino, contestó, turbio, insípido y con posos. Tomó del otro. Y ¿ahora? Un vino óptimo, limpio, dulcísimo y depurado. La virgen mirándolo con ternura le dijo: “Así como hay diferencia entre estos dos licores que has gustado, la hay también, aunque mucho mayor, entre la vida que vivías en el mundo y ésta que has abrazado en la Orden. No temas ni desmayes porque yo te prestaré mi apoyo”. Llegó a ser un gran profesor y devoto predicador. (VH, XVII, VII).

La ingenuidad de estos relatos es una terapia para el alma de nuestro tiempo. Da la impresión de que en aquella época no tenían desarrollado el juicio crítico ni el racionalismo había hecho estragos todavía en aquellas gentes. Qué tiempos tan distintos al nuestro. Sin duda estaban dotados de un gran don de piedad porque para que se dé esta ingenuidad y sencillez de corazón se necesita el don del Espíritu. Con este don estaban a gusto con las cosas de Dios sin albergar dudas y sin sospechas metafísicas o científicas que nublaran su fe. La razón, que en tiempos posteriores tanto ha inquietado los corazones sencillos, entonces estaba aún tranquila y sometida a lo absoluto de la fe. Gozaban de una claridad meridiana y con la misma confiaban en Dios. “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a pequeños y sencillos escondiéndoselas a sabios y poderosos…

Un dato histórico y de gran relieve es que los dominicos son los primeros religiosos que introducen en su fórmula de profesión la obediencia también a la Virgen María. Esto según el maestro Humberto de Románs, no sucede en otras Órdenes. Según la tradición era una convicción de los frailes que la Virgen María intervino en su ayuda en las gravísimas dificultades que entre los años 1245-1256 les procuró el clero secular y los maestros de París que llegaron a parecer insolubles. Los frailes, muy tiernos todavía, pensaron que su carisma de estudio podía ser revocado por el Papa ante influencias contrarias tan poderosas. Vista la postura vigorosa del Santo Padre contra las mafias intelectuales de París y a favor de la Orden, los frailes desarrollaron una especialísima devoción a María, e introdujeron el canto de las letanías marianas cada sábado de las que hemos hecho mención más arriba.

Una de las cosas más sacralizadas que me encontré al entrar en la Orden fue el hábito, siempre mencionado como “el santo hábito”. Era parte de la identidad del dominico. En mi toma de hábito (1952), no nos dieron el rosario que cuelga del cinturón; teníamos que pagar cien pesetas por él, cosa que las familias de entonces no podían hacer. La escasez abundaba en el convento pero yo creo que más en las familias. Con lo cual tomamos el hábito sin rosario. En 1952 ya acuciaban los aires de la  desacralización, lo cual hizo que no me importara demasiado. Hasta ese momento los jóvenes hacían deporte con hábito, incluso futbol, pero la economía pudo con la sacralidad porque se rompían demasiados.

Años más tarde dejamos de llevar el hábito por la calle y lo comenzamos a ver desde una cultura e, incluso, desde una teología distinta. Dejó de ser algo tan identitario y sagrado. Pese a ello la nostalgia profunda de su significado sigue habitándonos. Lo más sagrado de él es el escapulario que es la única parte que se bendice en la profesión simple. Nuestro escapulario, como casi todos, tiene una relación estrecha con la Virgen María. El nombre viene de la palabra latina scapulae, que significa hombros. Hay escapularios que son parte de los hábitos y otros devocionales que son pequeñitos y se llevan colgados del cuello. Entre éstos últimos hay 18 aprobados e indulgenciados por la Iglesia. Están, por ejemplo, el del Carmen, de color marrón; el de la Inmaculada, azul; el de la Dolorosa, negro; el de la Merced, blanco. En muchos de estos casos, el llevar el escapulario se acompaña de promesas como la protección de la condenación eterna o algunas otras bendiciones como en el del Carmen, que es el más conocido y popular, aunque más tardío y devocional que el dominicano. Según la tradición carmelita se lo dio la Virgen a San Simón Stock en el año 1251 también como un símbolo de protección y distinción de María a la Orden carmelitana que pasaba por malos momentos. Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, de rica tradición mariana, no mencionan dicho escapulario. En los últimos siglos ha sido una fuente popular de devoción a la Virgen María.

Entre los dominicos el escapulario pequeño pendiente del cuello, estilo carmelita, sólo ha existido en la tercera Orden. En frailes y monjas el  escapulario forma parte del hábito aunque penda de los hombros. Su origen se remonta a una visión de Fray Reginaldo de Orleans. Este famoso predicador de los inicios de la Orden estaba en cierta ocasión prácticamente desahuciado por una enfermedad; de repente, se vio libre de ella por una intervención milagrosa de María que en visión le ungió ojos, nariz, oídos, boca, vientre, manos y pies con un aceite sanadora. Mientras le ungía pronunció estas palabras: Unjo tus pies con este óleo santo para prepararlos al anuncio del evangelio de la paz. Le mostró además el hábito completo de la Orden en el que se incluyó el escapulario que no existía todavía. Fue la Virgen la que lo añadió.

El mismo Santo Domingo contó esta visión a mucha gente en varias de sus charlas de lo que es testigo Fray Jordán de Sajonia que lo oyó[4]. Cuando Reginaldo estaba a punto de morir el Prior le ofreció el sacramento de la Unción. Reginaldo contestó: “Yo no temo este trance; lo deseo y espero con gozo. La Madre de misericordia me ungió en Roma; en ella tengo puesta mi esperanza y a ella voy ahora con gran deseo. Mas para que no parezca que desprecio esta unción de la Iglesia, me agrada y la pido”. Y, después de ser ungido ante los frailes, rodeado de ellos, que rogaban por él, se durmió en el Señor[5].

El Beato Reginaldo es uno de los mejores testigos de esta devoción de la Orden a María. Se nos cuenta otro hecho en el que fue protagonista y que nos parece conmovedor. “A los pocos años de haber comenzado el convento de Bolonia los frailes fueron presa de una gran turbación. De repente, les invadió un desanimo muy grande y no veían en la Orden ninguna posibilidad de futuro. Llegó a tanto que algunos comenzaron a dilucidar entre sí a qué Orden se irían para continuar su vida religiosa. Dos de los más adultos consiguieron un documento oficial que les autorizaba a pasarse a la Orden del Cister.

Conocido el caso por Fray Reginaldo, que era vicario del convento, reunió a los frailes en capítulo. Al exponer, con gran dolor, el caso a toda la comunidad, hubo una especie de contagio y se aumentó la turbación terminando en una especie de llanto generalizado. Reginaldo, sin saber qué hacer, oraba en su interior, con los ojos puestos en el cielo y clamando a Dios en quien tenía puesta toda su confianza. Mientras tanto Fray Claro, varón con grandes dotes y gran ingenio, un hombre perfectamente preparado y que había desempeñado muchos cargos en el mundo, persuadía y confortaba a los frailes con poderosas razones. Casi no había terminado su discurso cuando apareció el maestro Rolando de Cremona, catedrático de la universidad y muy célebre en filosofía, pidiendo ser admitido en la Orden. Inflamado por el Espíritu de Dios  y huyendo del mundo, vino él solo a los frailes, sin haber precedido conversación alguna y, como arrebatado por el Espíritu, pidió el hábito de la Orden. Fray Reginaldo, entonces, a causa de su gran alegría, sin esperar a otros vestidos se quitó su propia capucha y escapulario[6] y le vistió con ellos. El sacristán tocó la campana  y mientras tanto los frailes cantaban el Veni Creator Spiritus, aunque apenas podían hacerlo por el intenso gozo y las abundantes lágrimas. Afluyó una muchedumbre de hombres, mujeres y estudiantes y se conmocionó toda la ciudad.

La noche siguiente fray Rodolfo, procurador del convento, que lo había vivido todo con mucha angustia, tuvo una visión. Le pareció ver a Cristo y a su madre y también a San Nicolás, patrono de la Iglesia y del convento. Este último le puso la mano sobre la cabeza y le dijo: “No temas, hermano, porque todo te irá bien a ti y a tu Orden pues Nuestra Señora cuida de vosotros. Se terminó la visión viendo que por el río Reno que pasa por Bolonia bajaba una nave con multitud de frailes. Le dijo San Nicolás: “¿Ves estos frailes? No temas pues son tantos que llenarán el mundo entero”[7].

Toda la tradición de la Orden está impregnada de este perfume mariano que se difunde a lo largo de los siglos. Así habla un libro de principios del siglo XX: “Este escapulario sagrado otorgado por la mano benévola de María á nuestro santo Hermano Reginaldo, á causa del excesivo amor que nuestra excelsa Madre tiene á nuestra Orden, fue enriquecido por Dios, con gracias y favores numerosos, pues los que tuvieron por ese hábi­to una devoción sincera, fueron librados de muchos pe­ligros de cuerpo y alma, y experimentaron una infini­dad de consuelos celestiales. Leonor de Venegas, de Córdoba, perteneciente á una ilustre familia y joven de gran belleza, habiéndose puesto al cuello un escapula­rio de nuestra Orden de Predicadores, de los que se ponen los hermanos de la tercera Orden, sanó de una en­fermedad incurable. Después de curada tomó ese mis­mo hábito religioso, y viviendo con él llegó á una gran santidad.

Así es que ha existido y existe aún entre las perso­nas piadosas una gran devoción por esta prenda. Ha ha­bido reyes, príncipes y princesas que, debajo de sus ri­cos vestidos reales, llevaban con gran devoción nuestro escapulario. Esta santa devoción se extendió sobre todo en España, de suerte que al encontrar a nuestros Her­manos o Hermanas, lo primero que se hace es besarles el escapulario, no solo para ganar indulgencias, sino en señal de devoción ó respeto que le tienen. Muchos tienen la devoción de ser enterrados con él, esperando que revestidos con este santo hábito, encontrarán á Ma­ría, Madre de Dios, más propicia, ya que con su propia mano hizo entrega de este sagrado vestido á nuestra querida Orden Dominicana.

Los Romanos Pontífices han tenido tal veneración por este hábito, que concedieron una indulgencia plenaria á los que lo llevan con devoción y que renuncian las cosas mundanas para revestirse de él. Respecto á los que lo besan, el Papa Juan XXII les concede cinco años y otras tantas cuarentenas de indulgencia por cada vez que se bese con devoción. Castiga Dios severamente á los que desprecian este escapulario sagrado. Un tal Nicolás, profesor de Filosofía en la Universidad de Salamanca, se burlaba del hábito de los Hermanos Predicadores, traído del cielo por Ma­ría, y lo llevaba por mofa á numerosas casas á fin de desviar á los jóvenes de la vocación á entrar en nuestra Orden, pero pagó cara la burla. Pronto se vio atacado de una fiebre violentísima, y oyó del cielo estas terribles palabras: “Nicolás, no toleraré que te burles por más tiempo de los Hermanos de la Orden de Predicadores, y no consentiré que hagas más mofa de este santo há­bito”. Aterrado con estas palabras se arrepintió de lo que había hecho, y apenas curado, entró en nuestra Orden y, vestido con nuestro santo hábito, hizo felicísimos y rá­pidos progresos en la perfección.

Como digo, me hace bien la ingenuidad admirable de los relatos medievales que nos hablan de la devoción de los dominicos a la Virgen. Nos pueden parecer hasta infantiles. A mí, sin embargo, me alegran el corazón. Prefiero aquel tipo de hombre al racionalista actual. La diferencia de culturas se debe a que nosotros hemos pasado por una rebeldía e ilustración de la razón que no acepta nada que no se someta a ella. Nuestra razón aborrece el candor e inocencia de estos sucesos, apariciones y relatos llevando en el pecado la penitencia porque nos incapacita para recibirlos y vivir una vida sencilla de fe. Sin duda que lo que nos pasa será para bien porque la historia no camina hacia atrás pero, hoy por hoy, nos deja el alma seca.

Nuestra fe necesita alimentarse de nuevo de los dones del Espíritu Santo colocando en su sitio los cálculos racionales. Uno de los ejemplos más preclaros de lo que digo es lo que se refiere al rezo del rosario, devoción por excelencia de la Orden a María, asumida ya por la Iglesia entera. Desde la percepción actual no tiene sentido la repetición mecánica de avemarías ni puede conducir a otro lugar que no sea fundamentalismo devocional. El problema, sin embargo, lo tiene el juzgador actual que ha perdido la capacidad de saborear el jugo de la fe que nos viene del don del Espíritu y que en épocas anteriores constituía un deleite. ¿Cómo puede ser el recitado del rosario un hondo consuelo para mucha gente si sólo fuera un rezo maquinal, hijo del automatismo? Sacar gusto hoy al rezo del rosario es conectar con el alma de otros tiempos y, sobre todo, con la acción autónoma e indoblegable del Espíritu.

Las ideologías no necesitan madre pero los corazones sencillos, sí. Toda mi vida me han hablado del rosario en la Orden, mi madre lo rezaba muchas veces al día, la gente de mi pueblo baja a la ermita continuamente rezando el rosario (tres kilómetros). Podría decir que lo he mamado desde niño, pero no se me ha dado hasta hace poco. La fe se da, el rosario se da, el amor es un regalo, todo es gratuidad. Se puede tener una fe, un rosario y una caridad adquiridos por hábitos buenos y virtuosos pero aburren, son difíciles de aguantar. Es necesario el don para que estas cosas sean ungidas y atraigan al alma.

Desde ahí yo puedo comprender a Santo Domingo y a sus frailes caminando por los caminos de la itinerancia recitando avemarías. El rosario es una devoción hija de la itinerancia, lo mismo que la Lectio divina es devoción  de estabilidad. Los monjes en sus monasterios podían dedicarse a ella; para un itinerante el recitado era y sigue siendo mucho más acomodado. Las largas caminatas del predicador itinerante requerían un alimento espiritual adecuado. Los principios de las grandes Órdenes y movimientos, suscitados por el Espíritu, se mueven a nivel de don, por eso el rosario nació como devoción ungida y espiritual.

En tiempos de Santo Domingo ya rezaban las avemarías con alguna forma de recuento. El beato Romeo de Livia, uno de los compañeros del santo, murió con una cuerdecilla de nudos entre sus manos con la que contaba las avemarías que recitaba a miles. Se hacían largas recitaciones de avemarías unidas generalmente a los misterios de la salvación. Fue el también dominico Fray Alano de Rupe (1428-1475), recogiendo una larga tradición, quien lo popularizó y le dio la forma actual. San Pio V, papa dominico, al instituir la fiesta de Ntra Sra del Rosario con motivo de la batalla de Lepanto lo introdujo de pleno en toda la Iglesia.

He aquí, para terminar, cómo nos hablaban del rosario a principios del siglo XX. “Esta santa devoción[8] ha sido conocida entre los fieles bajo diferentes nombres, aunque siempre el principal es el del Santísimo Rosario. Se llama esta santa devo­ción guirnalda ó corona de rosas, porque este modo de rezar está enlazado, como de otras tantas rosas, de quin­ce Padrenuestros y ciento cincuenta Ave-Marías, ofreciéndosele á la Sma. Virgen por sus devotos como una diadema ó guirnalda para adornar con ella su virginal cabeza.
Se llamó también desde el principio de su institución, Salterio de la Virgen, porque contiene ciento cincuenta Ave-Ma­rías, como el Salterio de David, que consta de ciento cincuenta salmos. Los primeros fieles de la Iglesia, más perfectos y fervorosos que los de los tiempos pre­sentes, celebraban las divinas alabanzas con el Salterio de David. Viendo nuestro santísimo Padre Domingo que muchas personas, por ignorancia, no sabían leer los salmos del Profeta Rey, ni menos los entendían, acomodó el Salterio de la Virgen al Salterio de David, para que los rudos é ignorantes que no sabían latín, no se privasen de ala­bar á Dios, á imitación de los primitivos fieles, rezando en vez de los ciento cincuenta salmos, ciento cincuenta salutaciones angélicas ó Ave-Marías en lengua vernácula.

Llámase también Rosario esta santa devoción, y éste es su nombre principal, no sólo porque este modo de orar está dedicado á la Sma. Virgen, comparada en los libros santos á las rosas de Jericó y á las que se crían en los apacibles días de primavera, sino también por los muchos rasgos de semejanza mística que el Ave-María y todo el Rosario tienen con la rosa, como ahora vere­mos. El cielo se ríe, dice San Bernardo, los ángeles se congratulan, los hombres se alegran, la tierra se regocija, cuando se dice Ave-María. La rosa esparce suavísimo olor hasta cierta distancia; el Smo. Rosario extiende y hace sentir el deliciosísimo olor de su poderosa virtud en el cielo, en la tierra y hasta en el mismo infierno; en el cielo deleita á Dios y á la Sma. Virgen, regocija á los ánge­les y alegra á los santos; en la tierra llena de consuelo á sus devotos y destierra los vicios y pecados; en el in­fierno amedrenta á los condenados, aterra á los demo­nios y libra á las almas del purgatorio. La rosa es me­dicinal y sirve para curar ciertas enfermedades; el San­tísimo Rosario es medicina universal y cura todos los males, así espirituales como corporales. ¿De cuántas epidemias, de cuántos contagios y de qué clase de ma­les no ha librado á los pueblos, á las provincias y rei­nos enteros el Santísimo Rosario? ¿Cuántos infelices pecadores deben á tan santa y saludable devoción el no haber muerto en el miserable estado del pecado?”

El rosario es, pues, el evangelio del sencillo. Primero en la Orden y después en la Iglesia entera ha sostenido la fe como ninguna otra devoción. Se podrían citar miles de ejemplos de cómo se ha vivido y cultivado a lo largo de los siglos y de los grandes efectos que ha producido. Me voy a limitar a uno con el que termino estas meditaciones.

En 1995 estuve un tiempo en Lima. Durante aquellas semanas me empapé de la espiritualidad de los tres grandes santos dominicos que vivieron allí a comienzos del siglo XVII, Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres y San Juan Macías. Dos hermanos legos y una terciaria. Los tres se conocieron y convivieron y oraron muchas veces juntos en la Iglesia de Santo Domingo en uno de cuyos altares laterales se venera la Virgen del Rosario, querida y rezada como en pocos lugares del Perú. La gran devoción del pueblo se debe al siguiente caso que le acaeció de jovencita a Rosa de Lima.

Voy a seguir hablando con el lenguaje y el tono de principios del siglo pasado: “Nuestra amada Santa Rosa de Lima era también afi­cionadísima á esta devoción del Santo Rosario, sirvién­dose de ella para prepararse en las grandes festivida­des, proponiéndose, entre otras mortificaciones y ora­ciones, rezar un multiplicado número de partes  del Santo Rosario. Había sido nuestra Santa muy amante de nuestra Orden, y un prodigio bien raro manifestó cuánto quería la Santísima Virgen que esta fragante Rosa no saliese del jardín dominicano.

Determinaron los directores de Rosa que entrase en un convento de Agustinas, y cuando iba á ponerlo por obra, pasó con un hermanito suyo que le acompañaba por delante del convento de PP. Predicadores. Rosa dijo a su hermano: “Por Dios, hermano mío, déjame entrar á despedirme de mi querida Madre la Virgen del Rosario”. Entró en la capi­lla de Ntra. Señora para impetrar la bendición de esta Madre en asunto de tanta monta. Púsose de rodillas, y apenas había empezado á orar cuando se sintió como clavada en las losas del pavimento. Viéndola su herma­no tan fija en su oración y que se iba pasando el tiem­po concertado con las monjas, comenzó á darla prisa, diciéndola que ya era hora de partir y que para detener­se en la oración, mejor lugar tendría en el monasterio á donde se encaminaba. Rosa, empero, sintiendo que no podía moverse del lugar en que, por decirlo así, estaba enclavada, curaba de disimularlo y forcejeaba por librar­se de aquellos secretos grillos con que la tenía aprisio­nada aquel raro y prodigioso suceso.

Entre tanto su hermano que estaba á la puerta de la iglesia, volvió se­gunda y tercera vez á llamarla, reprendió su tardanza, ponderó el peligro que había en detenerse y alargó la mano a la que pugnaba por levantarse. Unieron ambos sus fuerzas, pero en vano. Ilustrada de lo alto, entendió el misterio de su inmovilidad: que no era Dios servido se recogiese en aquel monasterio, sino que otra cosa había dispuesto en sus arcanos la divina Providencia, pues había decretado su celestial Esposo que siguiese las pisadas de Santa Catalina de Sena y que viviese en­tre las rosas y las espinas del Rosal Mariano, plantado en el ameno jardín de la Religión Dominicana.

Visto lo que sucedía, y vueltos los ojos á la clementísima Reina del Rosario, dijo: “Yo prometo, Señora, volver á la casa de mi madre y habitar en ella como en un monasterio todo el tiempo que os agrade”. ¡Raro portento! Apenas hubo pronuncia­do estas palabras, se sintió enteramente ligera como una paloma, y sin que su hermano la diese la mano, se puso en pie y volvió á su casa, donde después de haber manifestado á su madre todo lo sucedido, con su con­sentimiento vistió el hábito de nuestra Tercera Orden, para no separarse de la Virgen del Rosario. Vestida con su blanco hábito, ya se deja comprender cuánto amaría a la Reina del Santísimo Rosario, á la que tan tierna­mente amaba aún antes de entrar en la Religión que puede llamarse propiamente del Rosario. Trataba con tanta familiaridad con la Santísima Virgen, como pue­de hacerlo una tierna y amante hija con su querida y amante madre.

En una ocasión deseaba nuestra Santa obtener una gracia de la Sma. Virgen, y pareciéndole á ella que la Virgen no la atendía, fue al convento de nuestros religiosos y pidió al sacristán la hiciera el favor de poner un rosario muy precioso que ella tenía, en el cuello de la Virgen del Rosario. En habiéndolo ejecutado el sacristán, dijo Rosa: “Ya, Seño­ra y Madre de mi alma, estáis cautiva con la cadena de vuestro Rosario; ya no podéis negarme lo que os pido” Entonces vio la Santa que el Niño Jesús que estaba en los brazos de su Santísima Madre, la quitó el rosario del cuello y lo tomó en sus manos como dando á en­tender con aquella acción que libraba á su amada Ma­dre del cautiverio en que la había puesto Rosa con la cadena del Rosario. Entendió la Santa que la gracia que pedía estaba ya concedida, y así fue, pues obtuvo cuanto ella deseaba”

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[1] Cfr. Antolín González Fuente, El carisma de la vida dominicana, San Esteba, 1994, p. 309

[2] Estas dos jóvenes eran Santa Cecilia y Santa Catalina de Alejandría, ambas mártires. Aparecen varias veces en los documentos primitivos lo cual indica la devoción que los primeros dominicos las tuvieron.

[3] Cfr. Antolín González, o.c. p.310

[4] Fray Jordán se Sajonia, Orígenes de la Orden de Predicadores, 56

[5] Vidas de los Hermanos, II, & 1

[6] Entonces el escapulario lo llevaban unido a la capucha.

[7] Vidas de los hermanos, V, & 1

[8] Cfr. Sor Dominica Victori, Afectos recíprocos entre la Madre de Dios y la Orden Dominicana, 2ª edic. Ed. Santísimo Rosario, Vergara, 1912.



gilberto